Escritura y prostitución

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A ningún escritor le gustan las malas críticas. Yo he probado de ese amargo cáliz y puedo dar fe de que nada se compara con la sensación de desnudez, de orfandad, de rabia e impotencia que provoca ver a un tipo destruir en pocos párrafos tus años de trabajo. Lo que poca gente sabe es que las buenas críticas, y aun las más delirantemente favorables, producen la misma sensación de frío, vértigo y soledad. La única diferencia es que tienes que reprimirla para no pasar por malagradecido ni por amargado o resentido.
     Y de pronto, la alegría con que parientes y amigos te tratan cuando te critican con compasión, te hace ver que tu novela, tu poema, tu ensayo, tus líneas —tuyas y sólo tuyas—, son ya propiedad de otros. Para explicar este fenómeno, recurriré a una metáfora vulgar, pero singularmente efectiva: el escritor, a la hora de la crítica, se siente íntimamente prostituido.
     El escritor es una prostituta, un profesional del placer que entrega su intimidad más recóndita a un cliente (el crítico o el lector), quien se puede dar el lujo de no gozar, de juzgarte, o de gozar sin pensar en ti. Y si se te ocurre enamorarte o detestar a un cliente (que es lo que le sucede a los escritores que viven dialogando con sus críticos), el cabrón te descalifica y te deja como un loco con el que no se puede contar.
     Para ser un buen escritor profesional, así como para ser una buena prostituta, hay que inventarse una segunda piel para que la desnudez sea un vestido, y crear en la mente y en el cuerpo espacios privados al que ningún cliente pueda acceder. Para ser una buena prostituta, como para ser un buen escritor, hay que saber fingir muy bien, hasta perder por completo el uso de la sinceridad y muchas veces terminar enamorado del más imbécil y bestial de los hombres (de los críticos o lectores) que te frecuenten.
     Se puede vivir de la prostitución y la escritura dignamente, pero eso no quita que, en lo más profundo, escritores y prostitutas comercien con la intimidad, con el secreto, con el imaginario y con la memoria, con el cuerpo e incluso a veces con el alma. Y cuando el gordo que iba pasando, el jeque árabe o el juez que quiere que lo azoten juzgan tu performance y alaban tu carne y tu esfuerzo, uno se siente sucio y solo, uno siente que ha sido relegado a la última fila del cine del mundo.
     Escritura y prostitución desnudan de la manera más cruel y más íntima los mecanismos del mundo. La vida como mercancía, el fingimiento como verdad, la mentira como protección, y la desnudez que da terror. Y, finalmente, para tristeza de los buenos profesionales, tanto en la literatura como en la prostitución, sólo alcanzan la excelencia quienes viven cada encuentro y cada lectura con la intensidad del primer amor. Sólo las ninfómanas y los egocéntricos enfermos que se queman luego y se matan, o desaparecen, son añorados por la clientela.
     En la literatura, como en la prostitución —o como en casi todo lo queimporta—, sólo los malos profesionales llegan a la cima. Los otros sólo intentamos ser dignos y tener la libreta sanitaria al día. ~

— Rafael Gumucio