Voluntad de estilo

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La crítica académica tiene un repertorio de muletillas que se empezaron a enmohecer hace siglos, pero continúan en boca de profesores y reseñistas, como una tara mental transmitida de generación en generación. Uno de sus reflejos condicionados más nocivos, por la confusión que ha sembrado entre la gente de letras, es conceder un alto valor a la voluntad de estilo. De acuerdo con este criterio voluntarista, la simple aspiración de dominar o renovar un estilo tiene mérito en sí misma, aun cuando esa tentativa dé como resultado un adefesio ilegible. No es de extrañar que los controles de calidad en las artes y las letras se hayan vuelto laxos, como apuntaba Gabriel Zaid en su reciente ensayo sobre cultura y calidad (Letras Libres, 13), si en cientos de ensayos y tesis doctorales los críticos juzgan a los autores por sus deseos y no por sus resultados. Para el resto de los mortales, sean zapateros, médicos o albañiles, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Sólo el mundillo artístico y literario ha creado un refugio para la ineptitud esforzada donde se califica la voluntad, y no la obra.
     Por más que un crítico pretenda hacernos comulgar con ruedas de molino, cuando la voluntad de estilo es el único acierto que puede señalar en una obra, en realidad está dándole un premio de consolación, como los cronistas de futbol que aplauden a los delanteros más troncos del balompié nacional por pelear todos los balones. Cualquier lector puede detectar (y padecer) la voluntad de estilo; la tarea del crítico es decirnos si esa voluntad dio buenos frutos y fundamentar su opinión en un lenguaje accesible al público no especializado. Al usar un concepto vago y tramposo como escudo diplomático para no tener que pronunciarse a favor o en contra de un estilo, los encargados de orientar al lector han contribuido decisivamente a solapar la falta de rigor en la creación literaria. Pero el pensamiento fósil es reciclable y los lugares comunes de la estilística pueden revitalizar el análisis de textos si se les utiliza en sentido opuesto al de la opinión general. Contra lo que muchos creen, la voluntad de estilo no es una virtud, sino un indicador de pretensiones fallidas, pues como dijo Quevedo en su prólogo a las obras de Fray Luis de León, "la dicción esclarecida es propia y hermosa con facilidad; ni ambiciosa se descubre fuera del cuerpo de la oración, ni tenebrosa se esconde". Cuando la voluntad de estilo es fácil de percibir en una novela o en un poema, podemos estar seguros de que el estilo en cuestión adolece de graves defectos, de lo contrario el lenguaje sería un componente orgánico de la obra que no resaltaría a simple vista.
     Si el estilo fracasa cuando descubre sus ambiciones, ¿significa esto que el escritor no debe tenerlas? De ningún modo: Quevedo y todos los poetas adscritos a la estética del clasicismo, de Garcilaso a Antonio Machado, tuvieron las ambiciones más altas, pero las cumplieron con tal perfección que su estilo no es un adorno sino una esencia. El camino que eligieron es el más riesgoso de la literatura, pues en una obra regida por una voluntad oculta, la menor hinchazón desentona como un rechinido de bisagras en un concierto. La lectura de García Márquez deja siempre un grato sabor de boca por la musicalidad de su prosa, por la precisión de sus adjetivos, por la destreza con que oculta el andamiaje arquitectónico de cada frase y de cada párrafo, pero el lector hechizado por la maestría del lenguaje siente un escalofrío al escuchar una nota falsa como: "La opresión del anochecer ocupó el mundo" (Del amor y otros demonios, p. 79). ¿Por qué no decir simplemente "anocheció", como Juan de Mairena le hubiera recomendado a sus discípulos? Porque en esta frase inocua y redundante, García Márquez quiso evidenciar su voluntad de estilo. El opresivo anochecer no estropea la tersura de su prosa, que fluye como una cascada en el resto de la novela, pero ¿qué pasa con las obras en que el afán de estilizar salta a la vista en todo momento? ¿Cómo distinguir entre la torpe ampulosidad y el barroquismo fértil, que también ha tenido una tradición importante en la lengua española, desde Góngora hasta Lezama Lima?
     Una posible clave para fundamentar opiniones en materia de estilo es observar si el lenguaje se ciñe al cuerpo de la oración, como prescribía Quevedo, o si el autor ha recargado el concepto con palabras huecas y llamativas. Cuando la dicción gana al simplificarse, como en el ejemplo de García Márquez, es obvio que el cuerpo de la oración le quedaba grande. Pero puede haber casos en que la forma no sea un cuerpo holgado o estrecho, sino un centro neurálgico al que el lenguaje no pueda renunciar sin perder su mayor atractivo: el de hacernos contemplar desde un ángulo nuevo los significados habituales de las palabras. Llamar a una rosa "ave de luz con pico de granate" (Sandoval Zapata), o describir "la monotonía de enrollar, entre las corvas, sobre la calzada, la ficción de un deslumbrante riel continuo", para referirse a un paseo en bicicleta (Mallarmé), son pirotecnias verbales que aparentemente colocan la voluntad del poeta en un primer plano de la escritura. Pero más que advertir en ellas un afán de estilizar, el lector las percibe como una sublimación del estilo en la que ha desaparecido cualquier vestigio de voluntad. Para juzgar si un estilo se aproxima a este ideal, o recarga el lenguaje sin iluminar el sentido, los comentadores de libros deberían abstenerse de escrutar intenciones. Valorar los nobles afanes significa abrirle paso a la misma charlatanería conceptual que ha invadido las artes plásticas, y convertir la crítica en una voluntad de crítica. –


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