Chile, la utopía descongelada

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No es fácil observar el propio país como si fuera ajeno, aunque se haya permanecido mucho tiempo alejado. Eso me ocurre con Chile. Mi distanciamiento de más de dos décadas no basta para que me sienta extranjera cuando lo visito esporádicamente: muy pronto soy atrapada por los olores, sabores, sonidos y códigos de mi infancia y juventud. Aunque, por otro lado, hay nuevos signos, palabras, paisajes y modos de vida para observar y desentrañar. Y, en mi caso como en el de muchos, se agrega otro asunto: esa suerte de paréntesis que construimos al abandonar el terruño natal, la última imagen congelada, incólume para retomarla al regreso y seguir nuestro camino como si no hubieran transcurrido diez, quince o veinte años desde la última vez. Por mi parte, cuando llegué aquí en este viaje reciente, traía en mi equipaje dos imágenes muy fuertes, muy esperanzadoras. Una, la de aquel lejano octubre de 1988, cuando habíamos derrotado a Pinochet a través del plebiscito. La segunda, otra fiesta callejera, doce años después, por el triunfo de Ricardo Lagos, primer presidente socialista desde 1973.
     Pese a que en mis ausencias me mantuve relativamente informada sobre algunos cambios, estas imágenes pesaban más de la cuenta y sólo aquí, poco a poco, empecé a descubrir cómo es mi país ahora, luego de catorce años de democracia.

Paisajes olvidados
     Voy en un taxi hacia el centro cívico de Santiago, que congrega el Palacio de Gobierno —el Palacio de La Moneda— y casi todos los ministerios. Hace un frío intenso y sin lluvia. Pido al taxista que cierre su ventanilla, dice que “es cuestión de acostumbrarse”, y me doy cuenta de que los chilenos aún viven un poco inconscientes de sus bajas temperaturas. Le pregunto sobre el país. “No estamos mal, si trabajamos nos alcanza para vivir”. Su respuesta es desabrida, hasta que comparo Chile con el resto de América Latina. “Somos superiores —me ataja, con arrogancia indisimulada—, Chile es el líder. ¿Qué tenemos que ver con los bolivianos, los peruanos, los ecuatorianos? Ese sí que es subdesarrollo”. Poco más tarde confiesa que trabaja unas doce horas diarias.
     Pese a la niebla, el Palacio de La Moneda me deslumbra ¿por lo que representa?, ¿por mis recuerdos de él en mi último viaje, cuando permanecía cerrado y, creo, más gris? Lo contemplo desde la Plaza de la Constitución. Me sorprende, allí mismo, una enorme escultura de Salvador Allende, envuelto en la bandera. Sin embargo, el paisaje que contemplo se parece más al de la etapa anterior al golpe. Las enormes puertas de La Moneda están abiertas, resguardadas por unos pocos carabineros de uniformes y figuras impecables. Digo que vengo a una entrevista periodística con la primera dama. En un par de minutos me encuentro en el primer patio. Subo por una escalera de piedra y en el primer descansillo me sorprende otra escultura, la de una gran moneda escindida; abajo se lee que ese es el lugar preciso en que Allende perdió la vida.
     Los pasillos y despachos interiores son aún mejores que en mis recuerdos (trabajé en La Moneda haciendo mis primeras prácticas periodísticas): muebles dieciochescos se esparcen por las amplias estancias circundantes al despacho de Luisa Durán. Al salir, pregunto si puedo abandonar el Palacio por la puerta que remata en el extremo opuesto, la Alameda. No hay problema: Lagos abrió La Moneda de lado a lado, como en los buenos tiempos. La esquina de la Alameda con Teatinos se ha convertido en el mercadillo ambulante de los ciegos, los únicos comerciantes callejeros autorizados. A mi lado pasea tranquilamente un oficial de ejército, con un maletín pesado y dos o tres rutilantes estrellas en cada hombro. Nadie se fija en él. Es, ahora, una parte más del paisaje santiaguino.

