18 días de sol

La Feria del Libro de Madrid vista desde la caseta.
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Este año no ha llovido en la Feria del Libro de Madrid, lo cual ha sido un gran alivio porque en la caseta que regentaba no había plásticos para cubrir los libros y miraba con temor las nubes, esperando que se las llevara el viento. Sin embargo, eso no ha hecho que las ventas fueran mejores; aunque todo depende de a quién se consulte: cada uno cuenta la feria según le va. Las ventas han bajado un 19% respecto del año anterior. Imagino que los datos los extraen de la encuesta que recogen el último viernes en la que piden el montante total incluyendo el jueves y una previsión en porcentaje del aumento o el descenso de las ventas. Rellené esa encuesta. En mi caseta calculamos un aumento del 30%, que en realidad resultó ser de, al menos, un 100%. Pero en realidad la Feria de este año no es comparable a la del año anterior en casi nada: en la caseta del año pasado había diez editoriales y era la penúltima del Paseo de los Coches; este año había tres editoriales y la caseta estaba hacia la mitad del paseo, frente a uno de los pabellones donde se celebraban los actos y a la sombra.

El público de la Feria

La Feria tiene distintos públicos: los compradores de libros a peso; los recopiladores de marcapáginas, catálogos, abanicos promocionales y hasta bolsas de la Feria; los profesionales y metódicos, que han hecho listas con los libros que les interesan, han apuntado el número de caseta donde está el libro que buscan, han calculado un presupuesto y saben lo que quieren; los que pasean y a veces se dejan engatusar por un editor con mucha labia capaz de vender un libro diciendo que el día de lectura le sale a veinte céntimos; los que van a charlar, a dar conversación a los caseteros y a mirar libros, pero sin intención de comprar; los que reparten currículum y los que reparten tarjetas de imprentas. Hay señores mayores que tratan de ligar con las chicas de las casetas o con las azafatas: tuve más de veinte minutos a un señor alabando mi habilidad a la hora de hacer pompas con el chicle una tarde entre semana; al final, claro, no se llevó ningún libro. Una señora vino a buscar Fantasía para dos coroneles y una piscina, de Mário de Carvalho, porque había leído la reseña en “Babelia” en diciembre. También están los que dicen que los libros están más caros en las casetas del principio que en las casetas del final, sin saber absolutamente nada sobre el precio fijo del libro, y las señoras que hablan de las películas que recomiendan en Intereconomía y abren los libros para, según ellas, comprobar que “no hay libro que no esté subvencionado”. Por supuesto, también pasan por la Feria del Libro los que se dedican a la edición, escriben, ilustran, traducen, maquetan, etc. Hay lectores que recomiendan y se dejan recomendar, o que se dejan llevar por una primera impresión. También acuden a la Feria los que quieren llevarse un ejemplar dedicado de Enrique Vila-Matas, Javier Marías, Ignacio Martínez de Pisón, Eduardo Mendoza y la larga lista de autores que firman en la Feria. Mis favoritos son los que se arriesgan y se atreven a comprar Indigno de ser humano, del japonés Osamu Dazai, los que deciden leer primeros libros y se llevan Ropa tendida, de Eva Puyó; son los que no se conforman con rescates, reediciones y traducciones que admiten una llamativa faja y cuyos derechos han caducado. Un libro sobre el humorista Miguel Gila, No hay bestia tan feroz, de Edward Bunker, y Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, han sido los libros más vendidos por editorial en mi caseta.

Las fiestas de la Feria

La Feria me recuerda a los campamentos: hay fiestas por las noches y todo se vive intensamente. También es como el día de la marmota, los caseteros somos como Bill Murray en Atrapado en el tiempo. Este año me había propuesto acudir a todas las fiestas mucho antes de saber que escribiría una crónica, es decir, lo hacía por pura curiosidad y hedonismo. Pero fallé en mi determinación el mismo día de la inauguración y me salté la fiesta de El Mundo, que no escatimó en barra libre ni canapés, según me contaron. Pero no falté a la de Random House Mondadori: conseguimos que nos llegaran las bandejas intactas de canapés y acabamos la noche en el Cock. Un par de días después acudí a la fiesta de la Osa Moña, que es algo así como la fiesta de los trabajadores de la Feria. Esa noche terminó en el Toni 2: me quedé dormida en uno de los sofás rojos mientras alguien cantaba al piano “Corazón contento”. El cansancio de abrir y cerrar la caseta todos los días de la Feria hizo que me perdiera todas las demás fiestas, excepto la del grupo Contexto, el último viernes de la Feria. Llegué tarde, pero me dio tiempo a ver a un librero con una soga puesta a modo de corbata, casi el único que se había relajado y se había creído que eso era una fiesta. En general, había un ambiente de trabajo. Parecía que se estuvieran cerrando tratos, los autores y traductores perseguían a los editores, que, a su vez, perseguían a los periodistas. Todo acabó cuando la policía, alertada por los vecinos, llegó a la calle de los Madrazo para pedir la documentación a los que estaban bebiendo en la calle. Me dio tiempo a dejar mi cerveza a medias encima de un contendor y salir caminando tranquilamente en dirección contraria.