Conciertos de violín para un maestro

Hay cuatro conciertos para violín que todo aspirante a la maestría debe dominar.  
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Cualquiera que haya tenido un violín en sus manos y el deseo de aprender, recordará también el penoso camino del novato. Instrumento caprichoso, regalo de Satanás a los gitanos, la afinación depende de la personalidad de sus clavijas, de lo bien apretadas o flojas que puedan estar y de cuánto estén dispuestas a ceder sin tronar la cuerda. La posición recta y la costumbre del hombro demandan disciplina; el pequeño emperador castigará un détaché fuera de lugar con el sonido más estridente que puedas recordar: ni se te ocurra tocarlo debajo del puente.

Los maestros de violín alrededor del mundo bajan la cabeza mientras recitan su cruz, que es también su orgullo: en el piano, las notas están hechas, en la guitarra están señaladas, pero en el violín hay que trabajar para encontrarlas. Puede pasar mucho tiempo antes de que surja la primera nota fuerte y segura, sin que la amedrente el temor de molestar a los demás, o la amordace una sordina para estudiantes primerizos.  

Muy arriba, están los virtuosos y después, el virtuoso que se convierte en maestro. Todos los arcos de la orquesta elevan a aquél que puede ejecutar los solos obsesivos que exige un concierto para violín. El maestro siempre tendrá un halo místico, conseguido a través de innumerables horas de práctica que hacen eco del poema de Browning, A grammarian’s funeral: “this man decided not to live, but know”. Sus vibratos realmente invocan la inmortalidad a la que aspira la pieza y sus dedos parecen deslizarse sobre el brazo del instrumento.  

Hay cuatro conciertos para violín del siglo XIX que sobresalen: los conciertos escritos por Beethoven, Brahms, Mendelssohn y Bruch. Es preciso atravesar cualquiera de estos caminos de manera devota si se busca el luminoso adjetivo de la perfección. El musicólogo Constantin Floros divide estos conciertos en dos grupos: mientras que la interpretación de los trabajos de Bramhs y Beethoven requiere de una gran técnica y estilo, la composición de Mendelssohn y la de Bruch son más populares entre audiencias y violinistas por su potencia y facilidad al oído.

Lo cierto es que no hay una manera “correcta” de interpretar estas piezas, cada violinista procura imprimir un color particular en su ejecución. Los maestros del siglo XX conquistaron bajo sus términos estas partituras, entonces, ¿a quiénes debemos volver para escuchar una interpretación única?  

Joseph Szigeti, por ejemplo, es considerado un innovador en cuestión del sonido y aunque en sus grabaciones estén presentes las manchas ocres del tiempo, permanece intacto su brillante vibrato. Jascha Heifetz, quien hizo su debut en Carnegie Hall en 1917 a los 16 años, contagió a todos con lo que el violinista Ivry Gitlis denomina “La enfermedad de Heifetz”. Su perfección hizo que otros violinistas se obsesionaran con seguir sus pasos, considerando su propia técnica como menor (algunos llegaron a pedirle que cometiera un error, para comprobar que era humano).

Nathan Milstein es, sin lugar a dudas, el gran académico: practicaba religiosamente, buscaba secretos en el brazo del instrumento con los dedos, producto de ello fue su famosa composición Paganiana, una variación inspirada en Paganini. También está el increíble: conocido como el mesías del violín, Yehudi Menuhin dominó los conciertos de Beethoven y Brahms a los 12 años y los interpretó con la Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Bruno Walter. Lo mejor de Menuhin es la calidez de su sonido y es posible escuchar cómo madura y cómo descubre cosas nuevas de estos conciertos a lo largo de toda su trayectoria.

Una heredera de este pasado es Anne-Sophie Mutter. Protegida del director Herbert von Karajan desde la edad de 14 años, debutó en el Festival de Salzburgo con la Filarmónica de Berlín. Posteriormente, la diosa alemana grabó con el director los conciertos de Mendelssohn, Brahms, Bruch y Beethoven. Las grabaciones en blanco y negro muestran rostros de mujeres en éxtasis cuando Heifetz está en el escenario y no es para menos: las notas vivas de un maestro jamás se olvidan.

He tenido la oportunidad de asistir a un concierto de Mutter en dos ocasiones.  La primera vez, cuando tocó el concierto para violín de Brahms con la Orquesta Sinfónica de Pittsburgh en el Carnegie Hall y la segunda, cuando visitó México (en una especie de milagro) y tocó los tríos de Beethoven en el Festival de Música de Morelia, en el 2010.  Estar en su presencia es comprobar el sobrenombre que le han dado los críticos, Jahrhundertgeigerin (El violín del Siglo).

Con la muerte de Menuhin y el ascenso de Mutter al trono del violín, este instrumento inicia su consolidación también como un terreno femenino. La estadunidense Hilary Hahn ha grabado los conciertos de Mendelssohn, Beethoven y Brahms con soltura, su interpretación del concierto de Beethoven es particularmente viva, mientras que Lisa Batiashvili grabó una nueva versión del concierto de Brahms que vale la pena escuchar.

Las diferencias, los matices y la identidad de cada violinista se revelarán con el tiempo al oído persistente, al oído obsesivo que busque en la música no un entretenimiento pasajero sino maravillarse, como Borges, con la “misteriosa forma del tiempo”. 

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