Ilustración: Ari Chacón

Balada de la madre Teresa de Calcuta

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para Armando J. Guerra y Javier Rodríguez Marcos

No te engañes: eso que llamas “la experiencia humana” es solo una masacre de capas de cebolla. Digo masacre por decir cualquier cosa; una metáfora genérica intercambiable. Aunque, si te lo piensas, nada sabe tanto a sangre como una cebolla descuajaringada, cortada en rodajas contra el vidrio de la mesa y reventada a golpes de mango de cuchillo y tallada en cuadrícula con profundos cortes. Tiene que ser por el olor. Las salpicaduras de zumo transparente ciegan de llanto a los depredadores y hacen que toda superficie apeste a pulpa y hemorragia, a recio hierro cristalino; circulación y vaho más que materia sólida. También es cierto que, bien machacada pero con el rabito peludo, despeinado e intacto, la cebolla parece menos un vegetal que un bicho muerto. Así que sí: no te engañes, eso que llamas “la experiencia humana” es solo una masacre de capas de cebolla. Uno lo nota siempre, pero más cuando se trata de contar una historia. Lo primero que hacemos es elegir la capa más perfecta y transparente y menos rota de la cebolla que nos ha tocado en suerte.

Por eso, hace unas semanas le sugerí al viejo Max (previa firma de un contrato y la entrega por mi parte de una factura a cambio de la promesa de cierta suma de dinero) que iniciara sus memorias con la anécdota que sigue:

Aprovechando su alto rango en la delegación francesa de Pemex, Max voló de París a Montpellier y de ahí se desplazó en taxi a Sète a conocer la tumba de Paul Valéry. Era el otoño de 1981. Jorge Díaz Serrano había renunciado a la dirección de la paraestatal tras la caída de los precios del petróleo. Como parte de la estrategia a futuro del candidato Miguel de la Madrid contra el estilo manirroto del sexenio agonizante, la central europea llevaba meses bajo el nutrido fuego de los auditores. Más que miedo, esto a Max le producía irritación. Lo fastidiaba, por ejemplo, haber perdido el auto con chofer. Pasó la primavera y el verano desplazándose en metro de la casa al trabajo. Cada mañana, de lunes a viernes, apreciaba el modo paulatino en que iba pudriéndose la laca del peinado de una imbañable y elegante oficinista parisién. Fue la imagen y el aroma de esta laca putrefacta lo que le impulsó a abrir la caja fuerte donde estaban los datos de una cuenta de gobierno autorizada a su exclusivo uso discrecional. El saldo frisaba los diez mil dólares. Max utilizó parte de ese recurso para costear su viaje a Languedoc-Roussillon.

No logró impresionarse frente a la tumba de Valéry. Estaba situada en una de las avenidas secundarias del panteón, en deshonrosa pendiente, muy cerca de una toma de agua coronada por un grifo goteante. Sin embargo, el cementerio marino le pareció una perfecta joya sucia por sus lápidas en forma de álbum de familia y sus rosas de cristal o de metal o yeso dentro de negros búcaros de granito y su espectacular vista del Mediterráneo. Estaba, además, Sète: su mercado apestoso a culo de pescador y sus migrantes portugueses fácilmente prostituibles entre las rocas de la rompiente y sus bares cuyo único platillo a la carta era al mismo tiempo la especialidad: almejas a la brasa con vino del Hérault. Todo tan patéticamente pintoresco que Max decidió quedarse en ese pueblo por tiempo indefinido.

El miércoles a mediodía recibió una llamada de Basurto.

–Nos cargó la chingada, lic. Están desmantelando.

Será porque esa madrugada había fornicado con un operario de la construcción equipado con una loable mezcla de músculos amenazantes y preferencias pasivas, será porque –contra su costumbre– había pedido un pastis con el almuerzo, el caso es que Max se sentía invulnerable:

–Mándalos a la verga.

–Acabo de entregar las llaves de tu oficina a un mando medio de la embajada –respondió el subalterno–. Buena suerte, lic.

Y colgó.

