Daniel Bell y el futuro

Sobre el legado intelectual de Daniel Bell. 
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Cada vez –lo he hecho en varias ocasiones en los últimos meses– que encargó por internet y para que me sea remitido por correo, un libro que será fotocopiado y encuadernado sólo para mí, pienso en el cabal cumplimiento del pronóstico (palabra y concepto que él prefería al de profecía) de Daniel Bell (1917–2011) sobre el futuro del libro. Lo que Bell llamaba “el autozapato”, es decir, un producto fabricado de manera única y exprofeso para un cliente que lo pide a la medida y a distancia, se ha materializado, como en algunos otros, notabilísimos, de las cosas e ideas que el sociólogo neoyorkino penso y proyectó. Casi nada, por cierto, de lo que es actualmente la producción del libro, nutrido integramente por formas de almacenamiento cibernético, estaba ausente de las proyecciones de Bell.

Naturalmente, este autozapato en forma de libro está en sus comienzos, es una simplona fotocopia encuadernada que no es lo suficientemente barata como para hacernos prescindir sin queja de un verdadero ejemplar. Bell, autor deEl fin de las ideologías (1960), El advenimiento de la sociedad postindustrial (1973) y de Las contradicciones culturales del capitalismo (1976), amaba los viejos libros, los defendió como la esencia de lo humano, pero habiendo sido uno de los pocos que vieron claro hacia donde nos llevaba la era informática, no debió hacerle el feo a los libros electrónicos ni a los ipods ni a los ipads.

Bell se dedicó íntegramente, insisto, al problema de lo verdaderamente nuevo y a la polémica contra la persistente novedad del apocalipticismo totalitario. A diferencia de muchos de sus camaradas –la mayoría judíos como él– agrupados en torno a ese mundo conocido genéricamente como el de los “the New York Intellectuals”, Bell siempre fue, dentro de aquella izquierda, un moderado, orgulloso de ser un menchevique, es decir, alguien que, estando en minoría, casi siempre opta por el mal menor. Como polemista antibolchevique, es decir, como crítico intransigente del comunismo soviético en sus variantes ortodoxas y heterodoxas, rusas o europeas, Bell fue uno de los más convincentes y creativos.

En ello, sin embargo y por fortuna, no fue el único. En lo que Bell si resultó ser casi el único fue en sus aproximaciones a uno de los gran misterios de la historia, sólo atisbado antes por Joseph Schumpeter, el de por qué el capitalismo es el único sistema que propicia, premia, tolera y padece la crítica permanente y desleal, necesaria y destructiva, de sus intelectuales. Contra lo que pensaban Gramsci y otros marxistas, en condiciones liberales y democráticas (que no van juntas ni pegadas, nos advertía Bell), el capitalismo es avaro en la confección de intelectuales orgánicos dispuestos a defenderlo con la persistencia o la ignominia tan común en el viejo absolutismo o en los modernos estados totalitarios. Bell descartaba la explicación conspiratoria, holística y en el fondo archiprocapitalista, que afirma que esa oposición de los intelectuales es fingida, una artimaña maestra diseñada para engañar a la opinión pública (o al pueblo o al proletariado) y perpetuar la dominación y la servidumbre.

No, decía Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo, el odio del modernismo y de la vanguardia contra la burguesía ha sido sincero y letal tanto como lo fue el aborrecimiento que los burgueses sentían por los artistas radicales y los bohemios inmoralistas. Tan es así que el siglo XX vió morir a muchísimos intelectuales, atrincherados en el fascismo y en el comunismo, combatiendo decidamente a la sociedad liberal, democrática, capitalista.

No recurre Bell a teorías psicológicas como aquella que habla, quizá con razón, del autodesprecio sentido por los letrados. Tampoco ofrece una solución “científica” al asunto. En Las contradicciones culturales del capitalismo –que es también una lección de crítica literaria aplicada– habla, precisamente, de una contradicción inherente al capitalismo, entre su extrema racionalidad económica y el irracionalismo de sus intelectuales. La sociedad contemporánea, advierte Bell, no puede entenderse como una novela de Dickens en que todo se conecta gracias, tautológicamente, a la totalidad. Estudiando, sobre todo, a los Estados Unidos en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, Bell denunció el irracionalismo de la contracultura y su creencia de que toda experiencia es arte. Pero pese a no ocultar sus preferencias estéticas conservadoras y su preocupación por la sacralidad en extinción, Bell, a diferencia de otros amigos suyos que hicieron el viaje completo del marxismo al neoconservadurismo, nunca abandonó la noción liberal de los órdenes autonómos: el prejuicio ideológico, como el religioso, debe limitarse a la esfera privada y nunca  ha de aventurarse como norma colectiva. El modernismo, ese tipo de arte capaz de destruir la mímesis aristotélica, debía frenar su osadía y no creer que su culto por lo absurdo, la alucinación y lo demoníaco deberían convertirse, del todo, en educación pública. Ese mundo de las vanguardias que según aquella puntada tan inquietante de Virginia Woolf se inició, más o menos, en diciembre de 1910, es también una época histórica que finalizó sin haberse dado el  gusto del apocalipsis.

Alcanzó a vivir Bell más de noventa años en plena lucidez. Le tocó ver deshacerse por completo, en 1989, a las contradicciones culturales del marxismo, alcanzó a ver al modernismo puesto en la picota por los profesores postmodernistas, ajustó sus pronósticos sobre la edad de la información ante el nuevo imperio de la fibra óptica. Quedaban vigentes, insistió, muchas de las contradicciones modernas. Con  su muerte, ocurrida en febrero en Cambridge, Massachusetts, se acaba, figuradamente, algo del futuro. Miro lo que acabo de escribir y estoy tentado a borrarlo: Daniel Bell justamente, nos previno a los intelectuales de nuestra tendencia a decir y firmar frases apocalípticas, que regularmente son un comienzo inapropiado y un pésimo final.