Capitán América contra la prima de riesgo

Cuanto peor es la situación, más nos refugiamos en la fantasía. La que ahora nos toca, mientras la crisis abre un boquete bajo nuestros pies, es tremendamente rancia.
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El circo de los romanos sigue funcionando: cuanto peor es la situación, más nos refugiamos en la fantasía.

La fantasía que nos toca ahora, la que comparte espacio con una crisis económica que está abriendo un boquete cada vez más gigante bajo nuestros pies, es muy, pero que muy rancia.

Por un lado, una fantasía que echa mano de los superhéroes de los años 40, como Linterna Verde, tan cutre como otras producciones de de DC, incluida Superman, y el Capitán América, cazanazis en permanente reconversión, incluida la de defensor de los derechos civiles, y a quien Marvel ha tenido que matar varias veces en los últimos años para que se le fuera el olor a naftalina.

[Por cierto, y para quien esté interesado en las casualidades: el Capitán América, en su última muerte en cómic, fue abatido por los disparos de un francotirador, el desgraciado modo criminal de la temporada, tanto en Noruega, como en Siria y como en Virginia.]

Y, por otro lado, una fantasía que vuelve a El planeta de los simios, que consiguió asustarnos de verdad, más que con los monos humanizados, con la imagen de la estatua de la libertad destrozada en una playa. No era difícil ver en esa fábula, facturada con un estilo más cercano a la serie B que a las grandes producciones de Hollywood, el temor que sentían las democracias occidentales, representadas por el aspecto de pura clase media de Charlton Heston, a los cambios que las agitaban tras un largo periodo de calma, crecimiento y bienestar: Vietnam, mayo del 68, las revoluciones latinoamericanas, la descolonización africana… e incluso los Beatles, cuyas casacas de Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band vestían los malvados simios de la película de Franklyn J, Schaffner.

Supongo que en tiempo de crisis es normal el triunfo de la fantasía: vamos al cine para que nos distraigan un rato de nuestros problemas y no para que nos sigan mostrando el horror del paro, las deudas, la ausencia de crédito, la ejecución de las hipotecas, la sensación acusada de parálisis…

A mí no me gusta la fantasía, ni en tiempos de crisis ni en tiempos de bienestar. No me gustaba de niño y no me gusta cuando voy camino de ser un viejo cascarrabias. En un ensayo de Kingsley Amis sobre la ciencia ficción, encontré un argumento con el que me he quedado: detestaba la fantasía porque carecía de reglas.

Con o sin reglas, el Capitán América consigue mejorar algo, gracias al taquillazo mundial, la economía de su tan amado país, pero no puede hacer nada contra la prima de riesgo, que nos ha puesto la soga al cuello a los cerditos europeos (Portugal, Italia, Grecia, Spain).