Un fracaso y un éxito en el epílogo de Angela Merkel

Un fracaso y un éxito en el epílogo de Angela Merkel

La canciller Angela Merkel, obligada a intervenir al servicio de Armin Laschet en la campaña de las elecciones generales, no logra que su "heredero" se imponga, aunque ha contribuido a que la extrema izquierda quede reducida a su mínima expresión en el Bundestag.
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A la democracia cristiana alemana se le ha pasado el arroz en el poder. Los 16 años de Angela Merkel en la Cancillería Federal han terminado en la peor derrota que ha registrado la Unión Cristiano Demócrata (CDU) en toda su historia. Angela Merkel tiene en esto algo de responsabilidad.

Cierto es que ella se mantuvo al margen durante buena parte de la campaña de su “heredero” en calidad de candidato a canciller conservador, Armin Laschet. Sin embargo, acabó remangándose para defender en los actos públicos a su candidato. En una de las intervenciones más raras que ha protagonizado en el Bundestag, la siempre fría y contenida Merkel alzó la voz en la última sesión en la que intervenía como canciller en la Cámara Baja para vender a su candidato.

“El mejor camino para nuestro país es un Gobierno dirigido con Armin Laschet como canciller. Su Gobierno será el de la estabilidad, la fiabilidad, la mesura y el centro, es lo que precisamente necesita Alemania”, decía la canciller. Aquello era música para las orejas de Laschet, presente en aquella intervención en el Bundestag.

Pero la popularidad de Merkel –la canciller dejará la política con una aprobación de un 80% de la población– no ha podido hacer magia. Laschet era y es un mal candidato a canciller. De lo contrario, la CDU no habría recogido en las elecciones generales un 24,1% de los votos, quedando por detrás del 25,7% obtenido por el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y su aspirante Olaf Scholz.

Para encontrar un resultado de la CDU parecido al del domingo en la historia del partido conservador hay que remontarse a las primeras elecciones generales alemanas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero aún en esos comicios, celebrados en 1949, la CDU se impuso consiguió un 31% de los votos, con Konrad Adenauer al frente.

De haber tenido éxito Angela Merkel cediéndole el testigo del poder a Laschet, este no estaría ahora buscando a diestro y siniestro, concretamente a liberales y ecologistas, para formar una coalición de Gobierno pese a haber perdido las elecciones. En esta tarea Merkel, como canciller en funciones, parece poder aportar poco. Ella fracasó, tras las elecciones de 2017, al tratar de forjar una coalición de su CDU con los liberales del FDP y Los Verdes.

Puede que Laschet tenga éxito formando una coalición así. No sería la primera vez en Alemania que el candidato a canciller de uno de los grandes partidos resulta elegido por una mayoría en el Bundestag. En condiciones así se recuerdan las coaliciones de socialdemócratas y liberales de los históricos cancilleres del SPD Willy Brandt y Helmut Schmidt.

En lo que sí ha tenido más éxito Merkel ha sido, al parecer, en transmitir una idea en la que han hecho hincapié los conservadores en su campaña. A saber, alertar ante los “peligros” de que la formación izquierdista Die Linke llegara al poder en una coalición con socialdemócratas y ecologistas.

Esta unión no tendrá lugar, finalmente, porque el partido de la izquierda parece en caída libre. Pero Merkel sí tuvo tiempo para sacar pecho en el Bundestag de que con ella en el poder “nunca hubo una coalición en la que Die Linke formara parte”.

En las elecciones del domingo, Die Linke obtuvo un 4,9% de los votos. Ese porcentaje está por debajo de la barrera del 5% para estar presente en el Bundestag. Pero debido a que dicha formación ha conseguido un par de escaños en los votos directos –los alemanes emiten dos votos en los comicios, uno al partido y otro al diputado de su circunscripción– las reglas electorales han terminado atribuyendo a la formación izquierdista 39 escaños, 30 menos que tras la cita con las urnas de 2017.

En Die Linke hay, grosso modo, una amalgama de poscomunistas herederos de la República Democrática de Alemania y marxistas salidos del militantismo izquierdista, además de figuras que han roto con el SPD. Pero no son sus políticas económicas las que más han dado que hablar en la campaña.

Son ideas como disolver la OTAN, formar un sistema de seguridad internacional con la Rusia de Putin, considerar a Estados Unidos y China –al mismo nivel– potencias imperialistas o acabar con las misiones militares de Alemania en el extranjero, lo que ha hecho hablar de Die Linke en esta campaña. Haber sido protagonista –para mal– ha traído desgracias a un pequeño partido de izquierdas que, durante la legislatura de la tercera gran coalición de Merkel, entre 2013 y 2017, fue el principal partido de la oposición.

Ahora, Susanne Hennig-Wellsow, co-presidenta de Die Linke, habla “de reinventar el partido”. A que el apoyo a esta formación izquierdista haya caído tan bajo sí que ha contribuido la campaña que Merkel ha hecho con Laschet. Menos suerte han tenido ambos cristianodemócratas con la némesis de Die Linke, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). Dicha formación se mantiene estable tras las elecciones del domingo, con un 10,3% de los votos.

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