Max dejó caer la bocina a un lado del buró. Pensó que lo mejor sería cerrar la cuenta del hotel, comprar traje y corbata nuevos y tomar un vuelo a París. O a México. Mientras visualizaba estas acciones, permaneció un rato sobre la cama, bocarriba y desnudo. Comenzó a quejarse con un sonido gutural.

–Gurrpsss. Gurrpsss.

Decidió que el quejido, siempre y cuando se le practique en desnudez absoluta sobre un colchón alquilado, se parece mucho a la meditación trascendental.

–Gurrpsss. Gurrpsss.

Un puño golpeó la puerta con más ira que preocupación.

Qu’est-ce qui se passe là-bas, merde?

Max saltó de la cama.

Je vais bien, merci.

Le tomó un par de horas y un montón de francos en llamadas internacionales reunir todas las piezas del conflicto. La situación resultó peor de lo que esperaba: no solo habían cerrado su despacho y congelado las cuentas oficiales a su cargo, sino que se discutía la posibilidad de declararlo prófugo de la justicia. Su jefe inmediato le exigió presentarse enseguida ante el nuevo director general, en la ciudad de México, a responder por lo que parecía un millonario fraude por sobreprecios en la adquisición de refacciones. Max rio para sus adentros: durante cinco años había sido el valet parking de diputados y secretarios de gobierno que, sin consultar con él, ideaban y ponían en práctica jugosas estafas. Ahora iba a tocarle cargar con el bulto, y sus fiscales serían los mismos individuos que se habían enriquecido dándole propinas. Descubrió que, aunque llevaba ocho años en Europa, no había salido nunca de México.

Eran más de las cinco pe eme. El próximo avión de Montpellier a París estaba programado a las once de la noche. Max consiguió telefónicamente boletos para un segundo vuelo al DF. Despegaría del De Gaulle a las seis treinta de la mañana siguiente. Calculó que, con ese itinerario, podría tomar un taxi y, a matacaballo, pasar por su apartamento de Montmartre durante tres horas. Si acaso. También estaba la opción de acribillar el tiempo muerto en una taberna, salvo que deseaba mantenerse sobrio hasta comparecer en las oficinas centrales de Pemex. Ya de por sí cargaba con una ligera molestia estomacal ocasionada por la mortificación y el excesivo consumo de moluscos cocinados a base de carbón mediterráneo. Le pareció imbécil continuar maltratando su sistema digestivo una noche antes de la última batalla. También era posible darse una vuelta por Pigalle y contratar un prostituto. Pero para el caso, daba lo mismo seguirse de largo hasta el departamento, situado un poco más allá del Sacré-Cœur. No estaba de humor para ensartar su glande en el recto amibiásico de una migranta argelina melodramática y violenta. Consideró que lo más irracional y sano era quedarse aquella noche nula en vela, solitario y a deshoras, deambulando entre los pasillos del aeropuerto hasta que diera la hora de su viaje trasatlántico.

Y así lo hizo.

Conozco los detalles de esta historia porque cargo con una maldición: la gente quiere siempre contármelo todo. Y yo no puedo resistirme. Al contrario, de eso vivo. Dirijo un despacho de asesores especializado en evaluar y corregir memorias. ¿Has disfrutado las anécdotas jugosas que narra un alcalde insulso en una cena patriótica? ¿Sientes empatía hacia una vieja cantante estafada por su joven y bello marido? ¿Te conmueves frente a un libro que relata en tercera persona los esfuerzos y tragedias íntimas de un empresario de telecomunicaciones? ¿Gozas y te horrorizas alternativamente con las ocurrencias y los asesinatos de un capo del narco que lleva veinte años en prisión? ¿Te interesan las justificaciones de un expresidente megalómano y chaparro que dejó a tu país en ruinas?… Es a mí entonces a quien amas: la mayoría de esos testimonios fueron diseñados en mi oficina. Soy coach de autobiografías y recuerdos personales, y por eso no hay página en blanco a la que no me atreva a hablarle de tú. Yo soy el verdadero autor de la historia de México.

