La casa de la poesía

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I.

Al paraíso sólo se entra una vez, después de la muerte.

Expresión atribuida a Mahoma sobre Damasco, entonces un oasis surcado por las aguas del Barada, inundado de granadas y jazmín. Imagen que el ungido, argumentan, contempló impasible desde lo alto del Monte Casiún a su regreso de La Meca y que se abstuvo de romper, esquivando visitarla. Una atribución difícil de corroborar pero muy fácil de creer. Damasco sigue siendo considerada como un edén por propios y extraños, en particular aquellos afectos al poder, aunque por razones muy diferentes. Quizás estos nuevos visitantes, previendo su futuro después de la muerte, no quieran quedarse sin conocer el paraíso.

Dos buenos amigos acaban de hacerlo. Mahmud Ahmadineyad y Hassan Nasrallah. Degustaron sus frutos, jugosos, redondos y frescos, durante una cena con su guardián; el plato fuerte los empachó sin saciarlos, fue una especialidad palestina. Tras su partida, como pasa siempre durante la languidez del invierno en Damasco, se levantó una ventisca cargada de polvo. Días antes lo habían hecho Jimmy Carter y algunos más, su empacho sin saciedad fue el mismo aunque la especialidad paladeada distinta, israelí. ¿Coincidencia? Tal vez sí y sólo fatídica para un refugio que, en Siria, suma medio millón y lleva seis décadas muerto. Sin la recompensa, prometida, de también conocer el paraíso.

 

II.

Es un lunes como cualquier otro.

La noche damascena marca en su muy personal reloj las diez menos diez. El sótano del hotel Fardoss Tower, la paráfrasis perfecta de la “ciudad nueva”, aparenta una estrechez mucho mayor a la acostumbrada. El humo colectivo de cigarrillos, puros y narguiles amenaza la visibilidad y, a su manera, despierta la inspiración. Ahí la intelectualidad literaria siria, parte del sistema y a pesar de él, se reencuentra, como cada semana, soñando con una clandestinidad que nunca le ha sido más ajena. Entre el público, diferente pero el mismo de siempre, abundan los informantes, incógnitos sólo para sí, al igual que los extranjeros, quienes dan a la cita poética un ilusorio aire de legitimidad. Los que más, y por mucho, iraquíes. Aunque también kurdos y palestinos, foráneos perennes indistintamente de la tierra en que se encuentren. Un mal necesario, los primeros y los segundos. Tan necesario como el mal que cambió a Damasco por Bagdad, a los omeyas por los abasíes, y que justificó la existencia del paraíso (este) en la medida en que dio origen al infierno (aquel).

–Sean bienvenidos a Beit al-Qasid (la casa de la poesía “directa”), gorgotea Lukman Derky, poeta por definición y, también, improbable anfitrión.

Una serie interminable de Lukmans toma el micrófono que de forma invariable permanece abierto, disponible. Lo torturan, lo acarician, lo estrujan y le rinden pleitesías. Lo cortejan, lo prostituyen; y con este a los oídos de la audiencia, perdida pero presente. Lo hacen suyo a nombre de Keats, de Shakespeare, de Auden y de Luis Cernuda. A nombre de Ibn Arabi, de Darwish, de Maghut y del suyo propio. El silencio reina a pesar de todo. El mar de gente se abre para dar paso a la venerada decrepitud de Ahmed Fuad Najam. Su presencia hoy valida el encuentro. No necesita recitar, ya de sus labios se ha escuchado lo que habría de decir, con aplausos. Antes de él vino, sin llegar, Antonio Gala; muchos, tal vez, lo harán después. Todo sea mientras esta casa exista, aunque se llene sólo de esperanzas porque por poesía sobra. Al menos en el imaginario árabe, donde todos tienen (para sus adentros) algo de bardos, desde el Profeta, sin ánimo de ser apóstata, hasta Gaddafi, sin ánimo de tener mal gusto.

 

III.

Y es que Damasco, como la poesía, es el lugar del eterno retorno, lleno de ausencias. Ya lo dice Adonis, no el griego sino el semita, a través de su peregrino Mihyar (“el que hace camino al andar”):

 

Aun cuando retornes,

Odiseo.

Aun cuando te opriman las distancias,

Y la ruta se encienda

En tu desconsolado rostro,

O en tu temor amigo.

 

Seguirás siendo historia de andadura.

Seguirás habitando una tierra sin tiempo,

Viviendo en una tierra sin retorno.

 

Aun cuando retornes,

Odiseo.1

 

IV.

En la casa el arak sigue corriendo a raudales, es el único combustible que echa a andar estas veladas, que permite que se sigan sucediendo. Una bebida que no sólo engrosa el flujo sanguíneo sino el de las ideas. El antídoto contra la ignorancia (y la ignominia), el mediador silente y perfecto, el camarada indiscutible de la poesía; capaz de irrigar toda esta aridez y de terminar con su ominosa sequía espiritual. Un destilado de uva que hace mediterránea a Damasco, hermanando a su pueblo con Italia, con Grecia, con España, con Francia y con Turquía. Un elixir que desvela, de forma indistinta, el camino al paraíso y el eterno retorno. Un canal de comunicación directo y preciso con Omar Jayyam y Al-Kindi.

No han pasado diez minutos y la belleza de la palabra ya es omnipresente aunque todavía no se haya escrito o hablado ninguna. La poesía, muchas veces sin serlo, emana de esas gargantas edulcoradas, siempre en boca del mejor. Porque así lo dice(n). ~

 

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1. Adonis, "Tierra sin retorno", Canciones de Mihyar el de Damasco, traducción y prólogo de Pedro Martínez Montávez, Instituto Hispano-Árabe de Cultura, Madrid, 1968, pp.86

 

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