¡Basta de hipocresías!

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Marion Jones, presa de una mezcla de melancolía y honestidad, decidió confesar su dopaje y devolver las 5 medallas (3 de oro y 2 de bronce) que había ganado en los olímpicos de Sydney 2000. ¡Vaya sorpresa! Y todavía hay voces en la televisión que se atreven a darse golpes de pecho, a clamar por la supuesta limpieza del deporte mundial, y piden la inmediata crucifixión de la atleta confesa. Dejémonos de hacer guaje. Si los intereses económicos gobiernan al deporte, estos asuntos van a seguir pasando. Hace cuánto que el espíritu deportivo vive enredado en valores insustanciales pero llenos de poder: marcas comerciales que imponen atletas y dictan alineaciones (no olvidemos el caso Ronaldo en la final de Francia 98), contratos exorbitantes a diestra y siniestra y, por supuesto, como en los viejos regímenes comunistas (nada ha cambiado), la demostración de que el país triunfa, como si la victoria del atleta representara la victoria de todos. Y no hay deporte que se salve. Árbitros de la NBA, acusados de vender apuestas; la duda sobre los jonroneros en el beisbol; los equipos italianos de futbol acusados de vender partidos; Michael Vick, enredado en problemas de apuestas en peleas de perros, que ahora debe devolver al equipo 20 millones de dólares; en el ciclismo ya no hay certeza posible de limpieza; tampoco en los deportes olímpicos. La lista es infinita y seguirá creciendo. Que nadie se dé golpes de pecho, ésta es la realidad del deporte y lo ha sido durante los últimos 30 años. Si no, que alguien explique cómo el récord mundial de 400 metros planos femenil, que data de 1987 y que pertenece a la alemana democrática Marita Koch, es casi 2 segundos menor que las marcas actuales.

No perdamos realidad, por favor, han sido muchos los casos y debemos asumir que han sido muchos más los que no se han querido confesar. La trampa forma parte del deporte actual, lamentablemente. En Argentina, incluso, hay programas de televisión que la ensalzan y la promueven: hay cronistas de futbol que piden, durante el partido, que el jugador engañe al árbitro.

Y así es. Debemos entender que esa idea limpia en la que se basó el espíritu olímpico, ya no existe. Debemos entender que esa imagen del deportista como referente de la salud pública es una patraña, y seguir adelante. Llegará el día en el que el dopaje se libere y, por lo tanto, se controle, y todos sepamos que el enfrentamiento ya no es entre los atletas, si no entre los laboratorios. Qué pena, pero así es. Si seguimos creyendo que lo único importante es ganar y no cómo ganar, esto va a seguir pasando. Me parece que es necesario revisar todo el esquema y encontrar otras soluciones; y no sólo gritar y asustarnos porque esto no cambia y, sobre todo, no culpar sólo al atleta.

– Carlos Azar

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