Todos me dicen El Negro. Ayer maravilla fui, ahora ni sombra soy. Escribo anómalamente, anónimamente y a destajo. De vez en cuando consigo una prosa de excepción. Pude ser una de tantas fugaces revelaciones de la literatura mexicana, esos chicos que venden un puñado de libros durante cuatro o cinco veranos para luego convertirse en lo que realmente son: majadería glorificada. Pude ser uno de ellos pero me negué. En su lugar, estudié la carrera de negocios en el Tec de Monterrey. Me negué porque los escritores son una pandilla de dementes en modalidad hiperlujuria que no serían capaces de encontrar un sombrero para ponérselo en el culo. Me negué porque soy listo: prefiero que me corrompan con dinero, no con halagos.

Descubrí mis dotes (no las de autor; las de escucha) mientras cursaba el tercer año de primaria. Miss Diana solicitaba de vez en cuando que me quedara a su lado a la hora de recreo para ayudarla con el orden y la revisión de los trabajos del resto de los alumnos. Yo lo hacía con gusto: era pecosa y pelirroja y olía un poco a paella pero también a jugo de limas, y usaba unas blusitas blancas muy entalladas y de cuellos amplios como las que siempre les he obsequiado a mis mujeres. Mientras palomeaba o tachaba hojas de cuaderno con un bicolor Ticonderoga me contaba, ojos llorosos toda ella, las maldades que le hacía su novio. Con voz trémula y perversa (sé que era una voz perversa porque yo era un niño y ella trenzaba sus narraciones a través de murmullos ininteligibles y húmedos), mi maestra enfocaba esas obscenidades desde algún lugar ajeno a la epidermis. Por eso las imágenes de tortura y abuso sexual con las que desde los nueve años quise interpretar su charla aparecen en mis fantasías adultas como láminas de gran formato que representan a gente fornicando vestida, en encuadres muy cerrados y con el grano abierto.

Antes de que sonara el timbre, la Miss se secaba las lágrimas y fingía estar arrepentida:

–No sé por qué te lo cuento, hijo. Tú eres muy chiquito y no tienes que enterarte de lo diantres que somos los adultos –me acariciaba el pelo y preguntaba, esperanzada–: ¿verdad que tú jamás vas a tratar así a tu novia cuando crezcas?

Yo le decía que no. Luego, al volver a casa, me masturbaba en el baño recordando la agitada ronquera de su voz. Sentía al final un golpe seco y depresivo en la rabadilla. Eyacular antes de poder eyacular es una de las experiencias más animales que conozco.

No sé si alguna vez fui de verdad un niño. Supongo que no. He sido una oreja: un caracol de carne que supura cerilla y tritura con dientitos todo lo que suena.

Max atraviesa el Charles de Gaulle con la actitud de un desterrado: aéreo Eneas que se postula para cruzar la Gran Puerta de Cuerno –las aguas del Atlántico Norte– rumbo al Hades, Distrito Federal. 1981 es el paleozoico del duty free. Es medianoche. Todas las tiendas y mostradores están cerrados. Sin otro quehacer que explorar los escasos intersticios accesibles del pulpo arquitectónico diseñado por Paul Andreu, Max aprovecha que solo lleva consigo un maletín para transitar una y otra vez tres de los ocho pisos que conforman la terminal. Recorre, como quien juega una tridimensional rayuela, el serpientes y escaleras de plexiglás a peldaños que eventualmente se convertirá en una imagen pop clásica merced al segundo disco de The Alan Parsons Project: I Robot, un álbum que el recién defenestrado funcionario mexicano conservará por más de tres décadas entre su colección de vinilos, pero que nunca se atreverá a escuchar.

Max consume dos horas subiendo y bajando escalones. Poco a poco van apagándose las luces del recinto. Las áreas de tránsito quedan en penumbra. En un par de ocasiones, Max se detiene en un baño, entra a un cubículo y caga. Tiene diarrea. No es grave; apenas una punzadita a la izquierda del vientre y un solitario y grumoso chorro de excremento depositado en el hidra y cíclope ojo de la cañería.

