La muerte de Jürgen Habermas el 14 de marzo de 2026 no es solo el cierre de una obra; es la desaparición de una voz que sostuvo, contra la inercia del poder, una exigencia: gobernar obliga a explicar. No basta con ganar elecciones. La democracia implica que quien decide tiene que dar razones en público y sostenerlas frente a una sociedad que puede cuestionarlas.
Esa idea no es retórica. Es un mecanismo de control. Sin esa obligación de justificar, el poder deja de estar acotado por la crítica y empieza a moverse dentro de su propio relato.
Ese principio no ha desaparecido en México, pero dejó de ordenar la vida pública.
El país no carece de discusión. Hay información, debate, confrontación diaria. Pero el eje de esa conversación cambió. Ya no gira en torno a la persuasión por medio de razones, sino a la afirmación de identidades. La gente no entra a la discusión para evaluar argumentos, sino para ubicarse: quién está conmigo y quién no. La política dejó de ser un espacio donde algo puede cambiar y se volvió un espacio donde cada uno confirma lo que ya cree.
Ese desplazamiento altera la lógica de la legitimidad. En la democracia que plantea Habermas, el poder enfrenta incertidumbre: no sabe si sus decisiones serán aceptadas y por eso tiene que justificarlas, corregir, responder. Hoy esa incertidumbre se reduce. El poder no necesita convencer a todos; le basta con mantener alineada a una base. La legitimidad deja de ser expansiva y se vuelve interna.
Aquí es donde la idea exige claridad: Morena no explica este cambio; lo expresa. No es el origen del problema, es su síntesis política.
Reducir lo que ocurre en México a la eficacia comunicativa del binomio Andrés Manuel López Obrador o Claudia Sheinbaum –a las mañaneras, a la repetición, a la narrativa– es una explicación cómoda, pero superficial. Supone que la sociedad fue persuadida o manipulada desde arriba. Y eso impide que había condiciones previas para que ese discurso prendiera y se volviera dominante. Morena no inventó a esta sociedad que dejó de exigir razones. Organiza electoralmente a una sociedad que, por distintas razones, dejó de ver en la deliberación un mecanismo útil para mejorar su vida. Aquí está el punto central.
Durante años, la democracia mexicana ofreció debate, pluralismo, reformas, instituciones. Pero para millones de personas, esa conversación no se tradujo en cambios tangibles: la inseguridad persistió, la desigualdad siguió marcando destinos, las oportunidades no llegaron. La política basada en argumentos perdió credibilidad porque dejó de producir resultados visibles. Cuando eso ocurre, las razones dejan de ser un instrumento confiable.
En ese vacío, la identidad gana terreno. Ofrece algo que la deliberación ya no garantiza: claridad, pertenencia, sentido inmediato. No exige procesar complejidades ni esperar resultados inciertos. Ordena la experiencia de forma más directa.
Por eso el fenómeno es más profundo que un liderazgo o una estrategia. Es un cambio en la forma en que una parte significativa de la sociedad decide otorgar legitimidad: no a partir de la calidad de las razones, sino de la consistencia con una identidad compartida.
Los ejemplos lo muestran con crudeza.
La pandemia dejó una de las experiencias más duras en la historia reciente del país. Hubo decisiones cuestionadas, evidencia disponible, comparaciones internacionales, cifras de mortalidad que obligaban a revisar lo hecho. Sin embargo, ese cúmulo de información no produjo una exigencia social sostenida de rendición de cuentas. La discusión existió, pero no se convirtió en presión efectiva. No obligó al poder a explicar más allá de su propio marco. Ni siquiera frente a la muerte masiva la exigencia de razones operó como límite.
En la tragedia de la Línea 12 se repite el patrón. Fue un caso en el que hubo víctimas, peritajes, responsabilidades señaladas y que, en otro momento y bajo otra lógica, habría detonado una exigencia de explicaciones. Lo que vimos fue indignación encapsulada. El hecho se procesó dentro de identidades previas: acusación o defensa, sin una demanda de rendición de cuentas más allá de esas trincheras.
El descarrilamiento del Tren Interoceánico muestra lo mismo en otro registro. Un proyecto de esa escala debería activar preguntas básicas: costo, impacto, prioridades. Pero esas preguntas no estructuran la conversación pública. La narrativa de desarrollo, soberanía, y transformación basta para una parte relevante de la sociedad. El símbolo sustituye a la explicación.
Estos casos no muestran falta de información. Muestran que la sociedad puede convivir con decisiones de alto impacto sin exigir razones proporcionales. Y ahí está la clave. El poder no deja de dar explicaciones porque sí. Deja de hacerlo porque el costo de no hacerlo es bajo; es bajo porque la exigencia social cambió.
Por eso es un error estratégico creer que todo se resuelve corrigiendo datos o denunciando inconsistencias. Eso importa, pero no alcanza. Si la legitimidad ya no se construye principalmente a partir de razones, tener mejores argumentos no cambia el equilibrio.
El problema no es solo del gobierno. Es de la relación entre la sociedad y la política.
Salir de este atolladero exige reconstruir esa relación. No desde la nostalgia institucional ni desde la superioridad moral, sino desde la utilidad concreta de la deliberación. Traducir cada decisión pública en sus efectos reales: cuánto cuesta, a quién afecta, qué cambia en seguridad, ingresos o educación. Y sostener esa conversación donde sí importa –en la escuela, el trabajo, la comunidad– hasta que ignorarla tenga costo. Cuando exigir razones altera decisiones, aunque sea en lo pequeño, la deliberación deja de ser abstracta y recupera sentido.
Implica también algo más difícil: salir de la comodidad de las identidades cerradas. Volver a hablar con quien piensa distinto no como gesto ético, sino como condición política. Sin esa apertura, no hay deliberación posible; solo hay monólogos que confirman certezas.
La muerte de Habermas no clausura su idea. La pone a prueba. La pregunta ya no es si su teoría sigue vigente. Es si en México todavía existe una sociedad dispuesta a exigir que el poder se explique.
Porque cuando esa exigencia desaparece, la democracia no se rompe de inmediato. Se vacía lentamente desde dentro. ~