Concurso de cuento: Caries

Ramón Rigual, artista conceptual, descubre un día que entre sus dientes hay oculta una partitura.
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[En colaboración con Jorge Rangel]

Un día Ramón Rigual encontró partituras en sus dientes. Fue un suceso peculiar pero no extraordinario: Ramón era en esa época un artista conceptual, por lo que estaba habituado a semejantes contratiempos.

Naturalmente, lo primero que hizo fue acudir al dentista. Tras un examen breve, minucioso y rutinario, el dentista declaró:

–Hace años que no veía un caso semejante: tiene usted una dentadura muy discreta y a la vez perfectamente podrida. ¿A que nunca hasta hoy se la ha hecho revisar?

Ramón había dejado de acudir a consultorios como aquel desde los doce años. Cierta ocasión, una auxiliar elogió la buena salud de sus piezas, producto, creía ella, de un pH altamente alcalino en la saliva. A partir de ese momento, Ramón dejó de interesarse en las citas de limpieza anual que su madre programaba.

–¿Gague ugueg ago gue gúguiga? –preguntó cortésmente.

No: el doctor nada sabía de música.

Así que Ramón renunció de inmediato y por segunda ocasión a su salud dental. Salió a la calle, anestesiado, en persecución de la experiencia estética más profunda.

Su próximo paso consistiría en realizar un levantamiento objetivo: trasladar al lenguaje de las artes su percepción peculiar de lo humano y lo trascendente. Se tomó una serie de fotografías digitales abriendo mucho la boca.

 

Lo siguiente, decidió, sería aprender a leer las notas: en un principio había podido reconocerlas; descifrarlas, no. No solo era analfabeta al respecto sino que, desde sus desavenencias con Bobo Lafragua, sentía una pesarosa animadversión hacia todo lo que tuviera qué ver con la música: Bobo era o había sido productor musical, y rebajarse a la altura de un rival le habría parecido a Ramón el colmo de la desgracia.

Bobo y él fueron amigos y colaboradores durante años, e incluso Ramón llegó a hacer un cameo artístico en uno de los múltiples proyectos de juventud emprendidos y dejados siempre a medias por Lafragua. Lo que los divorció agria y definitivamente fue una muy distinta actitud hacia el tópico de la originalidad: Rigual desconfiaba del arte retiniano mas tenía una fe ciega en su propio punto de vista; en su conciencia estética. Lafragua, por el contrario, creía ante todo en la apropiación, el reciclaje y el pastiche. Esta divergencia llegó a su punto culminante la cuarta o quinta vez que Bobo plagió ideas o proyectos de los que su colega había hablado en alguna conversación casual. Ramón reclamó, furioso. Bobo Lafragua, hierático y tabernario como es, respondió parafraseando a su antihéroe cinematográfico favorito:

–Yo soy tu padre, cabrón.

Lo paradójico era, columbraba Ramón, que ahora él se consagraría –estaba seguro: lo que había entre sus muelas era la obra de una vida– precisamente a través del dibujo inconsciente (aunque muy masticado) de una pieza musical. No un plagio sino, como dijera Cai Guo-Qiang: “tomamos prestadas las flechas de nuestros enemigos”. Seguramente, pensó, Bobo Lafragua va a morirse de la envidia (la expresión era metafórica; el deseo de que aquello realmente aconteciera, no).

Tras largos meses de arduo y disciplinado estudio (más de uno de sus vecinos se quejó con la administración u olfateó perrunamente ante la puerta de su departamento en un maltrecho edificio de la colonia Doctores, tratando de identificar si aquella peste provenía de una inclemente cantidad de basura acumulada o de un cuerpo humano en estado de descomposición), Ramón Rigual emergió de sus habitaciones con la joya entre sus dedos: seis pliegos de papel pautado.

Su curador había preparado todo: en una pequeña y exclusiva galería del sur de la ciudad mandó montar –impresas en gran formato sobre acrílico– las fotos de la dentadura de Rigual,

 

así como los pliegos de su partitura. Para rematar la exhibición, contrataron a un par de intérpretes que ejecutarían la breve pieza (minuto y medio escaso) cuarenta veces a lo largo del coctel.

El show habría sido una de las fiestas (valga decir: uno de los eventos culturales) más potentes de aquel otoño en la capital de no ser por un infortunado incidente. Alrededor de la vigésima ocasión en que Caries era interpretada, un irrecusable y joven melómano exclamó entre el público:

–¡Ya sé qué es eso! Es All Fours, de J. Zimmerman.