¿Dónde se perdió la utopía?
     Sábado y domingo, días para estar con los amigos, que durante la semana cumplen ardorosas jornadas laborales. Me encuentro con compañeras y compañeros de universidad, de la militancia legal en los tiempos de la Unidad Popular y de la clandestina durante la dictadura. Varios han regresado hace años del exilio y algunos ocupan importantes cargos de gobierno; otros, también excelentes profesionales, me cuentan que sus ingresos les alcanzan justo “para llevar una vida decente”. Los primeros defienden los logros de la Concertación por la Democracia (conglomerado gobernante) y dicen que el país tiene “un buen futuro”. Sin embargo, en casi todos percibo atisbos de decepción. El cuestionamiento que nos ronda es: “¿Qué pasó con nuestros sueños de país, aquellos por los que tanto luchamos?”
     Las opiniones son múltiples. Hernán Guerrero, economista y consultor, señala que los principales problemas son “el desempleo, la concentración de la riqueza, las carencias en educación y salud, la escasez de empresas medianas y pequeñas con vocación exportadora y la falta de políticas para terminar con las restricciones heredadas de la constitución pinochetista”. Pero agrega que Chile ha mantenido más de diez años de crecimiento sostenido, “con gran modernización de sus infraestructuras, y se ha posicionado bien en el mercado internacional. Esto le ha permitido superar las grandes brechas que impiden la estabilidad política y económica”. Cree que a partir de ahí puede superar los problemas que le impiden alcanzar el desarrollo.
     María Verónica Martínez, periodista y Directora de Comunicaciones de la Comisión Nacional de Riego, piensa que Lagos logró tranquilizar a la derecha con un programa económico “que parece elaborado a la medida del mercado; me duelen las cifras que muestran cómo se han agrandado las distancias entre ricos y pobres”. Cree que la preocupación por lo social tampoco es gran cosa ni el quehacer en el tema de los derechos humanos donde, piensa, se ha transado mucho con la derecha y los militares, para mantener la paz, la tranquilidad.
     A Graciela Ortega, otra de mis amigas periodistas, le satisface que la macroeconomía funcione bien, “pero ¿cuándo llegarán esos beneficios a la gente como uno? Gran duda; al final la pregunta es si este modelo lo permite, y tiendo a pensar que no”. Los ingresos mensuales oscilan entre los quince millones de pesos (una escasa minoría) y los 120 mil (18.750 y 150 euros aproximadamente); las pensiones pueden llegar incluso a cuarenta mil pesos (cincuenta euros) y la jubilación mínima es de 74 mil.

La capital sectorizada
     Espero el metro en la estación Pedro de Valdivia. Es confortable, impoluta, todo como recién hecho, pese a la gran cantidad de gente que espera, tal vez refrescada por una discreta música ambiental. El metro es uno de los mayores orgullos de los santiaguinos. Voy hacia “arriba”, a la estación Escuela Militar, en Apoquindo. La tradicional sectorización de la ciudad permanece: en el oeste, hacia “abajo”, están precisamente los barrios de clase media baja o baja a secas, plazas desteñidas, calles y construcciones deterioradas, personas que ocultan sobriamente sus escasos recursos; en la medida en que se sube hacia los sectores precordilleranos todo va mejorando, hasta el punto de que si llego a Las Condes, Vitacura y al exclusivo sector de La Dehesa —donde Pinochet y muchos nuevos ricos disfrutan en sus mansiones—, me parece estar en un país del primer mundo.
     Al encontrarme otra vez con Hernán Guerrero le pregunto del porqué de estas contradicciones. Dice que la clase media se ha empobrecido relativamente, porque ahora una parte consume casi igual que los sectores más bajos y otra ha alcanzado niveles de sectores altos. “El empobrecimiento se debe a que bajaron muchísimo los empleos de la administración y las empresas públicas, y a la privatización de la salud y la educación”. También me habla del desempleo de los jóvenes recién titulados y de los cincuentones: “Esto es porque el crecimiento se concentra en sectores de grandes empresas, que aumentan permanentemente la productividad disminuyendo costos para competir internacionalmente, y también porque hay empresas que se reducen con las fusiones y compras hechas por los gigantes de la economía”. Agrega que la proliferación descontrolada de la oferta privada universitaria, sin estar acompasada con el desarrollo nacional, ha provocado una sobreoferta de profesiones no demandadas por la economía, o profesionales de muy baja calidad. A esto se une “un modelo que no amplía la base económica con nuevas empresas medianas y pequeñas al ritmo que el crecimiento de la población demanda”.
     Paulina Pizarro, también economista, viuda y con cuatro hijos, observa que hay menos pobres y que la mayoría de los mendigos con los que uno se encuentra “no opta a ningún trabajo, por los bajos salarios, y en las calles ganan al mes 120 mil pesos o más, pero si la sociedad en su conjunto estuviera mal a ellos también les iría peor”. Destaca el programa Chile Barrio, de vivienda social para sectores bajos, puesto en marcha por este gobierno y que funciona en casi todo el país.

El Chile seductor
     Felizmente, mi país también es capaz de mostrarme otros rostros. Me siento liviana y contenta con mis hermanas, en la casa que una de ellas tiene en la costa central. Paseamos por distintos balnearios, El Tabo, El Quisco, Isla Negra, Algarrobo… Es el año del centenario de Pablo Neruda y su casa de Isla Negra, hace tiempo convertida en museo, está repleta de turistas.
     Al tercer día, muy temprano, parto a Tunquén, localidad costera más agreste cercana a Valparaíso, donde muchos intelectuales progres han instalado sus segundas viviendas. El paisaje recuerda a los de Galicia o Asturias. Raúl Herrera me invita a su casa. Luego de un exilio en Venezuela, volvió al país hace ya varios años. Como ingeniero y empresario, le gusta Chile, lo pasa bien, disfruta sus casas de Santiago y de este lugar. “Si te vienes bien económicamente, este país es muy entretenido —me dice—; puedes recorrerlo de norte a sur por excelentes rutas y de poniente a oriente en un tiempo muy escaso, ¡y hay tanta cosa nueva por ver!” Mientras recorro las habitaciones cálidas, de madera, y me inclino en la chimenea, pienso que desde su punto de vista tiene razón.

