"Gracias por cubrirme con sus finezas"

El retorno de la familia revolucionaria

Un repaso de los rituales, revolucionarios e instuticionales, para elegir al candidato presidencial
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Se ha visto hasta el cansancio y es como la primera vez: la familia revolucionaria bendice a su elegido entre una alharaca de maracas matatímpanos: único instrumento musical a la altura de su arte.

He ahí al candidato. Lleva el gesto adusto de quien sabe que cargará a la patria durante seis breves años. Observa el pasado con nostalgia. Mira el presente con un gesto decidido y viril, lleno de aplomo. Dirige la mirada transida hacia el futuro promisorio. Levanta los brazos, estático, en la pantomima de un abrazo que abarca de Sonora a Yucatán. La sonrisita modesta, el ceño decidido. Se palmea los lomos o la espalda para faxear abrazos a su grey. Extiende la manita como sólo puede hacerlo su estirpe: los microkaratazos que dicen “gracias por cubrirme con sus finezas”.

La multitud aúlla. Ahí está, ahí está. El candidato hace ballet acuático en la alberca de la masa. El que nos va a restaurar el honor, el que nos va a dar tierra y libertad, el que dirá la patria es primero, el que dirá ese gallo quiere maiz, el que dirá nadie aguanta un cañonazo de 50 mil pesos, el que dirá aquí está mi mano tendida, el que dirá el odio no ha nacido en mí, el que dirá ni nos beneficia ni nos perjudica, el que dirá tendremos que aprender a administrar la abundancia, el que dirá quien se mueva no sale en la foto, el que dirá el chiste no es mear sino hacer espuma, el que dirá un presidente no pide sino ordena, el que dirá honorable congreso de la unión, el que…

El candidato voltea y reconoce a sus pares y padrinos: los líderes sindicales recién salidos de sus jacuzzis de formaldehído, los truhanes jetseteros que brincaron de la clase obrera al paraíso de Victoria’s Secret, los oficiales mayores con el balance bancario (positivo) tatuado en las nalgas, la lideresa combativa, el gobernador proxeneta, el líder nacional que baila quebraditas a millón por taconazo, el tío que vació las arcas, los legisladores pasados, presentes y futuros que se aceitan el dedo y lo señalan: ecce homo.

¡La toma de protesta! Hay que ponerse de pie, abotonarse el saco, poner la mirada a la vez en las tareas que lo esperan o en los héroes que nos dieron patria o, en su defecto, en la edecán de su preferencia. Y extender el brazo derecho –con su respectiva mano, salvo batalla de Celaya en contrario– hacia la Patria, o hacia la edecán para entonar con garbo “¡Sí, protesto!” sobre una Constitución imaginaria (u algún otro libro de su preferencia, que tampoco ha leído). 

¡Los abrazos! Momento esencial. Ritual incómodo, pero inevitable. Dos hombres bragados que deben sostenerse en su virilidad mientras se estrujan bajo el escrutinio de las fuerzas vivas. Al iniciar el abrazo,  el candidato tiene el privilegio de marcar hacia qué lado enviará su cabeza, con objeto de impedir un a todas luces bochornoso encontronazo con las fauces institucionales de un licenciado. Ya enlazados los cuerpos, se procede al estrujón sincero. Es importante imprimir la adecuada cantidad de fuerza: de menos, y queda como un ñoño; de más, y queda como un igualado. La cercanía de la oreja del candidato durante el par de segundos que debe durar un abrazo (nunca más de tres) permite a un revolucionario manifestarle en corto a otro revolucionario sólidas palabras de aliento como, por ejemplo, “ya estuvo lo de Miami”.

Y el infaltable letrero. El de ese día rezaba:

PROCESO INTERNO

DE SELECCIÓN DE CANDIDATO

A PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA

REGISTRO DE CANDIDATOS

MEXICO 27 DE NOVIEMBRE DE 2011

¿Para qué sirven esos letreros? Pues para que todo militante sepa dónde está, cuándo está, para qué está, para qué va a gritar que sí, para saber quién va a abrazar a quién y por qué, y para saber por qué va a aplaudir durante seis años.

No hay nada como el orden.   

(Publicado previamente en El Universal)

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