Enterrar a los muertos

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Desde hace unos meses todo se me presenta lleno de muertos mal enterrados. Participo en un curso de literatura en Albarracín y nos llevan a ver las fosas de Caudé, muy cerca de Teruel, junto a la carretera, en las que se depositaron más de mil cuerpos: espeluznante. Mi amigo José María Gómez me cuenta una historia terrible sucedida en Gurrea de Gállego, un pueblo próximo a Zaragoza: cuando se tomó el pueblo, los facciosos asesinaron sólo a los hombres, a los que enterraron en una cuneta de la carretera; cuando poco más tarde se produjeron algunos incidentes con las mujeres de los asesinados, asesinaron a las mujeres, a las que enterraron, como doble castigo, en la cuneta de enfrente. Todavía siguen allí. Una de zombis, la película de Miguel Ángel Lamata, cuenta la historia de muchos muertos mal enterrados. Mario Vargas Llosa dedica un capítulo de su Diario de Irak a las incontables fosas de los asesinados por Sadam Hussein y al dolor de los familiares. En Gabo y Fidel, el lamentable ensayo sobre la relación del autor de El otoño del patriarca y el dictador cubano, habla una mujer a la que no le dejaron ver el cuerpo de su hijo, asesinado por la tiranía, y que duda de que su hijo esté realmente dentro de esa caja. Algunas informaciones sobre militares fallecidos en el Yak-42 aseguran que en Turquía fueron enterrados restos y que a España no llegaron todos los cuerpos. En Pretender, la serie de madrugada en Antena 3, el episodio del día 9 de febrero contaba la historia de un padre que ha hecho creer a sus hijos que enterraba a su mujer, muerta en un accidente, cuando realmente estaba viva: Pretender, como siempre, logra resolver sin víctimas el misterio. En el primer número de la revista Granta en español, Justin Webster se va a desenterrar muertos de la Guerra Civil a Asturias y encuentra una historia de locura y asesinato. Y en Documentos TV, el programa de La2 dedicado a la investigación, se emite Las fosas del olvido, un reportaje sobre algunos casos, en Burgos, en Granada, en Madrid, en Palencia, de muertos desaparecidos que siguen mal enterrados en las cunetas, en los cerros y en los cementerios. Aparecen los hijos de los asesinados por el franquismo, aparecen los hijos de los asesinados por los republicanos, aparecen los hijos de los maquis asesinados. Se trata de explicar que el dolor de no saber dónde está enterrado un ser querido es terrible. Un dolor que ha durado casi setenta años.
     Jesús Ferrero explica en Las fosas del olvido cómo los muertos que no son enterrados correctamente se convierten en fantasmas. Explica que la muerte es un tránsito que debe celebrarse según un ritual: duelo, entierro… para que el muerto se convierta en muerto y los vivos asuman la muerte. Cuenta el caso paradigmático de José Antonio Primo de Rivera, al que Franco tuvo que buscar, desenterrar y enterrar con honores para que no se le convirtiera en un fantasma demasiado pesado. La leyenda del Cid, que mataba después de muerto, no ha sido borrada de nuestro imaginario. Joaquín Costa, el regeneracionista, creía, hace más de un siglo, que era fundamental para que pudiera haber una España moderna y democrática que se echara doble llave sobre el sepulcro del Cid.
     Andrés Trapiello cree que el recuerdo de la Guerra Civil española, tan mal asumida, durará mucho tiempo: tanto como el recuerdo de la expulsión de los judíos y de los musulmanes. Mientras habla, me vienen a la cabeza las Guerras Carlistas (las guerras civiles del siglo XIX español) y pienso que su huella fue muy efímera: había sido borrada al cruzar el siglo XX, y si no hubiera sido por Valle Inclán no habría quedado ni rastro.
     Las fosas del olvido se desarrolla atropelladamente porque quiere dejar muy claro que la guerra fue para todos una enorme catástrofe, y recalca que quienes más han sufrido son los que quedaron vivos: huérfanos perpetuos, viudas perpetuas. No importa tanto saber cómo fueron los hechos (aunque hay en el documental versiones orales aterradoras), sino cómo se asentó el dolor y la memoria en quienes sobrevivieron. Esa impresión se acentúa cuando se muestra cómo los muertos del bando republicano, recién sacados sus esqueletos de las cunetas, son por fin enterrados: con la bendición de un sacerdote. Es una imagen extraña: no sé si se trata de una síntesis histórica o de una ironía brutal.
     Separar la leyenda de la Guerra Civil de los sucesos históricos es fundamental. Hay que desenterrar a todos los muertos y volverlos a enterrar para que desaparezcan los fantasmas: hemos vivido demasiados años rodeados de fantasmas. ~


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