De Gallegos a Dudamel

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El primer presidente civil que tuvo Venezuela en el siglo XX fue elegido en comicios universales, directos y secretos efectuados en 1948. Fueron los primeros en toda nuestra historia como nación independiente. El elegido fue un antiguo maestro de escuela, el novelista Rómulo Gallegos. Nueve meses más tarde Gallegos fue derrocado por un golpe militar.

El derrocamiento y exilio de Gallegos –parte importante del cual transcurrió en México– siguió a un prolongado pulso entre jóvenes coroneles de la época y el ya más que maduro autor de Doña Bárbara. Los coroneles habían sido aliados del partido de gobierno, la incipiente y socialdemócrata “Acción Democrática”, ad, fundada en 1941 por Rómulo Betancourt. Juntos habían derrocado en 1945 al conservador general Medina Angarita.

Una de las primeras provisiones tomadas por la junta cívico-militar que se instauró entonces fue llamar en breve plazo a elecciones generales para designar un congreso constituyente en el que estuvieran representados todos los partidos políticos, incluido el comunista. La transmisión radial de las sesiones del congreso constituyente del 47 compitió en popularidad con las emisiones de la radionovela El derecho de nacer. La constitución redactada entonces refrendaba el mismo sufragio universal que, por decreto de la junta cívico-militar, la había hecho posible.

Los actos protocolares de la toma de posesión de Gallegos, en febrero del 48, tuvieron el doble cariz de fiesta popular y apoteosis intelectual. Un extraordinario festival folclórico, organizado por el poeta Juan Liscano, mostró por primera vez a una sorprendida Caracas las manifestaciones populares de todas las regiones de un país hasta entonces descoyuntado, desconocido de sí mismo. “La Fiesta de la Tradición”, que así se llamó el festival, fue para todos, según el ensayista venezolano Mariano Picón Salas, “el descubrimiento espiritual de Venezuela”.

Decenas de intelectuales y artistas provenientes de treinta países se dieron cita en Caracas para la ocasión. El poeta Archibald MacLeish, amigo personal de Gallegos, encabezó la delegación oficial estadounidense. Una exposición de pintura moderna juntó a Amelia Peláez, de Cuba, con nuestro Armando Reverón. Con todo ello Gallegos buscaba subrayar el fin de la era de los gamonales y los cuartelazos y exaltar valores de civilidad y cultura. “No hemos salido de la tutela de broncos guerreros para vivir bajo el predominio de una casta militar privilegiada”, advertía en su discurso inaugural. Por un día, al menos, doña Bárbara pareció haber sido al fin vencida.

Pero ahora, en noviembre de 1948, los antiguos socios militares de ad resentían la sujeción al mundo civil, consagrada en la constitución, y procurada escrupulosamente por Gallegos desde el primer día. En consecuencia, emplazaron a Gallegos a permanecer como figurón en la presidencia, distanciarse de Betancourt y su partido, y dejarles a ellos las tareas de gobierno. Gallegos optó por poner a los coroneles ante un dilema: o gobierno civil o derrocamiento. Al negarse Gallegos rotundamente a ser un Bordaberry avant la lettre, los coroneles le cantaron el tercer strike.

Muchísimos venezolanos pensaron en aquel momento, y quizá lo sigan pensando, que Gallegos había sido un tonto, que nada le habría costado entenderse con los militares y permanecer en el cargo. Quizás ese modo de pensar fuera resabio de una historia política que, solamente en los primeros cien años como nación independiente, nos dio veintidós constituciones y más de ciento veinte pronunciamientos militares. Y muchísimos peleles civiles de caudillos y espadones.

Con todo, aquellos pocos meses bastaron para fundar una tradición moderna venezolana que pudo resistir diez años de feroz dictadura militar. Esa tradición hizo indistinguibles la democracia política de la pluralidad cultural. Y a pesar de los accidentes políticos venezolanos del resto del siglo XX, la pluralidad y la libertad de creación llegaron a ser, una vez restituida la democracia en 1958, un atributo inconfundible de la misma. Hasta el día en que llegó el comandante y mandó a parar.

 

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Diez años de dicterios contra la “república oligárquica” no han podido disminuir la mayoritaria convicción venezolana de que uno de los logros mayores de esa imperfecta democracia fue el desarrollo oportuno de políticas de Estado para el fomento de la cultura y la creación que no entrañaban ni dirigismo político partidista ni cortapisas ideológicas.

