El danés errante: Infancia y adolescencia

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Georg Brandes, el danés errante (2 de 9)

El episodio más notable de las memorias de Georg Brandes, al menos en lo que toca a Recollections on my Chilhood and Youth (1906), cuenta cómo, siendo niño, acabó por descubrir que era judío. En la calle, cuando salía a pasear con su nana y su hermano menor, Georg escuchaba a sus espaldas una palabra extraña y veía proferirla a un rapaz que le hacía caras burlescas. La gobernanta, cuando Georg le pregunta qué quería decir aquella palabra con la que aparentemente se le insultaba, le respondía que la palabra “judío” no significaba nada. Que era solamente una mala palabra.

Un día Georg le preguntó a su madre qué quería decir judío. “Los judíos son sólo gente”, dijo la señora. “¿Gente desagradable?”, insistió Georg. “Sí, a veces son gente fea pero no siempre”, le respondió la mamá. “¿Puedo ver a un judío?”, inquirió Georg una vez más. “Sí, es muy fácil” y lo tomó por la cintura y lo puso frente al largo espejo oval que estaba encima del sofá donde transcurría la conversación. “Aquí tienes a un judío”.(1)

La anécdota escenifica algo distinto de lo que hubiese significado en un país antisemita o como se comprendería, fatalmente, tras el Holocausto. No estamos muy lejos de las Consideraciones sobre la cuestión judía (1946), de Sartre, donde se formula una anécdota similar, pero todavía no estamos en Sartre… Dinamarca, en cuya capital nació Georg Morris Cohen Brandes el 4 de febrero de 1842, tenía una respetable tradición de tolerancia nacional hacia los judíos, al menos desde 1690, cuando cerraron el gueto. Esa tradición honró a Dinamarca durante la invasión alemana de 1940 en una conflagración que Brandes ya no vivió pero cuya locura antisemita atisbó en el horizonte.

El gesto completo de la señora Brandes refleja en su resignación humorística y en su sensatez ilustrada, la actitud entera con la que Brandes enfrentaría su tiempo. No le gustaban los misterios, no entendía lo tenebroso ni lo romántico y al único demonio al que se había confiado era al de Sócrates, impertinente, pugnaz, quizá loco, pero jamás maligno. Nunca le importó realmente ni el judaísmo ni el cristianismo lo cual limitó su conocimiento de Kierkegaard y de Nietzsche, autores que él le descubrió a miles y miles de lectores. Denunció Brandes el antisemitismo, pero nunca lo padeció en toda su gravedad: la enjundia con que defendió a los judíos polacos y rusos provenía del espíritu de humanidad de aquel que desea para sus vecinos la paz en la que él vive.

Recollections of my Chilhood and Youth resulta aburrido cuando se ajusta a la conocida frase de Tolstói al comenzar Anna Karenina: todas las familias felices se parecen y la de Brandes lo fue. Impera, a ratos, un idilio un poco soso de caminatas por el bosque y observación de las estrellas, amenizado por la amenaza del coco y el desciframiento de la lectura y la escritura como si se tratara de inscripciones y jeroglifos. En Brandes se echa de menos la falta de humildad de Vladimir Nabokov en Habla, memoria, que hace de su infancia un glorioso cuento de hadas. Brandes es sencillo y burgués como su patria y le faltó por completo ese aristocratismo que él exaltó en Nietzsche. Brandes y Dinamarca alcanzaron su peculiar grandeza a base del cultivo sistemático de pequeñas virtudes.

Georg fue el mayor de tres hermanos (los otros fueron Ernst y Edvard), hijo de Emilie, nieta de un talmudista húngaro y de Hermann Morris Cohen Brandes, un comerciante de origen lituano. El padre resultó ser una figura decorativa en el mundo que Brandes recordaba porque fue Emilie, más temida que querida, quien le impuso el racionalismo y la inapetencia por la religión. En aquella casa, los viejos libros judíos del abuelo no se abrían sino casualmente y la familia se limitaba a cumplir con las obligaciones esenciales ante la comunidad judía de Copenhague, como el Bar Mitzvá de Georg, que tuvo lugar el 17 de marzo de 1857.

Muchos años después, en 1925, mientras preparaba con celo decimonónico su contribución al credo de los ateos (con Jesus. A Myth), al celebérrimo Brandes lo invitaron, junto con Albert Einstein, a inaugurar los cursos de la Universidad Hebrea en Jerusalén. A Brandes lo incomodaba el avatar sionista del judaísmo y no fue. Pero ese mismo año recibió la visita de Freud en Viena, el judío más controvertido de su generación, cuyas teorías había descalificado como inhumanas y obscenas. Freud era ateo, como él y amos profesaban un bien fundamentado pesimismo de judíos sobre lo que le deparaba al siglo.

Brandes, tan desafecto al Libro, quedó encantado una vez que Freud lo comparó con el profeta Isaías y recordó al padre del psicoanálisis como el más grande de los hombres que había conocido. Doris R. Amsmudsson, autora de Georg Brandes. Aristocratic Radical (1981), una de las pocas biografías que se han publicado más allá del dominio danés, especula que el aborrecido complejo de Edipo debió servirle a Brandes para entender a Emilie, su temida madre.(2) Eso es ir muy lejos. Lo cierto es que para Brandes, como para muchos otros judíos europeos de su estilo y formación, Freud venía a cerrar, de manera inquietante y trágica, una historia que se había comenzado a contar en el Pentateuco.

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(1)Georg Brandes, Recollections on my Chilhood and Youth, William Heinemann, Londres, 1906, pp. 17–18.

(2)Doris R. Asmudsson, Georg Brandes. Aristocratic Radical, New York University Press, 1981.

(Una versión anterior de esta serie se ha venido publicando en el suplemento El Ángel de Reforma a partir de febrero de 2008)

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