Harto de pasear por túneles vacíos, se dirige a la puerta de embarque desde la cual despegará su avión. Aún faltan dos horas para el check-in. Sabe que se aburrirá todavía un poco más rumiando, rodeado de fierro y cristales, la soledad mientras sus nalgas se adormecen contra una dura butaca. Pero es lo que hay. Los aeropuertos son un país totalitario.

Invierte una hora mirando a través de los ventanales las lucecitas rojas y azules que arden a lo lejos en la pista. Lleva en el bolso una novelita porno gay en francés y La cabeza de la hidra publicada por Argos: la única novela de Carlos Fuentes que le ha gustado lo suficiente como para seguir con ella hasta el final. Pero ahora no tiene ganas de leer. Está cansado, desvelado. Nunca ha sido un gran lector aunque lleva cinco años esmerándose en parecerlo. Ser un intelectual de izquierdas es parte fundamental del uniforme de la burocracia mexicana. La mayoría de los libros le aburren. Lo suyo es el cine. Puede ver cinco películas una detrás de otra sin cansarse, memorizando sobre la marcha los créditos principales, la precisión de ciertos encuadres, los puntillosos diálogos de Deux hommes dans la ville y Les valseuses a cuya inverosímil entonación se sabe encadenado hasta los límites del habla.

Max llegó a París con credenciales de cinéfilo en tránsito. Era 1973, tenía 29 años y un acuerdo binacional entre el gobierno de México y el de Yugoslavia le había otorgado una beca para estudiar dirección cinematográfica en Belgrado. Organizó su itinerario para pasar una semana en la capital francesa antes del inicio de clases. Durante ese breve lapso, su vocación de cineasta socialista fue aplastada por otra pasión: vivir en una ciudad con la que soñaba desde niño. Nunca tomó el avión a Yugoslavia. Se quedó en París. Al principio vivía en calidad de clochard. Después hizo cuanto trabajito le pasaba por enfrente: desde portero de un hotel de putas hasta negro literario de novelas francopornoexóticas ambientadas en Latinoamérica y protagonizadas por Cécile & Gilles. Luego el gobierno de José López Portillo abrió una sucursal de Pemex en París para administrar desde ahí parte de la abundancia mexicana –y de paso permitir que diputados y funcionarios de alto nivel cargaran al erario sus fastuosas vacaciones–, y Max fue contratado, gracias a la recomendación de un antiguo jefe, como caporal de los caprichos del poder. Una especie de Ricardo Montalbán en una isla de la fantasía priista.

Max no lo sabe aún, pero esta será la última ocasión en que pise suelo francés. Podrá salvarse de la cárcel y, dentro de algunos años, recuperará el derecho a trabajar en la burocracia. Envejecerá como director de un organismo público de provincia. Pero las luces rojas y azules que brillan a lo lejos en la pista del aeropuerto Charles de Gaulle serán su último recuerdo de París. Eso, y el bochornoso encuentro antes del alba que sostendrá con la madre Teresa de Calcuta.

Todas las botellas de whisky tienen el alma tropical: una vez que las desnudas, notas que su culo era más grande y fogoso de lo que parecía. Lo digo mientras bebo el último cabito de este Macallan y repaso facturas pendientes de cobro. Mi empresa está sufriendo una leve crisis financiera. La considero leve porque confío en que este escrito servirá como advertencia a mis deudores.

Alrededor de las cuatro a eme, un hombre aparece en la sala de espera. Max lo observa con detenimiento: lleva jeans, una camisa a cuadros, un chaleco beige y una gran cámara Nikon colgada del cuello. No pasan cinco minutos antes de que otro hombre, también fotógrafo según su apariencia, ingrese a la sala y se plante junto al primero. Bromean en francés. Se les nota el desvelo en el constante ademán de tallarse los ojos con la palma de la mano. El de chaleco es guapo, piensa Max: no muy joven, esquelético, prematuramente encanecido pero con unos ojos azules muy intensos, como de loco: Samuel Beckett’s eyes. Max le busca la mirada. El tipo ni siquiera se digna a echarle un vistazo.

Aparece una edecán bonita, soberbiamente maquillada, tocada con un bonete rojo y quizás un poco tonta: los fotógrafos hacen bromas obscenas a sus costillas sin que ella parezca percatarse. Tal vez navega con bandera de idiota para protegerse mejor de la lascivia, como suelen hacer las brujeres –piensa Max.

