La jueza que no se sabía vestir bien

Hay que decir que Mi mundo adorado no es Nabokov reinventando el pasado en Speak, Memory, aunque al menos parte de la premisa de que la memoria es una narración cambiante.
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Sonia Sotomayor

Mi mundo adorado

Traducción de Eva Ibarzábal, México, 2013

Editorial: Debate

 

Le dijeron que lo suyo era diabetes juvenil, diabetes de la que mataba niños incluso en los barrios adinerados de Estados Unidos. Sonia Sotomayor tenía siete años y solo el empeño del doctor Fisher en conseguirle espacio dentro de un hospital público del Bronx la salvó. Ahí entró muchas mañanas, a partir de las ocho, para que le analizaran la sangre con pinchazos en los dedos, para que le llenaran la cabeza de electrodos, para exponerla ante un grupo de médicos que la miraban con atención zoológica mientras su madre enfermera la acompañaba con miedo y su padre combatía en casa los demonios del alcohol.

Hay que ser muy ingenuo para no reconocer ahí el comienzo de una trama de superación personal y muy cínico para convertir el adjetivo “inspirador” en etiqueta peyorativa. En un mundo tan acostumbrado a la cursilería como único registro de la felicidad, las memorias de Sonia Sotomayor le recuerdan al lector que la historia de esa niña latina del Bronx que llega a ser jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos es excepcional, pero no por eso una película de lagrimeo con Jennifer López en el rol más dramático de su carrera.

Los libros están hechos de sus pretensiones y Mi mundo adorado nunca quiso parecerse a Paulo Coelho. Muy temprano escribe la autora que su infancia fue normal en comparación con el entorno: ¿Padre alcohólico que muere joven? ¿Madre viuda/soltera que trabaja sin reposo para mantener a los suyos? ¿Primo drogadicto? ¿Abuela santera? Las familias del barrio eran bastante parecidas y ninguno de los niños llegó a una oficina con dos secretarias y tres asistentes en Washington D.C. El universo magnánimo de Coelho no tiene nada que ver; sí una habilidad extraordinaria para descifrar lo que dicen los otros más allá de lo que verbalizan. Fue la amenaza de la diabetes y no la precariedad material lo que definió a Sotomayor, quien describe con notable convicción cómo la capacidad para reconocer los cambios en su cuerpo le permitió, ya en la adultez, entender las motivaciones y miedos ocultos de la gente, habilidad nada despreciable cuando eres abogado.

A la pregunta de qué tan bien escriben los jueces y sus posibles negros literarios, hay que decir que Mi mundo adorado no es Nabokov reinventando el pasado en Speak, Memory, aunque al menos parte de la premisa de que la memoria es una narración cambiante. El respeto irrestricto al orden cronológico es una decisión de estilo bastante discutible porque la vida de Sotomayor daba para más juego, pero hay que destacar su solvencia para contar esta historia desde el principio hasta el final. O casi.

Casi, porque en una concesión propia de la corrección política que define las relaciones del poder no hay aquí muchas ideas sobre el sistema judicial del país. Poco sobre la situación de Puerto Rico, poco sobre la migración y nada sobre el ascenso definitivo a lo que es ella hoy: la primera persona de origen latino y la tercera mujer en llegar a la Corte Suprema. Compartió los primeros meses en ese cargo con la tarea de terminar estas memorias parciales y no deja de ser decepcionante que un cuento tan bien echado termine cuando se supone que viene la mejor parte. Ella se justifica diciendo que el final ya lo conocemos, pero es curioso que alguien tan consciente de cómo la vida doméstica define nuestras relaciones arguya que la versión pública de los hechos es la verdad. Que el libro dé sus últimos sacudones cuando en el 91 Sotomayor es nominada como juez de la Corte de Distrito de los Estados Unidos en Manhattan es un poco como huirle a algo.

Tras la infancia, los años más interesantes son los de la universidad pues dejan claro que Sotomayor nunca ha dejado de saberse discriminada. Cuando la aceptaron en Princeton como parte de los programas de acción afirmativa que comenzaron a probarse en Estados Unidos durante los 70, una compañera enfermera de su madre la miró con escepticismo y le dijo que eso no era posible, que había dos niñas blancas en su clase con mejores notas y que ellas no habían entrado. Sotomayor, que fue buena alumna en el aula, pero que sobre todo se destacó por lo que hacía fuera de esas cuatro paredes, no atinó a responderle lo que hoy le diría: “Nadie llega hasta aquí sin el apoyo de gente decisiva, nadie llega hasta aquí solo, y ser capaz de reconocer ese camino es un tipo distinto de inteligencia.”

Al contar su estancia en Princeton y posteriormente en Yale confiesa que siempre se sintió incómoda con sus piernas, su nariz y su forma de vestir, rodeada de puertorriqueñas coquetas en el Bronx, y de estudiantes consentidas de Ivy League. Este es el libro de una mujer que todavía hoy se esfuerza en estirar los labios y mostrar los dientes para buscar la sonrisa adecuada, una mujer que no se deja tomar fotos para cualquier entrevista y que se sabe sola desde que se divorció de su amor adolescente. “No me necesitas”, le dijo su ex, y desde entonces ella se pregunta si el amor tiene que ver con la necesidad. Porque Mi mundo adorado es fiel a la nostalgia congénita de los boricuas, de hecho toma el título prestado de una famosa canción de José Gautier Benítez llamada “A Puerto Rico (regreso)”: Perdonadle al desterrado / ese dulce frenesí: / vuelvo a mi mundo adorado / y yo estoy enamorado / de la tierra en que nací.”

Uno percibe el orgullo de Sotomayor al contar las luchas que dio junto a otros latinos para que, por ejemplo, Princeton contratara al primer profesor latino de tiempo completo, o para aumentar la cantidad de latinos aceptados en Yale. Ese activismo irrestricto la alejó cada vez más de su casa y en el camino esta puertorriqueña que hoy dice adorar la salsa no pisó nunca el Madison Square Garden para bailar en algún legendario concierto de La Fania All Stars: “Mi mami no me dejaba”. De eso también está hecho su carácter porque aunque el éxito no se logre solo trabajando, está claro que a Sotomayor, como a cualquier otra persona, le ayudó mucho.

Así que todo vuelve a la cuestión inicial: no es esta una historia sobre la superación de dificultades sino un testimonio del espacio que han ganado los latinos en la sociedad estadounidense. Inspirador, sí, pero nunca ingenuo porque Sotomayor deja claro que su caso es excepcional. Lo dice con orgullo, pero sobre todo con indignación.

 

 

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