Así, junto a obras de infraestructura tan notables como el complejo cultural del Teatro Teresa Carreño o la nueva sede de la Biblioteca Nacional, pueden contarse iniciativas que, aun partiendo del Estado, no fueron perturbadas por la intolerancia ni el revanchismo que cabía esperar de un sistema representativo que derrotó en toda la línea a las insurgencias de la izquierda alentadas desde Cuba en los años sesenta.

La creación de editoriales estatales que, como Monte Ávila, incluyeron desde siempre en su catálogo a novelistas, poetas, ensayistas y académicos de filiación marxista de todo el continente y crearon el clima que, ya en los años setenta, hizo posible que a Ángel Rama, exilado en Caracas y quien, según se lee en su cascarrabias diario del exilio, renegaba de lo que entendía meramente como una “democracia formal”, fachada de intereses burgueses e imperiales de las compañías petroleras, le fuera encomendada la creación de la muy prestigiosa Colección Ayacucho.

Una anécdota cinematográfica dará mejor cuenta del clima plural de aquel entonces. La política de subsidio al cine nacional comenzó durante el primer mandato del presidente Carlos Andrés Pérez (1974-1979) y llevó a la pantalla una muy laureada versión de País portátil, la novela del venezolano Adriano González León que en 1968 obtuvo el premio Biblioteca Breve de Seix Barral.

País portátil narra un día en la vida de un guerrillero urbano caraqueño. Fue el primero de una larga serie de abnegados y sufrientes guerrilleros guevaristas que, aun rendidos en la vida real, cobraron tanta vida en el cine nacional, vindicando sus ideas y denunciando violaciones a los derechos humanos, que el mismísimo Rómulo Betancourt, fervoroso cinéfilo ya apartado del poder, al pedírsele un comentario sobre País portátil, the movie, se quejó en la prensa de que fueran los derrotados quienes contaran la historia de la exitosa lucha antisubversiva dirigida por él durante su mandato.

Ni siquiera el despechado reclamo del llamado “Padre de la Democracia” modificó la política de créditos cinematográficos. Puede añadirse que, gracias a ella, la guerrilla castrista ganaba donde ya no podía hacer daño: en el cine. Y en el cine venezolano, que, a decir verdad…

 

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Traigo ahora dos nostalgias: una lo es del magnífico ciclo cumplido durante veinte años por el Festival Internacional de Teatro de Caracas, precursor y luego hermano mellizo del de Bogotá, y hoy eliminado por completo de los planes culturales del gobierno bolivariano.

La otra nostalgia remite al que quizás haya sido el mejor triunfo de la pluralidad entre nosotros: la creación, por decreto del presidente Leoni, del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”.

La nómina de ganadores es ya larga, y se lee como un libro de superlativos de la novela contemporánea en nuestra lengua: Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Fernando del Paso, Javier Marías, Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, Ángeles Mastretta, Fernando Vallejo. Hoy, merced a la conformación de jurados afectos al régimen chavista, el premio va camino de ser una prolongación, aún más decadente, del Casa de las Américas.

No hay venezolano culto que no sepa de memoria el célebre “introito” del primer poema de Los cuadernos del destierro (1960), libro inaugural del poeta Rafael Cadenas, concebido en los años cincuenta durante un exilio político en Trinidad: “Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes y aptos para enloquecer de amor.”

Cadenas (Barquisimeto, 1930) ha sido distinguido este año con el Premio fil de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Con ello ingresa a un índice en que descuellan Juan José Arreola, Eliseo Diego, Nélida Piñón, Nicanor Parra, Juan Marsé, Carlos Monsiváis, Tomás Segovia, Julio Ramón Ribeyro, Cintio Vitier, Rubem Fonseca…

Sin embargo, esta distinción no ha merecido acuse de recibo por parte de las autoridades culturales del país. Cadenas, en tanto que adversario político, no existe como poeta. Así, páginas web oficialistas no le han ahorrado a Cadenas toda clase de ofensas y vilipendios. Cosas igualmente infames ocurrieron cuando otro poeta venezolano, Eugenio Montejo, fallecido el año pasado, recibió en 2004 el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo.

 

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Esta entrega iba a ser un memorial de los desafueros del chavismo contra la libertad de creación. Justo al sentarme a escribirla, llegó la noticia del resonante estreno del joven e indiscutible Gustavo Dudamel como director de la Filarmónica de Los Ángeles. Dudamel, según propia declaración, es hechura del programa cultural más exitoso que tuvo alguna vez la democracia en Venezuela: el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles. La buena nueva me dictó otra estrategia y preferí dar cuenta de todo, o casi todo, lo perdido.

Perdonen la tristeza. ~