Un sacerdote flaco, pálido y lampiño ingresa a la sala. Tras él aparece una gorda que se identifica como encargada de relaciones públicas de algo que al mexicano le resulta ininteligible. El lugar va animándose: llegan otro par de fotógrafos, tres periodistas con libretas en calidad de credencial de mano, alguna monja vieja, dos camarógrafos, una reportera de televisión sin mayor equipamiento que unas nalgas escuálidas, un negrazo vestido llamativamente en rojo y verde y cuyo torso en forma de V de la Victoria llena de gozo la pupila de Max… Por un instante, el prófugo de Pemex se pregunta si no será el destinatario de tanta parafernalia madrugadora. Si no se habrá hecho pública su situación y periodistas franceses estén a punto de acosarlo con preguntas sobre su corrupta y vil actuación ante el pueblo de México, y un sacerdote con tipo de efebo quiera consolarlo mediante la confesión, y una gorda especialista en relaciones públicas esté aquí para abogar a su favor frente a quién sabe qué jueces, y un alma caritativa le haya enviado al ángel de la guarda encarnado en un musculoso cuerpo negro al que podrá babear brevemente en los baños del aeropuerto –previo pago en efectivo, claro/

Pero no. Es una idea tan atractiva como ridícula.

Un bimotor comercial toma pista y, pachorruda y ruidosamente, se encamina al hangar desde el que Max despegará. Cuando la aeronave se detiene, Max nota la inquietud entre los periodistas y cristianos que ocupan el otro extremo de la sala. La puerta del aparato no alcanza la altura del gusano de acceso diseñado para los Boeings, así que los pasajeros descienden sobre el asfalto por una escalinata adherida a la puerta del Fokker f27. El vehículo viene casi vacío: solo siete sombras brotan de él. Se encaminan a través de un corredor imaginario marcado con pintura fluorescente sobre la orilla de la pista hacia una puerta de cristal de acceso donde la edecán bonita y tonta los recibe con una sonrisa.

El estómago de Max empuja una picante bolsa de aire seboso hasta la tráquea. ¿Quién es esa vieja machorra, cutis de pergamino, nariz de boxeador y labios de rendija y sonrisa perfecta, esa encorvada pero firme pasajera idéntica a la bruja Disney de Blancanieves? Ocupa el tercer puesto de la fila india de viajeros. Lleva el cráneo cubierto por un manto blanco listado de azul. Él la conoce. Es alguien célebre. Tarda casi un minuto en recordar que se trata de esa monja repugnante, la Teresa de Calcuta. A Max le da un poco de asco no tanto por su bonhomía, sino por la misma razón por la que a uno podría causarle náuseas la vecindad de un exterminador de plagas: gente que pasa demasiadas horas en compañía de organismos tóxicos, acezantes, purulentos. Es imposible opinar serenamente sobre el comercio cotidiano que estos individuos sostienen con el Mal. Tiene que haber, así sea de manera platónica, algo infeccioso y pestilente en los ganglios de sus almas.

Al mismo tiempo, Max se sabe seducido: jamás ha desaprovechado la oportunidad de estar cerca de una persona famosa. Esto es para él (y seguirá siéndolo al paso de los años) una de esas pequeñas excentricidades a las que se sucumbe de manera irracional. Hasta hoy se ha tomado fotos con el actor Héctor Suárez (antiguo compañero suyo en la sala de censura de cine de la Secretaría de Gobernación bajo el mandato de Luis Echeverría) y también con Irma Serrano, José Luis Cuevas, el arzobispo Miguel Darío Miranda, Carlos López Moctezuma y Carlos Monsiváis. En el futuro correrá con mejor suerte y posará junto a Silvia Pinal, Ninel Conde, Angélica María y Franco Nero, entre otros. Pero el día de esta espera en el aeropuerto Charles de Gaulle, mientras la garganta de Max apesta a mariscos semidescompuestos y su tripa tiembla por la acumulación de gases, la aberrante madre Teresa de Calcuta es la barajita más alta de su álbum de celebridades. Así que, haciendo de tripas corazón y apretando las muelas para tragarse las agruras, Max se pone de pie y, sin sonreír, se dirige a la comitiva con el brazo derecho de antemano extendido frente a él en posición de saludo, como habría hecho cualquier otro zombi atrofiado y amigable al toparse con el filantrópico rostro de la maldad absoluta.