Lagos, ¿estadista o autoritario?
     Hace un par de días leí en el periódico La Tercera los resultados de una encuesta en la que Lagos aumentaba su popularidad y que, si ahora fueran las elecciones, ganaría. En un taxi voy a un restaurante a reunirme otra vez con mis amigas periodistas. Pregunto al chofer si le gusta el presidente e inmediatamente me responde que sí, y mucho. “Sabe lo que hay que hacer para levantar este país, es muy claro y tajante, nadie lo pasa a llevar”, señala. Pero mis amigas no están de acuerdo, pese a que todas trabajaron y votaron a Lagos en 1999. Según Ana María, al presidente “no se le han bajado los humos, ha puesto algún empeño en escuchar a la gente, pero no puede evitar que la soberbia le siga rondando, aunque por otro lado ha sido el único mandatario que ha enfrentado un poco a los micreros [poderoso sindicato de dueños de autobuses]”. Para María Verónica, Lagos conserva popularidad porque “el chileno medio, pese a sus errores, lo ve inteligente y con don de mando; a la gente le gusta sentirse gobernada por un ‘padre’ enérgico que aparentemente tiene muy clara la ruta a seguir; no en vano estuvimos tantos años siendo tratados como niños, con golpes y dulces”.
     En cambio Hernán, al final de la jornada, señala que la popularidad de Lagos se mantiene porque es percibido como un mandatario que actúa con una “visión país: está por sobre la dinámica partidaria y ha intervenido para pactar con la oposición con el fin de superar los impasses políticos y económicos”. Y una mujer a la que ayer compré verduras se suma a los “laguistas”: “Voté por Lavín porque no me gustan los comunistas ni los socialistas —dice—, pero este presidente me convenció, creo que es el mejor que hemos tenido en muchos años y si pudiera presentarse otra vez, yo votaría por él sin dudarlo un minuto”.

¿Cómo es hoy Chile?
     Estoy en las termas de Chillán, a unos cuatrocientos kilómetros al sur de Santiago. Rodeada por la belleza natural, repaso lo que ya sabía y lo que me han contado ahora.
     Chile mantiene convenios comerciales bilaterales con diversos países y dos muy importantes, con Estados Unidos y con la Unión Europea. Esto ha contribuido a su apertura económica y al desarrollo modernizador. Cualquiera que tenga los medios puede estudiar lo que desee, claro que en universidades privadas caras que no ofrecen garantías de una buena educación. Hay poca corrupción evidente y prevalece el “doble estándar” de las sociedades hipócritas: por ejemplo, cifras oficiales indican que se producen cuarenta mil abortos al año (según la “cifra negra”, alcanzan los 160 mil), la mayoría clandestinos… y ni siquiera existe un movimiento en pro de una legislación al respecto, como si el problema no existiera. Lo mismo ocurrió con el divorcio: pese a que aumentaban vertiginosamente las “nulidades” (figura que considera que un matrimonio nunca se llevó a efecto y que permitía a las parejas separarse de hecho), hasta este año creo que Chile fue el único país del mundo sin ley de divorcio.
     En El Mercurio leo que Chile es uno de los países latinoamericanos con peor distribución de la riqueza: la relación es de cuarenta a uno entre el ingreso per cápita promedio del 10% de los hogares con rentas más altas, en comparación al 10% con rentas más bajas.
     La portada de Las Últimas Noticias muestra a una mujer opinando sobre un tema político de candente actualidad. Es “La Porotito”, una vedette de estos nuevos tiempos. Me acuerdo de un programa televisivo, noches atrás: cómicos, actores de telenovela, homosexuales amariconados, políticos y algún cientista social se disputaban por igual el micrófono para hablar de un tema común. También me vienen a la memoria otros programas de hombres y mujeres que no cantan, bailan ni son deportistas u otra cosa, sacándose los ojos en riñas absurdas, humillándose hasta la exacerbación, “al mejor estilo de la televisión abierta española”, pienso. Sí, “la farándula” ya ingresó a los medios masivos chilenos, pero con este matiz incomprensible: a los que buscan hacerse un espacio en esta vida fácil y rentable, se suman parlamentarios, alcaldes e incluso uno que otro ministro.
     Como si lo hubiera andado buscando, me invitan a una conversación con el senador Fernando Flores. Ex ministro de Allende, ex prisionero y exiliado político, hace tiempo que observa Chile con una mirada distinta. Flores dice que los chilenos están dispersos, en un país “que vive una adolescencia prolongada”, que “es pequeño y se enreda porque se cree grande”, pero si se reconoce como pequeño puede, como muchos otros de su tamaño, llegar a crear un proyecto nacional, “una épica de creación de valor” partiendo de lo que ya posee… Explica “la farándula” como “una falta de sentido expresado con desesperación, para no pensar […]; si no arreglamos el problema del alma —que es que se acabó la idea de Patria—, seguirá la farándula”. –

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