La deseosa mirada de Swann

La relectura de una escena de la obra maestra de Marcel Proust.
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Releamos una página entresacada del tomo V, “Sodoma y Gomorra”, del enorme y delicado monstruo narrativo A la recherche du temps perdu (título cuya más fiel versión al español debería ser En busca del tiempo pasado, y no “perdido”, que entre nosotros es otra cosa), en el que Marcel Proust hizo el retrato global, minucioso y vario de la finisecular sociedad parisiense: 

“—Y bien —le decíala marquesa de Surgis al señor De Charlus—, le pido que presente mis respetos al pie del retrato de usted. ¿Cómo se halla el cuadro? ¿Qué es de él?

“— Pero —respondió la marquesa—, ¿no sabe usted?, ya no lo tengo; a mi marido no le gustó.

“—¡No le gustó!, ¡una de las obras maestras de nuestra época, igual al de la duquesa de Chateau-roux, de Nattier, y que pretendía captar a una no menos majestuosa y asesina diosa! ¡Oh, el cuellecito azul! Ni el mismo Vermeer ha pintado la seda con más maestría; y no lo digamos demasiado alto para que Swann no nos ataque para vengar a su pintor favorito, el maestro de Delft.

“La marquesa, dándose la  vuelta, dirigió una sonrisa y tendió la mano a Swann, que se había levantado para saludarla. Pero, desde que Swann, al dar la mano a la marquesa y casi sin disimulo —fuese porque su muy avanzada edad lo hubiera aliviado de la voluntad moral por indiferencia a la opinión, o fuese porque le hubiera quitado el poder físico para la exaltación del deseo—, vio el pecho de ella muy cerca, desde arriba, y, al hundir una mirada atenta, seria, absorta, casi pensativa, en las profundidades del escote, las aletillas de la nariz, embriagadas por aquel aroma de mujer, le  palpitaron como las alas de una mariposa que busca posarse en la flor entrevista. Bruscamente se arrancó del vértigo que lo había prendido, y la misma marquesa, aunque molesta, sofocó un profundo suspiro, pues a veces el deseo es contagioso.”

 

EL ESCOTE, UN ABISMO DE DELICIA

La escena ocurre en París, finales del siglo XIX, en el salón de los Guermantes y con tres personajes en medio de otros: el pedante y gran esnob señor de Charlus, el  viejo, culto y elegante Swann y la otoñal y hermosa Madame de Surgis. Se diría un momento de cajita musical con figuritas que giran al conjuro de la sonata de Vinteuil, pero al surgir la silenciosa violencia del olfato, de la mirada del viejo y aún deseoso gentleman judío que siente el profundo odore di femina, más el suspiro de la bella, dan un latir de vida a las figuras.

Poesía en prosa proustiana. En medio de la charla esnob, el escote de la marquesa se abre a un abismo de delicia, y la  violatoria mirada de  Swann es un parpadeo de sensualidad sobreviviente, resuelto en la imagen  de la mariposa aleteando sobre un busto femenino como sobre una flor. La imagen surge como instantáneo símbolo de la obra entera: en medio de la comedia social estallan y se desarrollan los momentos del deseo y de sus objetos inalcanzables o perdidos, y cada célula verbal se reproduce y despliega y va engendrando el conjunto. La vasta y fina obra, aunque dotada de un sencillísimo incipit: “Por mucho tiempo me acosté temprano”, pareciera haber comenzado la narración antes de la primera página y continuarla después de la ultima, desarrollándose infinitamente de ida y vuelta como una cinta de Moebius, pues todos sus motivos, tanto los principales (la historia “autobiográfica” del Yo narrador, los amores de los protagonistas, la sexualidad y la homosexualidad, los celos, las estructuras y las relaciones de cada grupo social, la memoria involuntaria, la sonata de Vinteuil, el cuadro de Vermeer, etc.), así como los motivos dizque secundarios (el seto de espinos, los árboles de Hudismenil, los campanarios de Martinville, la playa de Balbec, los personajes atrás de los protagonistas y los anecdóticos, etc.), se tornan leit-motivs a partir de un episodio seminal: la magdalena sopeada en la taza de té. Desde ese inicial “episodio” crecerá contra el olvido la vasta y melodiosa novela que buscará y desconstruirá y reedificará la enorme y delicada catedral del recuerdo gracias a la magia de frases largas y sinuosas, frecuentemente fugitivas del punto y seguido y del punto y aparte. 

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