Hay algo epifánico en este momento. Debe ser la seguridad y energía con la que Max se desplaza hacia la madre flotando en una nube de beatitud, con una rígida extremidad en calidad de tarjeta de presentación, como si se tratase del Ángel del Señor a punto de preñar a una anciana. Tanto los periodistas como los fieles se hacen a un lado para dejarlo llegar hasta la monja. Tal vez algunos crean que se trata de un viejo amigo y patrocinador, o bien de un importante funcionario cuya identidad no les ha quedado clara. Algunos fotógrafos empiezan a disparar sus cámaras para calcular la luz y el encuadre del encuentro, quizá con la idea de averiguar más tarde quién diablos es este tipo. La propia Teresa debe sentirse sacudida por el relámpago de la fe, porque de pronto aparta su vista del grupo que la acompaña y mira a los ojos a Max, que ya está a menos de tres metros de ella. Teresa de Calcuta extiende también con lentitud su mano derecha y sonríe con una masa turbia de arrugas agitándose en su rostro, un gesto nauseabundo que quiere ser dulzura.

Max avanza dos largos pasos más antes de darse cuenta de lo que va a ocurrir. La sonrisa de la madre es un abismo: a través de ella, se ve a un anciano con los pies inflamados y amarillos y cubiertos de moscas, y a un hombre de tez oscura violando con la punta de su rifle el ano de una muchacha, y a un grupo de niños que se carcajea con los dientes podridos, y a seis adolescentes enseñando su coño a los viandantes en el barrio de Sonagachi, y una cena de gala para recolectar fondos en un recinto en cuyos baños el sacerdote efebo lame el glande del negrazo, y una docena de mujeres esqueléticas vendiendo verduras marchitas entre el tráfico de Calcuta, y el agua negra sobre la que bailan descalzos un grupo de adolescentes en medio de una fiesta, y una huerta en sazón entre cuyos árboles están hincados mujeres y niños esperando a recibir un tiro en la nuca, y la explosión de una planta eléctrica reivindicada por un comando naxalita, y un bombardeo de aviones japoneses sobre el puerto, y/

El estómago de Max se convierte en la mente y la memoria de Max cuando, reaccionando al abismo de la sonrisa de la madre Teresa de Calcuta, suelta primero un hipo y luego siente, trepando ineluctable a través de la garganta, una espesa guácara de almejas y vino a medio digerir que cae sobre la mano extendida y el manto impoluto de esta vieja maldita bruja intoxicada de leprosos.

Ella se paraliza. Max calcula, con horror y esperanza, que su segunda andanada de vómito bien podría alcanzar el rostro de la mujer. Los acompañantes intervienen: unos, para retirar a la santa. Otros, para hacerlo a un lado a él.

What’s wrong with you? –reclama severamente alguien, con intención de golpearlo según el tono de su voz.

Max levanta la vista y reconoce al Samuel Beckett fotógrafo. Quiere justificarse con el tipo que le gusta, pero lo único que sale de su boca es otro chorro viscoso y oscuro que cae a los pies de Samuel, quien irritado y con un poco de miedo –Max recuerda de golpe que, desde El exorcista, el vómito es percibido por los cristianos como una prueba de la presencia del demonio– se aleja dándole la espalda.

Toda la grey aeroportuaria se ha replegado hacia un extremo de la sala, de espaldas y protegiendo con sus cuerpos a la madre, pero girando la temerosa cabeza hacia Max al más puro estilo Linda Blair. Max se da cuenta de que la única manera en que podrá recuperarse de la humillación que acaba de sufrir será siguiéndole el juego a esta partida de supersticiosos. Busca a la distancia la mirada histérica de Teresa, suelta una impostadísima carcajada de diablo de pastorela y se aleja de la sala con los ojos en blanco y temblores de epiléptico, en busca de un baño abierto.

