La aplicación de “The Waste Land” para iPad

Una mirada crítica a la nueva versión electrónica del famoso poema de Eliot.
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Hace algún tiempo me invitaron a un encuentro de poetas y editores de poesía en donde se discutió, como suele suceder en esos festivales, "el pasado, el presente y el futuro" de diversas cosas, entre ellas la edición de poesía. Yo era el asistente más joven del encuentro y creo que el único que nunca había trabajado en una editorial con un sólido catálogo forjado a punta de esfuerzo y venerable abnegación: mi relación con la poesía ha sido más bien en calidad de simple lector, de crítico esporádico y de autor eternamente en ciernes.

Los editores del encuentro, me di cuenta, hablaban con un entusiasmo rayano en el misticismo del olor de no sé qué papel algodonoso y del placer de accionar una imprenta de tipos móviles con nombre propio y femenino. Y ni modo: en esas circunstancias, me sentí en la necesidad de representar a mi generación (con la que, por otro lado, me identifico de Pascuas a Ramos y solo cuando me conviene) y llevar un poco la contraria. Dije entonces, sin pensarlo demasiado, que a mí me parecía que la edición online y sus posibilidades, quizás menos románticas, habían revitalizado notablemente a la poesía. Internet permitió, entre otras cosas, que la dimensión performática del poema, relegada hasta hace poco a sesiones punto menos que espiritistas, cobrara un alcance insospechado y pasara a convertirse en un medio más para la difusión viral del texto: he conocido a muchos poetas por verlos leer su obra en YouTube, y he entendido a muchos otros, que me pasaban de noche, gracias a que me descargo sus lecturas y las llevo cómodamente en mis audífonos, para escucharlos ad nauseam.

Los editores de notable trayectoria saltaron furibundos: que el poema y el papel eran indisociables, que la poesía no existe sin imprentas de tipos móviles con nombre propio y femenino, que había soportes malévolos, como la televisión, y soportes que sencillamente encarnaban al diablo, como la internet esa. Su beligerancia, que agradezco porque a ella debemos loables empresas editoras, se volcó en contra de eso que ellos veían como un futuro nefando mientras el resto de la humanidad entiende como un presente irrevocable. Pero soy un orador taimado y me achiqué cuando pidieron pruebas: balbuceé la URL de alguna página famosa, elogié tímidamente el rescate fonográfico de UPenn y me dejé sepultar por sus argumentos.

La venganza, sin embargo, se sirve con pasitas, no con uvas, así que cuando finalmente llega a casi nadie le interesa. Por si fuera de otro modo, queridos editores de poesía presentes aquella aciaga tarde, se los digo: la aplicación para iPad que Faber & Faber lanzó del poema "The Waste Land", de T.S. Eliot, me da la razón de una vez y para siempre (lo siento mucho).

Uno de los argumentos con que me apedrearon en aquella ocasión es que con internet y las modalidades de edición que ofrece se anula la noble labor del corrector de pruebas, del editor responsable que investiga y presenta el material tras calcular cada detalle. Faber & Faber, ya sabemos, no es un adolescente con un blog que desde algún país remoto y quién sabe si letrado prodigue emoticonos. Es una editorial fundada en 1929 que no quiere vivir en 1929. Su reciente edición de "The Waste Land" es tan concienzuda como la de cualquier libro de su catálogo, o más. La aplicación incluye el poema entero en cómoda tipografía, por supuesto, y las incontables notas explicitando los referentes e intertextos del mismo. En cualquier edición en papel, las notas volverían farragosa la lectura; aquí, se despliegan solo si a uno le interesa y no estorban en nada. Déle usted click a cada verso y se desplegará una nota informando sobre su posible procedencia.

Además del texto, la edición incluye varios archivos de audio para escuchar el poema mientras se sigue sobre la página. Dos de esas lecturas son en voz de Eliot: una muy temprana, de 1933, y otra más conocida, de 1947. También se echan su palomazo tres actores: Alec Guinness, Viggo Mortensen y la irlandesa Fiona Shaw, que hace la interpretación más original del texto en un largo monólogo filmado.

En la sección "Perspectives" encontramos algunos videos con comentarios en torno al poema. Primero, Seamus Heaney, nada más y nada menos; después, el editor de poesía de Faber & Faber, a quien debemos, en parte, la edición para iPad; Jim McCue, responsable de una edición crítica de los poemas de Eliot; la ya mencionada Fiona Shaw; el ex cantante de una banda de punk, hoy cantante de folk, Frank Turner; y la narradora londinense Jeanette Winterson. La verdad es que la sección vale la pena sobre todo por la participación de Heaney, aunque también los otros sueltan algunas claves de lectura que merecen ser atendidas.

Una edición facsimilar del célebre manuscrito corregido por Ezra Pound y una galería de imágenes más bien sosa completan la edición.

Es cierto: no es perfecta. Como sucede con otras aplicaciones para iPad, podrá mejorarse y ser actualizada por los lectores sin tener que pagar un peso extra ni esperar a que las librerías escondan la edición corregida en su estante más lóbrego. Téngase también en cuenta lo siguiente: es la primera edición de este tipo (la segunda, lanzada hace unos días, es la de On the Road, de Jack Kerouac, puesta en circulación por Penguin); pese a ello, fue la aplicación destacada en la tienda de Apple durante siete días, en un puesto en donde hasta ahora la gente, en vez de poesía, podía encontrar juegos imbéciles sobre lanzar pájaros enojados con resorteras gigantes.

Queridos editores de poesía en lengua hispana: respeto su oficio como pocos. Respeto incluso, y lo entiendo hasta cierto punto, su fervor por el olor de los libros y su devoción por los tipos móviles. Pero por favor abran los ojos a lo que sucede y permítanse dudar de sus convicciones cada tanto. Hay algunos lectores, entre los que me cuento, esperando esa aplicación para tablet de "La suave patria" con todas esas notas y traducciones que incluye la famosa (y carísima) edición de Archivos, además de comentarios en video de Gerardo Deniz y lecturas en voz alta de, por ejemplo, Eduardo Lizalde y Chucho Ochoa.