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El regreso de los jacobinos

La prueba de fuego de los jacobinos contemporáneos será su capacidad de reconocer que los adversarios.
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En varias partes del mundo 2010 y 2011 fueron años pródigos en movilizaciones sociales que protestaron por las secuelas de desempleo y las políticas de austeridad que dejó la Gran Recesión, como se le llamó en Estados Unidos, y la crisis de la eurozona. Entre mayo de 2010, cuando inició la primera ronda de protestas contra la austeridad en Grecia, y finales de 2011, cuando los grupos que convergieron en Occupy Wall Street se retiraron de su acampada en el Bajo Manhattan y los Indignados de España asistieron impotentes a la elección de Mariano Rajoy como Presidente de Gobierno, se sentaron las bases de las formas de entender y hacer política que marcan una significativa distancia con otros periodos de movilización de la izquierda.

La oleada de movilizaciones inmediatamente anterior a la de los Indignados (por poner un nombre genérico al fenómeno aludido en el párrafo anterior) fue la de los llamados “altermundialistas”. Las diferencias entre ambos son notables. Mientras que los altermundialistas de hace 15 años articulaban todo su discurso político en torno a la noción de “resistencia” (a la “globalización neoliberal, al llamado libre comercio, a la privatización, etcétera), los Indignados provienen de un mundo donde ya no hay mucho espacio para resistir y, como los soviéticos en Stalingrado, la única vía para sobrevivir es lanzarse al frente. Mientras que los altermundialistas, inspirados por el lenguaje zapatista, reivindicaban la diversidad cultural como base para construir las alternativas, los Indignados ponen el acento en la llaga de la desigualdad socio-económica como mal universal, por encima de las particularidades en las que se expresa.

Las diferencias, por supuesto, tienen una base estructural. En los noventa, el crecimiento y la estabilidad económica de los países desarrollados influyeron en la preeminencia del activista altamente educado, con buenas perspectivas de desarrollo profesional, que se acercaba, no sin cierta idealización, a los sectores menos privilegiados del “Global South” para ayudarlos a rescatar su “legado cultural“ del asalto globalizador neoliberal. Después de 2008, con el estallido de la burbuja inmobiliaria y una nueva ronda de saqueo con saldos de hasta 50% de desempleo juvenil, es claro que en Europa y Norteamérica los jóvenes tienen que pelear a brazo partido por su propio futuro en un contexto que luce desolador a menos que se produzcan cambios radicales en la política y la gestión económica.

En razón de esta urgencia, la Generación Indignada se ha embarcado ahora en una construcción de proyectos políticos que reflejan claramente los retos que enfrentan, las enseñanzas que toman de quienes los precedieron y el bagaje intelectual de la época. Esta construcción, por su propia naturaleza, es un proceso abierto. Sus resultados deben entenderse como productos inacabados, formas provisionales e incompletas de apelar a sectores sociales susceptibles de incorporarse a sus campañas políticas. Es en este contexto que puede abordarse las reivindicaciones jacobinas de algunos de sus exponentes, las cuales son a la vez una importante toma de postura sobre la forma de hacer política y una enorme fuente de recelo entre sus críticos.  

Empecemos por lo obvio, este jacobinismo es claro, abierto e impenitente. En Estados Unidos, uno de sus exponentes más visibles es el proyecto, precisamente llamado, Jacobin, mejor conocido por la revista trimestral del mismo nombre, aunque el plan integral incluye grupos de lectura encaminados hacia la eventual conformación de una oferta política de izquierda radical y socialista. Aunque Jacobin precede a Occupy Wall Street, es quizá la expresión más acabada de un proceso que busca convertir la pura escenificación de la indignación (el “performance” de la toma de la plaza pública sin un pliego de demandas) en un esfuerzo intencional, planeado y programático de construcción política.

En España, Podemos es una versión más adelantada en el camino, lista para encarar sus primeros grandes retos electorales. Como ya lo hizo notar Luis Antonio Espino en su bitácora de Letras Libres, el jacobinismo de Pablo Iglesias es problemático en tanto parece exaltar la aplicación brutal del máximo castigo contra los adversarios. Y sí, Iglesias no deja lugar a dudas en su afán provocador. En este video, hacia el final, dice suelto de cuerpo “¿cuántos horrores nos habríamos evitado los españoles de haber contado a tiempo con los instrumentos de la justifica democrática (la guillotina)?” Un poco antes, sin embargo, Iglesias explica en qué consiste la “justifica democrática”: la guillotina eliminó el privilegio de la nobleza de acceder a una muerte rápida y sin dolor, de modo que “la pena de muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”. Cualquiera que haya leído las primeras páginas de “Vigilar y castigar”, de Foucault, que detallan la ejecución pública de un supuesto regicida en 1757, entiende esta lógica invertida del humanismo jacobino: para asegurar la igualdad en el plano más alto de la existencia humana (cualquiera que este sea), se la debe asegurar primero en el plano más bajo. En el fondo, esta es una virulenta diatriba de Iglesias contra la desigualdad y los privilegios contemporáneos que proviene de una generación formada en las redes de protección social de los años de Felipe González.

En realidad, el jacobinismo de algunos Indignados es menos una defensa de la guillotina y más una reivindicación del antagonismo como práctica política. Los neojacobinos buscan “pintar la raya” entre “la casta” y “los que estamos del lado de la democracia” para movilizar contingentes que quedan de “este lado”. Esto, por supuesto, es una táctica populista teorizada por Ernesto Laclau, como bien nos recuerda Dan Hancox en The Guardian.

El populismo, con o sin los finos ropajes teóricos de Laclau, es difícil de vindicar estos días en que algunos de los gobiernos que más insistieron en pintar y patrullar esas rayas –Venezuela y Argentina– están cayéndose a pedazos. Sin embargo, siempre que señalemos los peligros de la construcción populista de identidades políticas debemos recordar dos aspectos fundamentales claramente planeados por Laclau. Primero, el trazado de la raya es el acto político por naturaleza; es decir, es una acción constante y dinámica de discernimiento, cálculo y negociación. Ni el campo popular ni el adversario son fijos, eternos o predeterminados. En segundo lugar, la introducción del antagonismo en la acción política no reduce la legitimidad del adversario. Sobre este punto Chantal Mouffe, viuda de Laclau, ha sido muy clara en textos como “The Democratic Paradox” (Verso 2005). La prueba de fuego del neojacobinismo será su capacidad de reconocer que los adversarios, por muy “oligarcas” que se les quiera pintar, son actores políticos tan legítimos como ellos mismos y que, por lo tanto, todo intento de limitar la gama de opciones en la esfera política es un paso inaceptable hacia la dictadura. 

 

 

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