El caso “K”

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Este volumen, publicado en castellano tan sólo seis meses después de su aparición en Alemania, ha sido presentado internacionalmente como el primer tomo de lo que será la “biografía definitiva” de Kafka. Quizá parezca pretencioso calificarla con semejante rotundidad, pues nos inclinamos a pensar que de Kafka sabemos ya todo cuanto puede saberse: en lo que se refiere al estudio de sus obras, la bibliografía es inmensa, mientras que en lo relativo a su persona contamos con varias monografías harto asequibles como, sin ir más lejos, la célebre de Klaus Wagenbach: Kafka. Una biografía. Por lo demás, quien conozca los Diarios y las Cartas a Felice obtendrá una idea de cómo era y sentía Kafka que quizá le haga innecesaria cualquier interpretación secundaria, aunque el lúcido ensayo de Elias Canetti: “El otro proceso de Kafka” (en La conciencia de las palabras) será sin duda una excepción. Ahora bien, aunque Reiner Stach aporte en definitiva escasas novedades, usa muy bien los datos conocidos, los ordena y, principalmente, es capaz de ensamblarlos y confeccionar con todos ellos una estupenda narración, así como de recrear un ambiente con maestría.
     Stach, que ha consagrado más de 25 años al estudio de Kafka, se atiene al principio de guardar rigurosa fidelidad a los testimonios y documentos dignos de crédito; ni inventa ni especula con el afán de rellenar lagunas, y tampoco aventura nunca una suposición si no existen suficientes indicios creíbles que puedan sostenerla. El motivo de comenzar la narración de la corta vida de Kafka por el periodo comprendido entre 1910 y 1915 es que se trata de la época mejor documentada. Precisamente, de mediados de mayo de 1910 datan las primeras anotaciones de los Diarios que hoy conocemos: más de 1500 páginas manuscritas. Por otra parte, en 1912 Kafka inició su relación con Felice Bauer, fruto de la cual se conservan alrededor de quinientas cartas del escritor. El segundo tomo se ocupará de otro periodo que también se halla documentado con suficiencia: los años de 1916 a 1924, época de la relación de Kafka con Milena Jesenská, así como de su enfermedad y muerte prematura. El tercer volumen estará dedicado a la infancia y juventud de Kafka; será el último, debido a que Stach tendrá que esperar a que el legado de Max Brod, aún sellado, sea accesible a los especialistas. El proyecto de esta colosal biografía culminará a finales de la presente década. Con su conclusión se habrá logrado presentar al público “todos” los datos y los testimonios que existen sobre la vida de Kafka; sólo entonces podrá ser considerada “obra definitiva”.
     Los años de las decisiones se centra, pues, en el periodo más creativo de la vida de Kafka: desde sus 27 a sus 31 años, cuando escribe La condena, La metamorfosis, El desaparecido, El proceso y En la colonia penitenciaria. Es también la época del tortuoso noviazgo, el primer compromiso matrimonial y la primera ruptura con Felice, la joven judía berlinesa con la que mantuvo una singular relación amorosa que inspiró una de las correspondencias epistolares más célebres de la historia de la literatura. Pero también se trata de un periodo decisivo para Kafka desde el punto de vista existencial, pues el escritor vio entonces con claridad cuáles eran sus verdaderos anhelos y hasta dónde alcanzaban sus limitaciones.
     Así, desde las primeras páginas, el lector se hallará situado en el mismo centro de la ciudad de Praga, inmerso en el año 1910 y en mitad de la vida de un joven soltero, doctor en derecho y funcionario del Estado habsbúrguico que vive todavía en casa de sus padres, junto a sus hermanas, ocupando una pequeña habitación “en la que se concentra el ruido de toda la casa”. Un hombre larguirucho y frágil, vegetariano y un tanto “neurasténico”, que detesta su trabajo en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo y cuyo único anhelo es en realidad permanecer a solas, rodeado de perpetuo silencio, para dedicarse a escribir. La reducida sociedad de judíos pequeñoburgueses acomodados de lengua alemana de la vetusta capital de Bohemia conforma su hábitat natural. Unos cuantos amigos que, como él, aman la literatura lo rodean y comparten su ambiente provinciano: de entre éstos, Max Brod es el más íntimo, y Franz Werfel el más mundano y despabilado del grupo. Ambos gozaban de cierto éxito como escritores.
     Al parecer, según asegura su biógrafo, Kafka habría emborronado hasta 1910 “miles de manuscritos”, plagados de esbozos y proyectos literarios abortados, pero que finalmente destruyó por considerarlos inútiles. De aquel holocausto habría salvado algunas de las breves prosas que, a instancias de Brod, reunió bajo el nombre de Contemplación y que la editorial Ernst Rowohlt, de Leipzig, publicaría en una célebre colección de jóvenes autores de vanguardia. Sería la primera publicación de Kafka, de extraña exquisitez y aún algo distante de las obras posteriores. Precisamente, revisando los escasos textos que incluiría en aquel volumen, en casa de la familia de Brod, el 13 de agosto de 1911, Kafka conoció a Felice Bauer. Sólo se vieron esa tarde-noche y, medio en broma, quedaron en preparar juntos un posible viaje a Palestina. Dos días después, Kafka anotó en su diario: “He pensado mucho en —qué apuro me da escribir nombres— F. B.”. Un mes más tarde le escribió la primera carta; la relación entre ambos duraría hasta 1917.
