El abogado de la literatura

Un recuerdo del recién fallecido crítico alemán Marcel Reich-Ranicki
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Marcel Reich-Ranicki puede ser definido como el último de los grandes críticos literarios o como el único de los críticos literarios del siglo diecinueve sobreviviente en el siglo veintiuno. A través de la prensa y en la televisión, Reich-Ranicki, judío polaco nacido en 1920 y fallecido el día de ayer, 18 de septiembre, se ha servido de los instrumentos de nuestra época para seguir dando, desde la vieja crítica, la batalla por la literatura. Se ha dicho, humorísticamente, que su dominio sobre la escena literaria alemana se asemeja a un reinado del terror en el cual aun los alemanes que no leen o que leen muy poco saben perfectamente quién es Reich-Ranicki. No sé si volverá a haber un crítico que pueda presumir de semejante influencia.

Tras la publicación, en lengua española, de Thomas Mann y los suyos (1987), Mi vida (2000) y Siete precursores. Escritores del siglo xx (2003), en 2006 apareció Los abogados de la literatura (Galaxia Gutenberg/ Círculo de lectores, Barcelona), que quizá sea el más personal de los libros de Reich-Ranicki, pues es algo más que una autobiografía: es la obra dedicada a su única, a su verdadera familia: la crítica literaria alemana.

Leer Los abogados de la literatura es, en buena medida, una experiencia frustrante. La gran mayoría de los críticos retratados no han sido traducidos del alemán y nunca lo serán porque fueron, además, críticos de teatro, lo cual dificulta aún más una apreciación que solo permite constatar que, a diferencia de lo ocurrido en otras culturas contemporáneas, en la Alemania de Reich-Ranicki el teatro siguió siendo parte esencial del reino de la literatura.

Sería imposible, en cualquier caso, imaginar, en Londres, en Nueva York o en París, a un crítico con la autoridad que se ejerce en Los abogados de la literatura. Asombra el espíritu de cuerpo que anima al libro: la convicción de que la historia de la crítica alemana es la historia de su literatura y que una y otra caben en el puño o en la mano abierta de Reich-Ranicki. No le interesan mucho al crítico las otras literaturas: a Shakespeare lo tiene por un espíritu germánico y solo se pone en estado de alerta cuando la influencias de Shaw o de Beckett se han tornado angustiosas o nocivas para el teatro nacional alemán.

Reich-Ranicki suele poner en entredicho a las reputaciones manidas. En Siete precursores decía que la obra de Robert Musil es solo la ruina de un proyecto y que Kafka, para quien realmente lo quiera comprobar en sus cartas de amor y de no-amor, era un vanidoso y letal manipulador de mujeres. En Los abogados de la literatura, el crítico afirma que Walter Benjamin, “autor de algunos de los ensayos más bellos de la primera mitad del siglo XX” fue, como crítico literario, una nulidad y como perseguido político, un personaje dudoso. Reseñaba rutinariamente, por motivos estrictamente pecuniarios y aquello de que quería ser “el primer crítico de Alemania”, como le confió Benjamin a Gershom Scholem en una célebre carta, no fue sino una fanfarronada. Reich-Ranicki dice que salvo en el caso de Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin, Benjamin jamás se ocupó de ninguna de las obras maestras alemanas aparecidas en los años de su ejercicio como reseñista, en los que dejó pasar alegremente y sin comentario alguno a Hermann Hesse, Joseph Roth, Anna Seghers, Karl Tucholsky, Musil, Arnold Zweig, los hermanos Mann o Franz Werfel, entre otros. En 1933, dice Reich-Ranicki, Benjamin se fue de Alemania menos por temor a los nazis que porque nadie lo publicaba y los artículos que enviaba desde el extranjero eran inocuos, propios de un hombre reservado y secreto, de un hermeneuta, pero no de un crítico con carácter. Y la muerte de Benjamin en Port-Bou, una de las escenas más dramatizadas en la historia intelectual del siglo pasado, no parece impresionar a Reich-Ranicki, él mismo sobreviviente del gueto de Varsovia.

No en todos los casos, debe decirse, el procedimiento de Reich-Ranicki parece del todo inmaculado, como ocurre con Ernst Jünger, a quien nunca había querido mencionar aduciendo la sentencia dictada por Mann en el hundimiento del hitlerismo: ni hablando la lengua del paraíso se libraría Jünger del cargo de haber compartido la mesa con los asesinos. Sirviéndose de las opiniones del historiador Golo Mann (1909-1994), el hijo sobreviviente de Thomas, el crítico se refiere a Jünger por interpósita persona, como una suerte de estatua parlante que no le habla al lector sino que le da órdenes.

El poeta Heinrich Heine ocupa un lugar muy cercano al corazón de Reich-Ranicki como el escritor judío que hace suyo el espíritu de la literatura alemana, porque al haber nacido siervo, ama más la libertad y porque, condenado a la puerta cerrada del gueto, no le basta como patria la ciudad o la provincia, sino la lengua y su inmenso mundo. Y es a Heine a quien pertenece una de las definiciones del crítico que a Marcel Reich-Ranicki más le gustan, fidelísima a su noción del crítico como desdichado árbitro supremo: “Los críticos son como los lacayos apostados a las puertas de la sala de baile de una corte: pueden rechazar a las personas no autorizadas y dejar pasar a las otras, pero ellos mismos, los porteros, no tienen derecho a entrar”.

 

Una versión de este texto apareció en el periódico Reforma, el 6 de mayo de 2007. 

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