Javier Pradera (1934-2011).

El sol de Biriatou

      
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El moderno tren que recorre media España para depositar al viajero en la estación de Hendaya es un símbolo indiscutible de la historia de éxito protagonizada por los españoles desde la muerte de Franco. El incremento de prosperidad y libertad ha sido imparable, incluso en plena crisis económica hemos visto cómo desaparecía una de las últimas lacras del pasado: el terrorismo etarra. Sin embargo, quizá para matizar esa historia, quizá para evitar el olvido apresurado de tiempos aun cercanos, la calle de la estación se sigue llamando la Rue des Deportés. No es difícil imaginar por qué.

A pocos kilómetros se alza la preciosa iglesia de San Martín de Biriatou. Detrás de la iglesia, un cementerio en pendiente, que desciende abruptamente hacia el Bidasoa. Al otro lado del río, casi al alcance de la mano, España. Desde Biriatou, desde una terraza cercana al cementerio, Jorge Semprún vio España como exiliado por primera vez, a finales de agosto de 1939. Su tumultuosa vida, como resistente antinazi, deportado en Buchenwald, militante comunista, agente clandestino en la España de Franco, escritor, guionista, ministro socialista, le llevaría muchas más veces allí, y veinte años antes de morir, en recuerdo de esa primera visita, dejó escrito en Adiós luz de veranos que era en ese cementerio donde quería ser enterrado, un “lugar fronterizo, patria posible de los apátridas, entre los dos ámbitos a los que pertenezco”, España y Francia. (Decía Félix Romeo que la tragedia de España se resumía en que Semprún fuera considerado un intelectual francés.) Tras su muerte, el 7 de junio de 2011, su cuerpo realmente yace en Garentreville, cerca de París, pero ese deseo (“J’aurais désire que mon corps fût enterré a Biriatou”) y su rostro componen la lápida de Eduardo Arroyo que, colgada en una terraza del pueblito vascofrancés, contempla España desde el pasado 26 de noviembre.

Ese día, bajo un sol impropio de la fecha, se homenajeó la memoria de Semprún, pero inevitablemente a buena parte de los casi doscientos asistentes les asediaba otro nombre, el de Javier Pradera, fallecido apenas cinco días antes y uno de los promotores del acto. Pradera y Semprún fueron amigos desde principios de los años cincuenta. Compañeros de militancia clandestina comunista, que abandonaron al tiempo (uno expulsado, el otro en solidaridad), sus biografías se entrecruzan a lo largo de casi sesenta años. Y para explicar que a la calle de los deportados de Hendaya lleguen ahora trenes cargados de turistas gastronómicos, y que por no haber no haya ni frontera, resulta fundamental el ejemplo y el trabajo de los dos: el puente que supone Semprún con la República y con el exilio, con una España que pudo ser y no fue, su empeño en luchar por la libertad del país donde nació y su conciencia europeísta; la evolución de Pradera, hijo y nieto de fusilados por los republicanos, pata negra del régimen, que decide echar su suerte con los vencidos, o lo que es más, trascender la victoria y la derrota para poder hablar en nombre de vencedores y vencidos, superar la guerra y plantar la semilla de la reconciliación y la democracia.

Debe ser curioso para el hispanista pelirrojo de Iowa la admiración que despierta la generación que hizo la Guerra Civil, cuyos errores, comprensibles o no, perdonables o no, evitables o no, condujeron al enfrentamiento descarnado y a una masacre horripilante. En cambio, la generación que hizo la transición, sin duda culpable de errores tan o más abundantes que la precedente, logró el entendimiento, la concordia y un periodo de paz y prosperidad sin igual. Para no cosechar en la actualidad más que un fuerte desdén y ser considerada la fuente de todos los males que en la actualidad padecemos. Quizá el péndulo esté por iniciar un recorrido de vuelta, y empecemos a apreciar ser hijos de la transición más que nietos de la Guerra Civil. Ojalá, porque el pacto mancha menos que la violencia aunque no tenga tanto prestigio, y a menudo es más noble y más valiente.

Pero a Pradera no solo cabe agradecerle su temprano activismo político y esa contribución a superar la guerra. Expulsado del cuerpo jurídico del Ejército del Aire, se refugió en el mundo editorial, para beneficio de todos los lectores de España. Su labor en Fondo de Cultura Económica, en Siglo XXI y sobre todo en Alianza Editorial fue fundamental para abrir el país al pensamiento y a la literatura contemporáneas gracias a la edición cuidada y asequible de obras clave. El catálogo de “El libro de bolsillo” sigue siendo hoy asombroso; en el momento en que apareció, era inimaginable. A mitad de camino entre activista y editor, su papel como jefe de opinión y editorialista en El País desde su fundación hasta 1986, y como columnista hasta su muerte, le convirtieron en una de las plumas esenciales de la transición y luego de la democracia. Con la fundación de Claves de Razón Práctica acogió y alentó el pensamiento en español y la difusión de los debates de ideas más importantes.

Amante del fútbol, de la conversación y de la amistad, maestro de la ironía y de la anécdota bien contada, generoso con sus saberes y sus afectos, exigente con sus interlocutores, presto con el consejo sabio que nunca imponía, dueño de la llave a un mundo donde la única jerarquía era la de la inteligencia y el conocimiento de la materia propia, intolerante con la estupidez y la mala fe, Pradera es un ejemplo imborrable de que no cabe confundir solemnidad ni envaramiento, ni astucia, ni cinismo con inteligencia. El brillante sol de Biriatou parecía subrayarlo, mientras Carmen Claudín aludía al trío que formaban su padre, Fernando Claudín, conocedor de la perversión del modelo soviético, Semprún, que había pasado por la terrible experiencia de los campos nazis, y Pradera, que tenía la experiencia directa de la nueva España, y cómo los tres lo habían superado con humor, rigor e inteligencia. Por eso estaba segura que su padre y Pradera hubieran aceptado gustosos ser recordados como pidió Semprún, como un rotspanier, un rojo español. Y una aspiración similar, a un modelo de conducta personal, lejos de cualquier adscripción política, recorrió el público. En la lápida, el rostro de Semprún sonreía. ~

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