Como sucede a diario en nuestro país, el escándalo se difundió mucho más rápido y más extensamente de lo que podría aspirar cualquier obra o manifestación artística: Caries, la pieza maestra del creador conceptual Ramón Rigual, no era sino un grupo de asquerosos autorretratos dentales acompañado de un vulgar plagio de la pieza mejor conocida de un músico minimalista neoyorquino, discípulo de Steve Reich. Los cronistas más encarnizados se centraron en dos aspectos del ridículo: las reiteradas defensas de la originalidad que Rigual había vertido durante años en entrevistas, debates y piezas, y que ahora sonaban fraudulentas; y la ignorancia de este artista en materia musical, pues lo que había hurtado, afirmaban, no tenía siquiera la gracia de erigirse como oscura referencia: estaba en iTunes.

Por su parte, Ramón sufría menos el escarnio público que aquello que consideraba una traición de la naturaleza. Si alguien podía estar seguro de que nunca existió la apropiación ilegal de la que se hablaba, ese era él. Y sin embargo, la identidad entre el documento que se había sacado de la boca y la pieza de Zimmerman era absoluta.

Rigual siempre había optado por una instrumentación confrontadora y hasta libertina de sus medios de expresión, pero el concepto básico del arte que yacía en su mente no se diferenciaba mucho de los principios románticos: unicidad, originalidad del creador. Y pura mierda: para confirmarlo bastaba con verse a diario, cada mañana, la dentadura en el espejo. Esa imagen le hechizó lo suficiente como para –de manera sutil y paulatina– empujarlo en brazos de un episodio psicótico.

Una tarde, luego de haber pasado la mañana entera hurgándose la boca frente al espejo con un curette, Ramón Rigual  asaltó el consultorio del dentista que nada sabía de música, secuestró el instrumental quirúrgico, huyó, volvió a su podrido departamento en la Doctores y, tratando de sacarse del cuerpo la posesión supersticiosa de la belleza como una idea fija, se arrancó las piezas dentales una a una. Los policías asignados a indagar su delito lo encontraron varias horas después sobre su cama, cobijado en sangre, vómito y orina. Fue destinado a un hospital psiquiátrico.

Al despertar, Rigual reconoció junto a su cama las facciones de su ex rival, Bobo Lafragua, quien se limitó a decir, acariciándole los cabellos:

–Ah, qué mi compadre tan pendejo.

La historia tiene un epílogo ligeramente menos sombrío: por instrucciones de Bobo Lafragua, el curador Miguel Oriflama recuperó la dispersa dentadura de Rigual y la incorporó al catálogo de la muestra Jardín entero, jardín deslactosado, colectiva de arte mutilante expuesta en el museo Marco de Monterrey.

Hasta esa ciudad voló J. Zimmerman desde Nueva York para conocer los restos de una anécdota que había llegado a él en retazos, equívoca y luminosamente. El montaje no le pareció especialmente significativo. Pero en cuanto exploró detenidamente los fragmentos de dentadura, sintió un estremecimiento. Así lo explica él mismo en una entrevista:

–Pude leer de inmediato la partitura: solo un novato la consideraría poco evidente. Pude leer con claridad, asimismo, que esa partitura no era mía. O al menos, no hasta entonces. La deficiencia del maestro Rigual nunca fue de índole estética sino retórica: transcribió de manera dolorosamente torpe aquello que estaba escrito dentro de su boca. Para mayor desasosiego, la casualidad hizo que su disparatada transcripción resultase idéntica a una de mis obras.

Para reivindicar al artista conceptual mexicano, J. Zimmerman accedió generosamente a realizar la correcta transcripción de la pieza, solicitando como único beneficio para sí la firma coautoral del trabajo. En homenaje a su desdentado interlocutor, le dio a la composición el título de Curette.

La grabación se ha vendido bien. Sobre todo en Estados Unidos. Tanto que, con su parte de las regalías, J. Zimmerman ha podido comprar un costoso presente: la dentadura de Ramón Rigual.

Ahora que se han vuelto parcialmente amigos (nunca hablan: se sientan uno frente al otro por horas), Zimmerman la trajo de regreso, envuelta para regalo. Al principio, Ramón la rechazó: abrió la cajita de madera en que venía y arrojó los fragmentos de hueso sobre la mesa. J. Zimmerman los cogió en un puño y lo imitó: volvió a arrojarlos. Pocos horas después, y desde entonces hasta ahora, ya se habían embarcado en algo que parece ser un juego de dados (y que nos obliga a reunirnos cada tarde en este parque, frente a la mesa de recreo que ellos dos ocupan): apuestan en efectivo, arrojan la antigua boca de Ramón Rigual (ahora tiene una postiza) sobre la mesa y, dependiendo como caigan las caries, uno u otro recoge el dinero del pozo.

Las cifras que leen en las piezas dentales solo son discernibles para ellos dos en el mundo.

 

 

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