El médico del rey

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Georges Nichopulos era el médico más prestigioso del estado de Tennessee. A principios de 1967, cuando su consultorio llevaba un lustro de viento en popa y su clientela era tan numerosa que hacía fila en la calle para conseguir una cita, llegó a la sala de espera el paciente más famoso de la región, y probablemente del mundo. La señorita que atendía la recepción se quedó muda y apuntó, en el libro de registro, con mano temblorosa: Elvis Presley. El doctor Nichopulos hizo un hueco entre sus pacientes para atenderlo con prontitud. Elvis sufría de insomnio desde 1957, la época en que interpretaba el papel, absolutamente ficticio, de soldado del ejército de los Estados Unidos. ¿Cómo podía meterse un casco con semejante copete? Nichopulos le recetó unas píldoras que lo curaron y simultáneamente, sin darse cuenta, puso también los dos pies dentro de un campo minado. Desde ese momento el viento a su consultorio comenzó a soplarle por la proa.
     Ya para entonces el rey era adicto a todo tipo de pastillas. Uno de sus cócteles predilectos era un poema cuya sonoridad amerita su trascripción:

     Tiunal
     Desbutal
     Escatrol
     Placidyl
     Demerol

Tres años después de su primera cita con el infortunado doctor Nichopulos, el presidente Nixon le otorgó a Presley una credencial de agente de la División de Narcóticos, área en la que el cantante era un experto, pero también un simulador: simulando que era un agente, y no un adicto estándar (combinación que tampoco se contrapone), se entregó a la tarea de inspeccionar los camerinos de sus colegas en busca de drogas confiscables o de actitudes disipadas que ameritaran un sermón o una filípica. Así, pertrechado detrás de su credencial dorada e imponente, asoló los camerinos de Janis Joplin, The Who, Jefferson Airplane y de cualquier banda, mayor o menor, que actuara dentro de los límites judiciales de su estado. El rey creía que porque sus drogas tenían la marca del laboratorio que las fabricaba, su dependencia no calificaba como adicción. Mientras intentaba meter en cintura, sin mucho éxito como ha podido comprobarse, a la crema y nata del rock, se inauguró la temporada de sus conciertos en el Hotel International de Las Vegas, aquellos donde aparecía gordo y sudoroso, enfundado en un traje de chaquira, dejándose manosear, entregándose a un tumulto de tahúres y apostadoras de mediana edad, que también sudaban y exhibían su sobrepeso. Pero volvamos al doctor Nichopulos, que en tres años de atender semanalmente al rey ya había logrado desarrollarle una adicción desbocada a sus prescripciones y al maletín donde guardaba las medicinas; tan desbocada era que fue sacado de su consultorio y contratado para fungir como el médico de cabecera del cantante. El doctor Nichopulos, cargado con tres maletas de pastillas, comenzó a viajar detrás de Elvis, que ya empezaba a requerir anfetaminas antes de salir a escena, luego un refuerzo a medio show y, para terminar, un envión de tranquilizantes que le destrabara la mandíbula y lo regresara a tierra. Esta montaña rusa química se repetía dos veces por noche, en cada uno de los shows que ofrecía el rey. Aunque desde luego no lo parece, Nichopulos era muy escrupuloso para recetarle pastillas, le daba siempre dosis con un amplio margen de seguridad, pero su paciente no respetaba sus indicaciones y encima, no se sabe si por socarrón o por básico, lo llamaba doctor Feelgood. En 1973 Elvis Presley llegó dos veces al hospital en estado crítico de sobredosis. Era la época en que le había obsequiado una casa a su doctor, que por cierto habían diseñado entre los dos en los tiempos muertos que quedaban entre una pastilla y otra. Antes de irse a dormir el rey se tomaba la colección de pastillas que estaba dentro de un sobre con el rótulo “Dormir”; y en cuanto abría los ojos lo primero que hacía era tomarse otra colección de pastillas que estaba en un sobre con el rótulo “Despertar”. En medio de estos dos sobres había un universo de pastillas en permanente expansión del que el doctor Nichopulos, según sus exhaustivas declaraciones, no tenía conocimiento. En el momento de la muerte de su paciente estrella, el doctor calcula que había escrito más de 19 mil recetas para él. La autopsia del rey reveló que en la tubería de su sistema circulatorio quedaban restos de catorce drogas distintas, nada que ver con el infarto casto y simple que, se dijo, había sido la causa de su muerte. Días después de la tragedia, los fanáticos de Elvis Presley comenzaron a acosar al doctor Nichopulos: pensaban, con ese pensamiento breve típico de los fanáticos, que él era el responsable de la muerte de su ídolo. Un mes después alguien con mal tino trató de matarlo mientras presenciaba, en la tribuna del estadio Liberty Bowl, un juego de fútbol americano: la bala quedó alojada en el hombro del señor que estaba junto a él. El rencor siguió creciendo y en los meses siguientes la Sociedad de Médicos de Tennessee, ese grupo del que él mismo había sido faro e inspiración, comenzó por poner en entredicho sus declaraciones sobre la muerte de su paciente y terminó marginándolo, condenándolo y mandando su caso al tribunal federal de justicia, donde luego de 18 años de barajar su caso, cuando no le quedaba ya ni un cliente y había vendido hasta la casa que le había obsequiado Elvis, se optó por retirarle la licencia de médico.
     Hoy el doctor Nichopulos trabaja repartiendo paquetes en una compañía de mensajería que tiene su sede en Alburquerque. Lleva una vida modesta, vive en un piso de alquiler, tiene un perro faldero y todas las noches, en el bar donde acostumbra beber bourbon de Tennessee, repite una historia que empieza siempre con la misma frase: yo fui el médico del rey. ~