América la horrible

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Ante el estado de las cosas, por qué no empezar contando un chiste. Allá vamos: George W. Bush entra a una biblioteca con paso decidido. Entra con el mismo andar —ese movimiento de robotito— con el que suele acercarse a tarimas y atriles y micrófonos y teleprompters, avanzando desde el fondo de un corredor largo, los ojitos parpadeantes, los labios apretados. Bush llega hasta el mostrador, chasquea sus dedos y el bibliotecario —acercándose nervioso al mostrador, sin poder creer la súbita materialización del presidente de los americanos en su lugar de trabajo— le pregunta qué desea. Bush responde con voz cálida pero al mismo tiempo segura y poderosa. Bush dice, Bush ordena: “Quiero una doble hamburguesa con queso y bacon, una ración grande de patatas fritas, una Coca-Cola tamaño gigante, un pastel de manzana caliente y, entre todos esos muñequitos que regalan con el menú, me quedo con el de Darth Vader.” El bibliotecario, claro, primero no da crédito a sus ojos y después, enseguida, no da crédito a sus oídos y, superado el asombro y el desconcierto, el bibliotecario musita: “Ah, señor presidente… Me temo que se ha confundido: esto es una biblioteca.” Bush mira a su alrededor, contempla los estantes llenos de libros, sonríe ligeramente incómodo, y dice: “Oh, disculpas.” Y entonces, con una sonrisa pícara, bajando la voz casi hasta el susurro, agrega: “Quiero una doble hamburguesa con queso y bacon, una ración grande de papas fritas, una Coca-Cola tamaño gigante, un pastel de manzana caliente y…”. (Risas aquí.)
     Todo esto para entrar en materia, para afirmar que los seres que han sucumbido al lado oscuro de La Fuerza no suelen llevarse bien con los libros pero, paradójicamente, tienden a generar buena literatura.
     Y de acuerdo, el Nobel de este año ya se lo llevó Elfriede Jelinek; pero el Nobel de este año —y del anterior y, de haber justicia, del próximo— tenía y tiene y tendrá que ser de Philip Roth. Los motivos son sencillos: se trata —sin lugar a dudas— del mejor escritor norteamericano de prestigio en activo y, además, protagonista de un crescendo otoñal como pocas veces se ha visto en la historia de la literatura. Remitirse a las pruebas y a los títulos: El teatro de Sabbath (1995), Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998), La mancha humana (2000) y El animal moribundo (2001). ¿Quién da más? Y con The Plot Against America —recién aparecido en USA y a ser editado en España el próximo año por Mondadori— Roth va todavía más lejos y plantea una novela política para un año político encuadrada en uno de los géneros más bastardos por el solo placer de enaltecerlo. Como El hombre en el castillo de Philip K. Dick o Fatherland de Robert Harris —por citar dos de los ejemplos más nobles y admirables del asunto—, Roth se apunta al juego de la historia alternativa. Y así, sorpresivamente, propone una de sus novelas protagonizadas por su otro yo —esas que define como “The Roth Books” y que hasta la fecha son Los hechos, Engaño, Patrimonio, Operación Shylock— para reescribir su infancia y, de paso, la historia de todo un país.
     The Plot Against America reinventa los días y las noches que van de 1940 a 1942 en unos Estados Unidos donde el aviador antisemita Charles Lindberg vuela y se eleva hasta derrotar a Franklin Roosevelt en las elecciones de 1940, alcanza la presidencia y firma un pacto de no agresión y respeto con Adolf Hitler. Lo que ocurre, claro, es que los judíos comienzan a ser perseguidos en la inequívocamente rothiana Newark y el Sueño Americano deriva en Pesadilla para los Roth y en obra maestra —otra— para los lectores de este escritor que cada vez arriesga más y triunfa mejor con una novela donde lo judío es el tema de un escritor que supera las barreras de etnias y religiones y que en más de una ocasión se definió como “Estadounidense a secas; no escribo en yiddish o en hebreo. Escribo en inglés y pienso en inglés; por lo tanto soy un escritor estadounidense”.