     Fue inmediatamente después de haber enviado la primera carta a Felice cuando Kafka experimentó uno de esos estados excepcionales de gloria creativa que alguna vez suelen acontecer en la vida de los artistas: en la noche del 22 al 23 de septiembre escribió de un tirón “La condena”. Todo el universo kafkiano estaba presente en ese relato que versaba sobre una relación episódica entre un padre, un hijo y una novia lejana. En esa historia, que termina bruscamente en catástrofe, se hallaban ya las coordenadas básicas de las narraciones posteriores: esa instancia paterna omnipotente y “sucia”, las estructuras jurídicas invisibles que se superponen a lo cotidiano, la lógica onírica de la acción y el torbellino del flujo narrativo, siempre contrario a las expectativas y esperanzas del héroe.
     Ahora bien, a la larga, la relación con Felice, que parece haber sido el elemento energético e inspirador de la explosión creativa de Kafka, se convertirá también en un revulsivo que le hará plantearse el sentido entero de su existencia precisamente como una lucha contra esas instancias omnipotentes e invisibles que se ciernen sobre él sin piedad, y de las que debe liberarse si no desea sucumbir. Es posible que Kafka se obligase a iniciar la relación con la joven de Berlín, de naturaleza tan diferente a la suya, en parte porque estaba ansioso de amor, pero también porque era una manera de probarse que podía desempeñar el papel que la sociedad exigía de cualquier ciudadano adulto y responsable: fundar un hogar propio y engendrar hijos.
     Desde el principio observará el lector que la relación se verá condenada al fracaso, y ello a pesar de que los “novios” se esfuerzan por impedir el naufragio. Felice era una mujer desenvuelta, habituada a la gran ciudad; además, algo raro en su tiempo, trabajaba como empleada de rango en una empresa comercial de máquinas de escribir. Tenía 25 años, pero con su sueldo sostenía prácticamente a sus padres y hermanas. Leía libros de moda tan sólo como una manera de entretenerse y no comprendería nunca ese anhelo literario obsesivo de Kafka. ¿Por qué había que despreciar un trabajo bien remunerado, una vida “normal” por una mera afición, la literatura?
     Stach es el primer estudioso que ha indagado en la vida de Felice —de quien no se ha conservado ninguna carta, pues Kafka las destruyó todas— y ha otorgado relieve y personalidad a un ser que durante mucho tiempo fue únicamente un nombre carente de voz. Así, ha descubierto las difíciles circunstancias familiares que rodeaban a la joven: una hermana con un hijo ilegítimo a la que ella debió alimentar por su cuenta; un padre que había abandonado el hogar y que, tras morir su amante, regresó y fue perdonado; un hermano estafador… Todo ello ignorado por Kafka. Sólo este aspecto serviría para situar el libro de Stach por delante de las demás biografías.
     Conforme avanza la correspondencia, que ocupa la práctica totalidad del volumen, y que Stach desmenuza como si se tratara de las pesquisas de un caso policial —resolver el enigma de la rara personalidad del acusado y acosado Kafka—, aparece con mayor claridad aquello que éste desea de verdad: dedicarse por entero al oficio de “escribir”. “Todo yo soy literatura”, le escribirá a Felice; y también: “La escritura es la inclinación más fecunda de mi ser”, “si no escribiera, yacería en el suelo, digno de ser barrido”. Con inusitado deleite se imaginaba que sería feliz habitando en un sótano, aislado y lejos de cualquier ruido o molestia, armado de papel y pluma, dedicando todas las horas del día y de la noche a escribir; a su futura esposa tan sólo la requeriría para que le llevase de vez en cuando la comida: así se imaginaba su vida en común con Felice. Naturalmente, el deseo sexual quedaba excluido de semejante relación.
     De los años 1912 a 1914 datan las mejores obras de Kafka. El escritor dedicaba a su elaboración preciosas horas nocturnas que robaba al sueño; a cambio, olvidaba el ajetreo del mundo y experimentaba una especie de enervante beatitud. Con paciencia infinita, trabajó sin cesar en El desaparecido (América), concluyó La metamorfosis, trabajó como un poseso en la obra maestra incompleta que es El proceso y, finalmente, terminó En la colonia penitenciaria.
     Stach huye de proponer interpretaciones minuciosas de las obras de Kafka, tan paradójicas e infinitas, a la manera de los sueños y las pesadillas, si bien sus ocasionales apreciaciones al respecto resultan esenciales para orientar a los lectores en el laberinto de unas composiciones que tan a menudo se leen ingenuamente, como simples relatos fantásticos e incluso de “terror”. Deja claro que adentrarse en éstos exige una predisposición hacia lo simbólico, hacia esas “formas puras” en las que Kafka —oculto como trasunto de sí mismo tras la ominosa “K.”— se esforzó por representar aquello que lo inquietaba.
     Al final del volumen, avanzado ya el año 1914, tras la ruptura del compromiso de matrimonio con Felice, Stach revela una determinación crucial que, al parecer, Kafka habría tomado ya en esos años decisivos: el abandono definitivo de su trabajo en la Aseguradora de Accidentes, dejar Praga y emprender una nueva vida en Berlín como escritor independiente. Lamentablemente, tal propósito sería truncado in nuce por el estallido de la Primera Guerra Mundial.
     Sobre la catástrofe europea apenas quedaron testimonios escritos de Kafka. Stach suple ese vacío con la narración de hechos generales y atinadas apreciaciones en torno al estallido de la Gran Guerra y el primer año de hostilidades; con ello, el libro adquiere una inusitada agilidad, al posibilitar que el lector respire libremente, fuera de la agobiante atmósfera interior del autor de El proceso.
     Stach abandona a Kafka justo en mitad de la contienda mundial, pero tampoco la relación con Felice concluye definitivamente: los episodios restantes se reservan para el siguiente tomo, que cabe esperar con interés, máxime cuando también puede contener alguna que otra sorpresa. ~

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