El ataque de los clones

En mitad de una campaña electoral aburridísima, las manifestaciones de los "indignados" han acaparado el interés informativo. Este revival de mayo del 68 demuestra que la ocupación del espacio público no garantiza que las ideas sean buenas.
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La campaña electoral es mortalmente aburrida. No hace falta escuchar a los candidatos ni leer los programas electorales: basta con escuchar las tonadillas musicales de los anuncios de los partidos para darse cuenta. No creo que estos días de mítines caros e insulsos entusiasmen a nadie que no milite muy dogmáticamente. A los gobiernos locales y autonómicos les quedan muchos años de austeridad y, como no se van a atrever, por el momento, a cambiar el modelo institucional que debería estar basado de una vez por todas en la transparencia, vienen tiempos de daelpeguismo, fingiendo una gestión que no puede llevarse a cabo.

Así que en la campaña hay poquísima ideas, más allá del "quítate tú para ponerme yo".

Muchos de los candidatos se niegan a participar en debates públicos. Juan Alberto Belloch, alcalde de mi ciudad, Zaragoza, por el PSOE, dijo que no quería ir a los debates porque tendría que discutir con quienes tras las elecciones, según presumía, tendrá que negociar para alcanzar la mayoría.

Paralizados por el aburrimiento y por la escasa flexibilidad de los candidatos, los medios han visto en las manifestaciones de “indignados” una manera de calentar un poco el ambiente electoral y de llenar espacios con olor a naftalina con colorines y rostros juveniles.

La BBC, esa cadena que entiende el mundo como si fuera uno de sus afamados documentales de animales, ha comparado las manifestaciones españolas con las de Egipto. Y creo, por lo que he visto, oído y leído, que a los manifestantes les habrá encantado la comparación. Luis –lo leo en la edición digital de Público, pero podría anotar muchos otros comentarios idénticos–, se siente en la España actual como en una dictadura.

Es como en el 68. Las cosas interesantes estaban sucediendo en Praga, donde la democracia real trataba de abrirse paso ante los tanques soviéticos, sin lograrlo, claro, pero para el mundo mundial las cosas estaban sucediendo en París, donde muchos manifestantes portaban enormes fotografías de Mao y de Pol Pot, grandes líderes democráticos de entonces.

La negociación de la "Ley Sinde" con una fantasmal "asociación de internautas", avalada insólitamente por Álex de la Iglesia, ha dado alas a quienes piensan que la democracia tiene que desarrollarse fuera de los cauces habituales (partidos, elecciones, parlamentos…) y funcionar según sus propias reglas, que, cómo no, son fetén. La ocupación del espacio público no garantiza la bondad de las ideas, que son esencialmente eslóganes vacíos, del tipo: menos policía más filosofía.


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