Escenas de la crisis española

Las consecuencias de los problemas económicos en la sanidad, los medios de comunicación y las comidas familiares.
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1. La crisis tiene cosas buenas. Por ejemplo, ahora todos los españoles somos expertos en economía. Hace meses que expresiones como prima de riesgo, rescate, unión fiscal, austeridad y medidas para reactivar el crecimiento (y expropiación) están presentes en las conversaciones que uno oye en la peluquería o el café. Por lo menos va a ser así hasta que llegue la Eurocopa. Pero esta educación llega todavía más lejos: el otro día, en una reunión familiar, mi abuela no solo explicaba que las medidas de austeridad imposibilitan el crecimiento, sino que dijo que el recorte en políticas sociales también significa una reducción de puestos de trabajo, y del consumo. Mi abuela, que solo estudió en la escuela primaria, es una mujer inteligente y ha sabido adaptarse a cambios enormes. Pero desde luego yo no esperaba que, a punto de cumplir los 82 años, mi abuela se volviera keynesiana.

2. En la misma comida familiar, me preguntaba cómo es que los jóvenes se han opuesto a la reforma laboral, cuando el paro juvenil supera ya el 50%. Lo normal es que no se hubieran opuesto por el abaratamiento del despido, sino porque la nueva legislación no resuelve el problema de la dualidad: sigue habiendo dos clases de trabajadores. En un principio, pensaba que estaban engañados por un discurso izquierdista que les llevaba a defender una causa que no era la suya. Pero quizá esa interpretación sea incorrecta. Puede que lo que motive su protesta sea una cuestión práctica, de puro realismo: muchos han perdido toda esperanza de encontrar trabajo y solo quieren proteger como sea el de sus padres, del que van a depender durante mucho tiempo.

3. Los españoles están justamente orgullosos de su sistema de salud. Es cierto que el sueldo bajo de los médicos ayuda a que tengamos una sanidad barata, y que hay largas listas de espera. Pero funciona, y se reconoce como una gran conquista que pertenece a todos los ciudadanos. El principio de la sanidad universal es una idea noble y debería ser irrenunciable. Reducir la cobertura sanitaria de los inmigrantes irregulares es extremadamente imprudente desde el punto de vista de la salud pública. Se ha justificado con argumentos económicos, pero parece que ha habido un uso demagógico. Si lo hubiera hecho otro país, quizá habríamos hablado de xenofobia. Es también una prueba más de que la crisis no solo nos hace más pobres: también nos hace peores.

4. El presidente del gobierno Mariano Rajoy ha prometido hacer reformas todos los viernes. Aunque, como se explica Ramón González Férriz en el número de mayo de Letras Libres, de momento ha habido más recortes que reformas, y aunque parece que los recortes en educación e investigación no son exactamente las medidas para aumentar la competitividad española, el país necesita reformas y quizá algunos de los cambios que ha emprendido el gobierno sean positivos. Pero el presidente, aquejado de un síndrome Bartleby, no ha querido explicar las reformas a la ciudadanía. Hace unas semanas, después de que su gobierno anunciara mediante una nota de prensa un recorte de 10.000 millones en sanidad y educación (solo diez días más tarde de la presentación de los Presupuestos Generales del Estado), huyó ante los periodistas por una puerta lateral. Concedió una entrevista a EFE hace unos meses y otra a Onda Cero ayer por la mañana, pero no ha dado una entrevista a ningún periódico, ni ha salido en televisión para explicarse. Alguna vez dice algo, cuando está en el extranjero (ha dado sus únicas tres ruedas de prensa fuera de España) o en actos de su partido. Ningún representante del gobierno comentó la crisis cinegética de la monarquía. El ministro de Asuntos Exteriores comparó la situación del euro con el Titanic, pero a veces Mariano Rajoy da la impresión de ser el capitán del Costa Concordia, que se siente más a gusto cuando habla fuera del barco.

5. Uno de los pocos aciertos indiscutibles del gobierno anterior fue el esfuerzo por crear una televisión pública para todos. Hubo otros errores, como el desastre de su financiación o las concesiones de las privadas. No creo que en este caso el asunto sea la imparcialidad. Si veo la televisión paranoicamente, y si un coro de gente la ve de forma aún más paranoica, quizá me parezca que hasta la realidad trabaja en mi contra. Pero las pasiones partidistas no deberían ocultar la evidencia de que, en el periodo de Zapatero, la televisión dejó de ser el órgano de propaganda del partido en el gobierno, como había ocurrido con los gobiernos de Felipe González y José María Aznar (en la época del segundo, hubo una condena judicial en contra de TVE por la cobertura de una huelga general). Ahora el gobierno ha vuelto a reservarse el control del ente público. El ejecutivo comete un grave error: debería respetar la independencia editorial y el criterio de los profesionales de la prensa. Los medios de comunicación públicos deben ser de todos y tiene que aspirar al intercambio de opiniones y a la excelencia profesional: eso, y no el relativismo de los sectarios, es lo que mejora la democracia y nos acaba beneficiando a todos.