Foto: Nuria Lagarde

Dicen. Un probable plagio

Yo quería escribir sobre esa ciudad, sobre las rondas y las jacarandas y los palacios. Quería recorrer callejones y meterme a las iglesias; sentir los olores, saborear el deseo. Quería poner la mano sobre la piedra y sentir que soy una parte viva de este, aún, dolorosamente hermoso lugar
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Estos días de retorno a la normalidad después del ciclo santo me han dejado abatido por un mar de trámites fracasados. El inmenso placer de recorrer la ciudad vacía como quien redescubre el cuerpo de una amante soñada dio paso a que caracterizara al personaje principal de La muerte de un burócrata.  De ventanilla en ventanilla, de supervisor en supervisor, fui reducido a sangre y hueso por gente cuya principal misión en la vida es decirte que no. ¿Y por qué? Porque te falta un sello, porque tu acta tiene un tachón, porque primero hay que pagar en Tesorería, porque lo dice el reglamento que nadie nunca te enseña. Pero la verdad es que la única y sencilla razón es que no y no y no. Y se ofenden si se señala la amarga ironía de que no te permitan cumplir con tus obligaciones y darles tu granito de dinero para contribuir a que haya escuelas y caminos y drenaje. Para que esta ciudad vuelva a ser "la ciudad que fue del canto" .

Yo quería escribir sobre esa ciudad, sobre las rondas y las jacarandas y los palacios. Quería recorrer callejones y meterme a las iglesias; sentir los olores, saborear el deseo. Ya me imaginaba como Durrell imaginándose a Kavafis en Alejandría; ya me figuraba como Nabokov describiendo la trágica belleza de Berlín. Me quería acordar de los primeros besos y del lugar donde me partieron el corazón en ciento setenta y dos mil pedazos; quería poner la mano sobre la piedra y sentir que soy una parte viva de este -aún- dolorosamente hermoso lugar. Pero estoy seco, no me sale nada. Lo poco que me sale me sale en versos que sólo le pueden interesar a una persona -y eso si tengo suerte.

No obstante quería subir algo a la bitácora aunque fuera para demostrarme a mí mismo que existo; esto es, a pesar de la insuficiencia de tantas fotocopias de tantos documentos que prueban mi identidad -y es que al final de la semana ya me andaba paseando entre dependencias hasta con mi fe de bautizo y unos bucles que mi madre conserva desde hace treinta y un años. De tal modo que me puse a buscar en mis archivos algún texto que pudiera subir.  Encontré uno que no tengo memoria de haber escrito. Es más, estoy completamente seguro que no lo escribí yo. Tampoco recuerdo quién lo escribió. ¿O lo escribí yo? No, creo que no. Al menos que les encante entonces tal vez sí que lo escribí yo. Aunque lo negaría rotundamente. Si alguien lo reconoce como suyo por favor no se ofendan y acéptenlo como un halagador semi-plagio ocasional. Pueden pasar por él a la subdirección de devoluciones de la oficina central, de lunes a viernes entre 9 a.m. y 3 p.m. con los documentos pertinentes que prueben su autoría:

Dicen

Dicen que llegué a las doce en punto, ni un minuto más ni uno menos. Dicen que la ventana ondeaba su muselina transparente porque hacía calor, porque el aire era denso y húmedo, como de mitad de julio. Dicen que no hice casi ruido, como habíamos quedado, y que nadie vio como trepaba con dificultad la enredadera, el poste, varios cables y la cornisa frente a la ventana. Dijiste que estaba facilito, que era como quitarle un dulce a un niño; que qué eran cinco metros para consumar nuestro amor. Yo más bien los vi como veinte, pero dejé de pensar en ello, perdido en la promesa de ventana y de cortinas y de lo que me esperaba atrás de ellas.
Dicen que empujé un poco la herrería, casi nada, y que se oyó el rechinido de un ratón lejano. Yo escuché el rugir de mil leones; por eso me quede callado, esperando que pasara el estruendo, con los pies colgando hacia el vacío; inmóvil esperando con los ojos entreabiertos para ver si aparecían algunos pasos o algunas voces que acusaran mi presencia. Pasaron diez segundos. Fue entonces que me decidí; di el salto hacia la habitación y esperé que se cumplieran mis deseos.
Dicen que mi sombra heroica emergió por entre cortinas y herrería, como si me hubieran escupido las entrañas de la noche. Iba dispuesto a comerte. Dijiste que llegara a media noche; que estarías esperando en camisón de seda y tacones de peluche, que querías que te los quitara lento, como en las películas, con música de fondo y luces de color pastel.
Poco pude ver en la penumbra de ese cuarto, pero estoy seguro que no reconocí, por ninguna parte, tu silueta. En su lugar me recibió un hombre. Me miró y lo miré, él con miedo, yo sin entender. Dicen que no fue más que un segundo; que yo creo que fue una hora porque estaba entre tinieblas. Mientras me molían a golpes, alcance a recordar los choclos negros que pendían del alambre frente a otra ventana, seguramente la correcta, unas cuantas cuadras abajo, en la misma calle. Pensé también, en los zapatos rojos que había tomado como la señal correcta al encuentro, los que ondeaban frente a la ventana abierta que escalé, en esta noche de mitad de julio, esperando encontrarte. Dicen que ya en el suelo, solo alcanzaba a  repetir “que puta noche para equivocarse de zapatos”.
Dicen que no pronuncié palabra camino al Ministerio Público, ni cuando me leyeron los cargos por allanamiento de morada. Dicen que me van a dejar salir hasta mañana; que le hable a un abogado, que ya deje de pensar en muselinas y en encajes y en caderas y que haga mi llamada de rigor. Dicen que unos zapatos, nocturnos y masculinos, siguen ahí, colgados del alambre frente a otra casa, la tuya, esperando a que pase yo por ti a recogerte. Digo yo que no podré ir esta noche.

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Por cierto, también dicen que cuando tenga todos mis documentos en regla ya no necesito hacer cita, que pase directamente con la licenciada.