La mafia nos robó la prominencia

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No había yo leído el artículo de Arnaldo Córdova (La Jornada de mayo pasado) donde le responde a Enrique Krauze sobre el malhadado diálogo de Octavio Paz y la izquierda. La ligereza de Córdova es lamentable por venir de un historiador que estuvo entre aquellos que se esforzaron en iluminar la naturaleza del régimen de la Revolución mexicana. Que López Obrador, en la apología justificatoria (La mafia nos robó la presidencia, etc.) que circula en estos días, muestre una inquebrantable indigencia escolar, es natural; pero que algunos entre quienes lo apoyaron, como Córdova, se solacen en los chistoretes y en el resentimiento, no es menos lastimoso por ser predecible. En fin, ya Krauze se refirió en su respuesta en Reforma (15 de julio) a la majadería imperante.

“Yo qué carajos tengo que ver con el muro de Berlín o con los campos del Gulag”, dice Córdova en un párrafo que Krauze subraya como inaudito. Aunque militó de joven en el Partido Comunista Mexicano y estudió en Italia con Umberto Cerroni, uno de los intelectuales comunistas más influyentes, puede concederse que Córdova prefirió reformular el “nacionalismo revolucionario” que ampararse en la tradición comunista. Lo que él hizo en los años setenta fue venderle a los jóvenes marxistas la vieja mercadería del lombardismo, desprestigiada por aquella doble devoción de Vicente Lombardo Toledano por Stalin y por Miguel Alemán, equilibrismo que asombraba a Paz. El régimen de la Revolución, decían los lombardistas y decía Córdova, era un régimen nacional–popular apoyado en las masas obreras organizadas. Lo que Córdova explicaba en ese entonces era cómo aquel nexo corporativo se diluía gracias al desgaste natural de la maquinaria despótica, al fastidio de algunos de los viejos nacionalistas y a la aparición del sindicalismo universitario. La esperanza política de la izquierda estaba en que los sindicatos despojasen al Estado de su legitimidad entre los trabajadores y se llevasen la música de la Revolución mexicana a otro lado. En ese otro lado aguardaba, envejecida de tanto esperar, la Revolución rusa y cuando ésta empezó a dar de sí, tomaron su relevo los eurocomunistas.

También Paz (en El ogro filántropico, 1979) y muchos otros intelectuales creían (y en eso todos nos equivocamos) que el final del PRI estaría relacionado con la democratización y la independencia de los sindicatos. Pensamiento muy de la época y que hoy aparece, en efecto, como antediluviano: sin la libertad sindical de “la clase obrera”, la democracia era inconcebible.

Aquella operación de Córdova, una vuelta a la discusión clásica sobre lo que es y lo que no es una revolución, no estuvo del todo mal hecha e inclusive, mucho antes que él dorara la píldora en La ideología de la Revolución mexicana. La formación del nuevo régimen (1973), ya formaba parte del horizonte común a todos los hijos izquierdistas de la Revolución mexicana entre los cuales se contaba, orgulloso de su linaje, Paz. Y si OP no leyó los libros de Córdova, hizo mal. Habría corroborado que “la nueva izquierda” se despreocupaba de Moscú y de Pekín y de Rosa Luxemburgo y del renegado Kautsky y volvía a leer a Luis Cabrera y a Soto y Gama y a otros precursores y protagonistas de 1910 a quienes Córdova dedicó algunas páginas sobresalientes. Casi no necesito agregar que Córdova no suele citar a Paz en sus libros, autor cuyas opiniones, si nos atenemos a lo que dice en La Jornada, le resultaban muy relevantes desde 1966 y por cuya aprobación sigue suspirando.

Córdova debería acordarse que él y sus camaradas “nacionalistas revolucionarios” del Movimiento de Acción Popular concurrieron a la fundación del Partido Socialista Unificado de México cantando La Internacional e identificándose con la hoz y el martillo, y fundaron un partido que tuvo entre sus urgencias el desembarazarse de lo poco que los comunistas mexicanos habíamos avanzado en un proceso de desestalinización, interrumpido desde entonces, año de 1981, con las consecuencias que padece por ello, todos los días, nuestra democracia…

Otro punto. Se habla de “Paz y la izquierda” como de si se relataran las aventuras de un marciano en Júpiter. ¿A qué otro mundo si no es al de la izquierda heterodoxa internacional perteneció Paz toda su vida ? ¿No publicó El laberinto de la soledad en Cuadernos Americanos, la tribuna de la izquierda nacionalista? ¿No fueron sus amigos Jorge Semprún, François Furet, Kostas Papaioannou, Cornelius Castoriadis, Milán Kundera, Ricardo Muñoz Suay? ¿No fue la opinión pública de izquierdas, dentro y fuera de México, la que aplaudió la renuncia de 1968 a la embajada en Nueva Delhi? ¿No le dijo Paz a Julio Scherer, diez años después en una célebre entrevista, que su esperanza era el socialismo democrático? Se me dirá que el lugar de OP en la izquierda (y dentro de la tradición liberal) es problemático. Claro que lo es: las afiliaciones precisas, como las devociones inmaculadas, no son propias de personas inteligentes.

Por su grotesca ligereza moral el deslinde de Córdova quedará en el libro negro como un diminuto contraste de lo que fue la vida intelectual de un Octavio Paz…

¡Qué lejos estamos de José Revueltas, a quien atormentaba la culpa colectiva que todos los hombres del siglo XX teníamos por los procesos de Moscú y sus malignas consecuencias!

(Creo en la culpa colectiva porque soy judío. También Revueltas lo era, en el sentido figurado, que es el que importa).

De lo que sí se acuerda Córdova es que Paz no lo leyó o no confesó haberlo leído en el momento en que el profesor lo necesitaba para su autoestima. En ésta y en tantas otras ocasiones ése y no otro es el problema: el azoro de los profesores heridos en su sensibilísima vanidad porque el poeta nacional (que eso es OP en los estrechos términos que ellos pueden colegir) no los redimió con la varita mágica de una alabanza, de un acuse de recibo o de un coscorroncito.

Es mejor no personalizar el diálogo de Paz con la izquierda, como lo dice José de la Colina en Correo fantasma, el blog vecino. La verdadera discusión de Paz con el marxismo, con la socialdemocracia, con el nacionalismo revolucionario, está en sus artículos y en sus ensayos, tal cual lo han ido corroborando tantos entre aquellos que no estaban dispuestos a concederle un ápice de razón…

Foto: Alberto Estrella, La Jornada

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