La cópula: nueva novela abuela

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La Editorial Cátedra reeditó el año pasado La cópula (1906), anómala novela del gran poeta modernista español Salvador Rueda (1857-1933). Curioso himno vestido en prosa rutilante sobre el coito como ritual gnóstico y panteísta, canto al Sol genitor y genital, celebración andaluza de Charles Nodier y anticipación gitana de D. H. Lawrence, la novela de Rueda asestó un rapapolvo al puritanismo en castellano predicando el deleite sexual como forma de civismo.

La narrativa es escasa: desde niña, la heroína Rosalía siente en sus venas el “raudal de caliente sangre”. Hija de un joyero viudo que se ha retirado al campo, su corazón está “templado en la luz viva de la belleza”. Curiosa “desde la mosca hasta el astro”, es una Sophia intuitiva que, ante “el velo de impalpables átomos virginales que cubre todas las cosas”, ama “por inspiración la gran idea madre, fuente inacabable de todas las ideas”. Es una “maga divina” cuyos “labios gruesos, redondos incitaban a chuparlos”. Su alma, eco del cosmos, ama la poesía, “el punto más alto que lo divino ha podido dar a las almas”, y en cada verso percibe “un trabajo comprimido de piedra preciosa, apretada estalactita que se compone de millones de gotas convertidas en piedra”. Como Novalis, sabe leer las criptoescrituras naturales, como en las alas de los pájaros:

¿Quién podría leer en aquellas páginas aéreas, en aquellos folios donde la pluma de Dios había trazado claves enigmáticas que jamás habían de deletrear los hombres? ¿Cuál sería la a de las alas, cuál la e, cuál la i, cuál la o, cuál la u? ¿Tendrían vocales los idiomas escritos en las plumas?

Una noche, Rosalía se hizo mujer: “estalló la soberana rosa de sangre”, “regó de amapolas las sábanas” y sintió “la atracción sexual, fuerte, imperativa, arrolladora”. Sin haber leído a Platón, presintió que “un hombre y una mujer no son uno y uno; son medio y medio; y el proceso que se abre durante la atracción de estas mitades para formar un todo es la eterna historia de amor”. Al sentir la “divina llamarada invisible”, Rosalía deseó “el gran espasmo fisiológico” que sucede cuando “los cuerpos calcan sus mitades”.

El hombre que la inflama es David, un gigante orfebre que laboraba en el taller de su padre y que, cuando cerró, tuvo que emigrar. David era un “niño colosal”, un bruto amable, protoadán magnífico de rostro y cuerpo, silente y retraído que solo hablaba con las joyas. A veces, jugando con la niña, en quien miraba una joya viva, y entre “sensaciones de afrodisiaco que él no creía pecaminosas”, sin malicia alguna, se erguía “la exuberante rúbrica de su poderío sexual”.

Ya florecida, Rosalía recuerda a aquel gigante. “Temblaba, su pecho se estremecía, elevando y descendiendo las dos ánforas vírgenes y coronadas de capullos de adelfas; temblaban sus hombros y ardía su pecho como carne verde” hasta alcanzar “la amorosa trepidación molecular”. En sus sueños evoca “el vigor, la masculinidad, la grandeza” del gigante ausente y murmura dormida, entre un orgasmo y otro, “¡yo quiero ser tuya, tuya, tuya para siempre!”.

Rosalía pide a su padre que traiga de vuelta a su David, que lleva años en Amberes tallando las piedras más hermosas del mundo y soñando con la niña remota, a quien llama Rubí, y de cuyo rostro ha hecho una réplica de joyas con la que hace (digamos) vida marital.

El reencuentro con Rubí-Rosalía es trepidatorio: la pareja prepara el “encuentro sublime de las dos mitades humanas” en una alcoba fantástica bajo una bóveda de azulejos. La naturaleza se prepara, junto a los novios, para la cópula cósmica: plantas y animales emularán la danza de “los ovarios con las conchas bautismales de todos los falos poliformes”. En los patios, anticipando el goce, los surtidores hacen “su prestidigitación de gotas, renovamiento de volteantes cuentas de cristal”. En la alcoba, “la muchedumbre de azulejos se acordonaba para ver la santa, la alegre, la inefable cópula de la fecundidad”. La feraz Madre Tierra se calienta. El Sol, “órgano de los órganos”, proyecta en los azulejos una fiesta “de moléculas que danzaban, que formaban remolinos y espirales”. La pareja se come con los ojos y las bocas hasta que David, “a la vista de todo el deslumbrante ejército de azulejos, ofició” y cual si atravesara siglos, atravesó con su sonda el cáliz maternal. Los dos copones sagrados contenedores de la semilla humana se contrajeron, poderosos y enormes, y obraron el sublime prodigio de crear.

Apenas adolescente, Octavio Paz leyó la novela en la biblioteca de su abuelo: “ya se imaginarán en qué estado”, dice al evocarla, mofándose de sí. Tampoco es difícil imaginarlo ante la enfática representación de la femineidad como cuerpo y como sangre. Ante la “mujer-origen, limpia de civilización” que, para Rueda, es “fuente milagrosa chorreante de vida” y “cáliz primitivo de carne”; oficiante “del Sol que salía cada mañana del abismo azul”; femme-fille instintivamente sabia y creativa, entregada y ávida de compleción.

Creo que esa lectura marcó al joven lector y que algo perduró de ella cuando, años más tarde, en El arco y la lira, describe el éxtasis de las parejas abrazadas como “un zodiaco regido por el triple ritmo de la savia, la sangre y la luz”.~