Vomita dos o tres arcadas más dentro de un lavabo, asea sus dientes con un cepillito plegable y un poco de dentífrico, caga diarrea durante un cuarto de hora, y vuelve a la sala armando en su mente el relato que contará a la concurrencia sobre el modo en que Satán lo poseyó fugazmente, y cómo fue derrotado al final El Enemigo Malo gracias a la piadosa mirada de Teresa.

La sala está vacía.

El piso, limpio.

Max se sienta de nuevo en su butaca.

Se siente satisfecho, liberado del gran peso de una indigestión.

Pasan unos minutos.

Una familia –el padre y la madre, dos chicos púberes güeritos de no mal ver– ingresa a la sala. Se les nota el desvelo en el constante ademán de tallarse los ojos con la palma de la mano. Una edecán bonita y tonta se dirige al mostrador que está frente a la puerta de abordaje. Otro grupo de pasajeros aparece por la puerta del recinto y se esparce entre las sillas. Max se prepara para emprender su vuelo al Hades, Distrito Federal.

No sucedió así. Lo que Max me contó en una ocasión es que una vez, en algún aeropuerto de una pequeña ciudad europea, se topó de madrugada con un grupo de monjitas, un par de ellas ancianas. Aunque estaban solas, sin ningún dispositivo de seguridad y/o publicidad a su alcance, Max está seguro de que una de las mujeres era la madre Teresa de Calcuta.

–¿Y qué hiciste? –pregunté.

–Nada –contestó. Luego lo pensó un poco y añadió–: Escondí mi reloj. Me dio miedo que quisiera robármelo para alimentar a sus pinches pobres.

Dispénsame si estoy arruinándote la historia. Lo hago para vengarme de Max y su morosa displicencia.

(También, quizá, por darme el lujo de vomitar un poco encima de esos lectores ingenuos que adoran los relatos bien peinados, sin digresiones ni contradicciones ni atajos; gente que lee como si estuviera haciéndole un favor al texto.)

Ser coach de autobiografías y recuerdos personales no es nada fácil. No solamente tienes que encontrar la técnica adecuada para convertir una sarta de nimiedades en un rosario de aventuras; tienes que, además, apretar las muelas cuando escribes y tener un estómago de hierro. El estómago de una puta. Pero, sobre todo, tienes que aprender a cobrar. A la mayoría de los ciudadanos les cuesta trabajo pagar por una mejor versión de la historia de su vida. Al principio vienen a ti lloriqueando, con sus cuartillas gramaticalmente cuadrapléjicas y sus larguísimos y tartamudos relatos orales. Pero, una vez que los has educado en el arte de convertir ese amasijo de caca en una charla elegante o un delgado y discreto volumen de memorias, comienzan a mirarte con desprecio: asumen, los pobres, que son ellos los verdaderos autores de sus recuerdos. Eso puedo tolerarlo. Lo que no estoy dispuesto a tolerar es la falta de pago. Por ello emprendí esta estrategia experimental de cobranza que pongo a disposición del público: secuestrar los recuerdos y anécdotas de algunos de mis clientes y ofrecerlos como cuentos –a cambio de una módica suma– a través de publicaciones culturales y suplementos literarios.

Yo nunca quise traicionar a nadie. Lo lamento. Jamás habría cometido la indiscreción de publicar esta historia por mi cuenta si Max hubiera sido puntual en sus pagos. Pero incumplió. Max fue amigo de mi padre desde que yo era niño. Ambos compartían la complicidad de ser homosexuales en un ambiente conservador. Podría decirse que es una suerte de tía para mí. Si lo he elegido como ejemplo de esta modalidad de chantaje es para demostrar al resto de nuestra clientela que no pienso hacer ninguna concesión. Soy un verdadero empresario mexicano. Eso significa que estoy entrenado para permitir o realizar cualquier bajeza a cambio de dinero. No te engañes: eso que llamas “la experiencia humana” es solo una masacre de capas de cebolla. ~