     Pensado para una Norteamérica —como escribió hace poco en The New York Times— “gobernada por un hombre, George W. Bush, cuyo padre en comparación era un George Washington y del que, se sabe, es incapaz de administrar una ferretería y mucho menos la potencia más poderosa del mundo”, The Plot Against America “no es una distopía sino una ucronía” en la que el periodista chismógrafo Walter Winchell acaba siendo el héroe y la trama —que alterna entre lo doméstico y lo trascendente, entre lo público y lo secreto— se presenta como, acaso, la novela de Roth más fácil de ser leída con el vértigo con que se consumen ciertos bestsellers. Y, sin embargo, otra vez, otra obra maestra de quien, cuando se lo piden, explica: “Soy un escritor. ¿Qué otra cosa quiere que sea? ¿Hay otra cosa?”
     “Voy a asesinar al presidente”, le confía Jay a Ben en una habitación de hotel de Washington dc en las primeras páginas de Checkpoint, novela de Nicholson Baker recién aparecida en Alfaguara. El presidente es Bush y el plan de Jay consiste en entrar caminando a la Casa Blanca y lanzar pequeñas sierras teledirigidas, o una bola de plutonio, o disparar balas “especiales” entrenadas para perseguir y alcanzar a su víctima “porque estuvieron guardadas en una cajita junto a una foto de Bush durante varios días”. ¿Y por qué está así Jay? Respuesta sencilla: por la guerra de Irak y por el modo en que Bush —”un jodido petrolero borracho al que nadie eligió y que lo único que hace es usurpar la Casa Blanca mientras susurra su libro de plegarias”— está asesinando a “miles de inocentes”. Ben, sensato, intenta hacerlo recapacitar. No está bien lo que se propone hacer. Jay, imperturbable, le explica: “Será un pequeño baño de sangre que pondrá fin a un enorme baño de sangre”. Y agrega: “Bombardeamos esas ciudades. En Japón. La culpa de lo que hicimos nos ha vuelto retorcidos con el paso de los años, ha fomentado nuestra necesidad de tener secretos, de actuar en secreto. En realidad perdimos esa guerra y fuimos corrompidos por ella. Comenzamos a gastar más dinero en armas, derrocamos pequeños gobiernos extranjeros y pusimos en el poder a gente detestable. Y así la gangrena se fue extendiendo por todo el queso”. Y, dicho esto, Jay llama al room-service para que le traigan un buen pedazo de carne. Jay tiene hambre. Mucha.
     Baker dijo haber escrito Checkpoint “Como poseído. Yo estaba de lo más tranquilo, metido en mis libritos. Y de pronto apareció esto en mi vida y arrasó con toda rutina. Fue el pasado abril, durante el sitio de Fallujah. No podía pensar en otra cosa. Bajaba información de Google cada cinco minutos. Y escribí Checkpoint casi sin pausa. Y sin dejar de llorar mientras tecleaba. Jamás me pasó algo así, y no creo que el libro alcance a reflejar siquiera una partícula de mi angustia. Escribí Checkpoint porque muchas personas sentían impotencia y una furia parecida a la mía cuando Bush nos llevó a la guerra. Y yo quise atrapar esa furia. ¿Cómo reaccionas ante algo que piensas que está mal? ¿Cómo haces para no enloquecer?”
     Y detalle interesante: un lector de esos que apuntan sus ideas en el site de Amazon previene: “Este libro será muy polémico y muy discutido. Y todo aquello que se refiere a la posibilidad del asesinato del presidente tiende a llamar la atención del servicio secreto. Ténganlo presente cuando comuniquen sus opiniones en este foro público”.
     Sí, sí, sí: los tiempos están cambiando para peor y, quién sabe, tal vez falte menos para que las bibliotecas ofrezcan Big Macs a viva voz y el chiste pierda toda su gracia porque la realidad no suele ser graciosa. –


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