Foto: Anne Binckebanck/HBO

“Hombre a medias”, misantropía completa

La segunda miniserie creada, escrita y protagonizada por Richard Gadd es un brillante y desesperanzador relato en torno a las peores facetas del hombre.
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Ya, en serio, ¿qué le hicieron a Richard Gadd? Ok, todos sabemos lo que le pasó hace ya algún tiempo, cuando empezaba su carrera de comediante de en su natal Escocia. El incesante abuso y acoso emocional que sufrió lo convirtió en una obra de teatro semiautobiográfica que él mismo adaptó posteriormente como miniserie de televisión y que, por lo menos desde esta trinchera, resultó ser el mejor programa de su tipo de 2024. Me refiero, por supuesto, a Baby Reindeer (2024), miniserie nominada a once Emmys.

Aunque algunos de los siete episodios de Baby Reindeer resultan muy difíciles de ver –ya no se diga disfrutar–, lo cierto es que, en su desenlace, el creador, guionista y protagonista nos dejaba sentir empatía tanto por la víctima (es decir, el propio Gadd) como por la perturbada y perturbadora victimaria (Jessica Gunning, sensacional como la terrorífica acosadora serial). De alguna manera, la compleja travesía emocional de Baby Reindeer ofrecía, hacia el final, una salida esperanzadora, una pequeña brizna de comprensión. Los monstruos existen, se hacen y, en una de esas, puede ser cualquiera de nosotros. ¿Por qué no volteamos a verlos? Mejor aún: ¿por qué no volteamos a vernos en el espejo?

En su segunda miniserie creada, escrita y protagonizada por él mismo, Hombre a medias(Half man, Reino Unido, 2026), que puede verse en HBO, Gadd ha desechado todo asomo de esperanza. Al terminar de verla, me dio la sensación de que el objetivo principal del escocés había sido adaptar para la televisión global la más negra versión del estado de naturaleza hobbesiano, pues sus dos personajes centrales, a los que seguimos entre súbitos flashbacks y flashforwards a lo largo de más de 30 años, parecen estar destinados a tener una vida “solitaria, brutal, desagradable” y, además, “corta”.

Hombre a medias inicia en un momento que debería ser uno de los más felices en la vida de cualquier ser humano. Niall Kennedy (Jamie Bell) se va a casar en las afueras de Glasgow, con todo y su obligatoria faldita escocesa, cuando a instantes de que inicie la ceremonia, llega sin ser invitado Ruben Pallister (Gadd), su “hermano de otra amante”, es decir, el hijo de la pareja lésbica de su mamá. El tipo, barbado, musculoso, de mirada fiera, sonrisa sardónica y con un corte de pelo muy singular, llega vestido de cuero en una ruidosa motocicleta, se baja del vehículo y cruza la mirada con el visiblemente aterrorizado Niall. Es claro que Ruben era la última persona a la que él deseaba ver en su boda. ¿Por qué le tiene tanto miedo?

Volveremos a distintos momentos de la boda en la medida que avanzan los seis episodios de la miniserie, en una aviesa estructura de revelación y ocultamiento narrativo, pues mucho de lo que creemos de los dos personajes centrales se va transformado en cada episodio, de tal manera que, como ya sucedía en Baby Reindeer, nuestra lectura inicial sobre quién es la víctima y quién el victimario se vuelve nebulosa. Es cierto que Niall es, desde su adolescencia, cuando es interpretado por Mitchell Robertson, un pobre diablo tímido, pasivo, indeciso e inseguro, mientras el Ruben juvenil encarnado por un avasallador Stuart Cambell es, por el contrario, carismático, extrovertido, seguro de sí mismo e intimidante. Pero esto no significa que la relación entre los dos sea tan sencilla como la acabo de definir.  

La masculinidad tóxica y violenta de Ruben tiene su perfecta contraparte en la cobarde resistencia soterrada de Niall, y los dos comportamientos son igual de (auto)destructivos. Aunque hasta los últimos minutos del episodio final nos queda claro el sentido del título de la miniserie –¿quién es en realidad el hombre a medias?–, es obvio que hemos estado presenciando la imposible separación existencial de dos tipos que, inconscientemente, se complementan: dos caras de la misma enfermiza moneda. Niall y Ruben están condenados a estar juntos –por más que, en algún momento, se pierdan la vista durante varios años– porque son codependientes de la manera más torcida posible: el triunfo de uno se subraya con el fracaso del otro; lo que desea uno es lo que tiene el otro; la carencia de uno es lo que tiene de sobra el otro. No saben vivir separados; tampoco pueden vivir juntos.

La brillante estructura narrativa creada por Gadd funciona a la perfección: aunque desde el final del cuarto episodio sabemos cómo terminará lo que estamos viendo, no tenemos idea del trayecto que falta por seguir y de qué manera cambiará la percepción que tenemos de Niall y de Ruben. Las interpretaciones de los cuatro actores –en la juventud y en la adultez– es irreprochable, sea la de los desconocidos Robertson y Campbell, sea del engañosamente frágil Bell, sea del irreconocible Gadd, que no solo ha transformado por completo su cuerpo, sino que, incluso, parece hablar de otra manera, con una voz tan gutural que, en el desenlace, parece la de un extraño animal acorralado.

Aunque parezca mentira, Gadd ha creado una miniserie todavía más difícil de ver que Baby Reindeer, no solo porque el nivel de violencia emocional es muy superior, sino porque a esto hay que sumarle una buena dosis de violencia física y hasta sexual que, en no pocas ocasiones, se muestra gráficamente en pantalla. El problema, en todo caso, no es tanto la violencia atestiguada en cada uno de los seis episodios de la miniserie, sino su deprimente conclusión determinista, esa mirada misantrópica en la que, para estos personajes, nada tiene sentido si no es la destrucción del otro que, en el fondo, es la destrucción de uno mismo.

En ese capítulo final, cuando Ruben revela, tras el cristal de la última prisión en la que ha sido recluido, cierto secreto clave a Niall, el invencible monstruo, mostrando por vez primera su bien oculta vulnerabilidad, le pregunta a su “hermano de otra amante”, sonriendo, casi tímidamente: “¿Es demasiado?”. Yo, frente a la televisión, alcancé a musitar: “Sí, esto ya es demasiado”. Y todavía faltaban varios minutos más para terminar. Repito la pregunta inicial: ¿qué le hicieron a Richard Gadd? No lo sé, pero es obvio que necesita un abrazo. Y cambiar de tema. Es demasiado. ~


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