Una macabra plaza pública para presenciar el horror

La difusión del video y las imágenes de la tragedia en un colegio privado de Monterrey nace de ese pobre entendimiento de la profesión periodística que muchos medios exhiben.
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A inicios de 2010, la sociedad que existía entre el Cártel del Golfo y su brazo armado Los Zetas en Tamaulipas terminó por quebrarse en una pugna interna por el control del grupo delictivo. Consumidos por la violencia el miedo, los ciudadanos pedían auxilio al resto del país, mientras las autoridades locales minimizaban los hechos.

Videos grabados en recorridos por Camargo y Ciudad Mier, donde aparecían decenas de grandes camionetas de modelo reciente, inutilizadas a un lado de la carretera por cientos de impactos de bala, o bien, comunidades completamente abandonadas, permitían comprender la dimensión de lo sucedido en aquellos días.

La brutalidad con la que ambos grupos se mataban quedaba documentada en los cientos de casquillos percutidos, los inmuebles y los vehículos consumidos o dañados por las granadas. En ninguna de aquellas grabaciones había víctimas, sangre o cuerpos tendidos sobre la tierra. La soledad en las calles, las comunidades vacías tras horas de combate entre criminales eran representativas de la tragedia que se estaba viviendo.

En ese contexto nació El Blog del Narco, un espacio en la red –cuyos administradores permanecieron en el anonimato hasta su desaparición–en el que los grupos de la delincuencia organizada encontraron difusión a sus actividades y amenazas a grupos enemigos. En este espacio desplegaban fotografías de sus víctimas desfiguradas y exhibían videos en los que asesinaban o mutilaban vivos a sus rivales.

Medios y periodistas caían en el juego de quienes manejaban el blog e hicieron de ese sitio una de sus fuentes de información y se volvieron mensajeros de delincuentes. Argumentaban que negarse a publicar lo que ahí aparecía era negar una realidad que interesaba a la audiencia. Así iban y venían mensajes propagandísticos de los asesinos, sin filtros, ángulos o criterios periodísticos, sin contexto que permitiera comprender y dar coherencia a esa narrativa violenta.

Hasta la fecha, es difícil explicar en términos de interés periodístico la difusión de un vídeo de 2014 en donde decapitaban con una sierra eléctrica y degollaban con un cuchillo a dos desconocidos que aseguraban trabajar para el Cártel de Sinaloa. Como escribe la periodista colombiana Camila Pinzón en su trabajo El periodista y el dolor: un manual para la reflexión, las imágenes son más que la mera anunciación de temas de la agenda pública, las imágenes de dolor terminan siendo simplemente acumuladas, sobrepuestas unas sobre otras, sin dejar la oportunidad a la necesaria observación y valoración profunda del acontecimiento.

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La mañana del pasado miércoles 18 de enero tuvo lugar una tragedia en un colegio privado de Monterrey, Nuevo León, donde un adolescente, estudiante de secundaria, disparó con un arma de fuego contra su profesora y sus compañeros de clase para luego suicidarse. Los hechos fueron grabados por las cámaras de seguridad de la escuela y el video fue filtrado por las autoridades a los medios para su uso y explotación.

Grupo Reforma, Radio Fórmula, diarios de la Organización Editorial Mexicana, RT en Español, Capital México y Reporte Índigo, solo por mencionar a algunos medios, difundieron el video, los nombres y las fotografías de la tragedia, en franca violación a los derechos de las víctimas y sus familias. El periodista Ramón Alberto Garza, así como la locutora Fernanda Familiar pusieron en circulación las imágenes con el argumento de que no mostrarlas equivalía esconder la cabeza como avestruces o pretender ignorar y borrar la realidad.

La sociedad en general tiene derecho de conocer los acontecimientos de interés público, pero las leyes también protegen los derechos a la honra, a la intimidad, a la privacidad y a la propia imagen de las víctimas directas y de sus familias. La muerte no vuelve admisible una violación a los derechos de la personalidad.

Como apunta Héctor Villarreal, la persona tiene derechos que permanecen después de su muerte. Si reconocemos la voluntad manifiesta de una persona para el destino de sus propiedades con posterioridad a su fallecimiento, debe reconocerse que la honra permanece como derecho perdurable. Las imágenes y los nombres de los difuntos y víctimas no deben exhibirse públicamente de un modo que ofenda a sus deudos, lo mismo que fotografías o videos que muestran crudamente señales de violencia. La libertad de información no está por encima del derecho al respeto a la honra.

Los artículos 79 y 80 de la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes ordena la protección de la identidad de menores víctimas o testigos así como a quienes se les atribuya la realización o participación en un delito, mientras que la la Ley General de Víctimas habla de la necesidad de directrices para que los medios de comunicación fortalezcan la dignidad y el respeto hacia las víctimas.

Pero más allá de las leyes que puedan invocarse, lo ocurrido el 18 de enero nace de ese pobre entendimiento de la profesión periodística que muchos exhiben. Se arrogan el derecho de permitir a los demás irrumpir en una desgracia y convertir el momento íntimo de la muerte en una función pública, no solo porque ninguna de las imágenes mostradas aporta elementos para entender mejor la tragedia, sino porque muchos, además, dieron voz a psicólogos poco profesionales que sin haber conocido ni tratado al adolescente, su familia, sus amigos o su entorno pretenden entender lo que ocurrió.

La principal herramienta de trabajo del comunicador es el lenguaje. Las noticias que contienen dolor son un hecho complejo que necesita una explicación detallada y valoración profunda del acontecimiento. La difusión de un video de un niño que dispara un arma en un salón de clases no hace más que presentar un momento de un relato fragmentado. La obligación de socializar imágenes explícitas de violencia, debería venir acompañada de la obligación de pensar en lo que implica para otros mirarlas, en la capacidad real de asimilar lo que muestran.

Como lo expresó alguna vez Nesrine Malik, colaboradora de The Guardian, la violencia puede ser explicada sin mostrarla directamente a la audiencia ni convertir las redes y los medios en “una macabra plaza pública donde todos nos reunimos” a presenciar el horror. ~

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