La mano que piensa

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I

Empecemos trazando una raya, una raya imaginaria, en una hoja blanca, también imaginaria. La raya discurre por el papel blanco en vacilante zigzag, el zigzag siempre es dubitativo. El poeta se preguntó por qué los murciélagos vuelan en zigzag. Porque no están seguros, no tienen certidumbre, dijo en respuesta, y escribió:

 

Así es la huella que el murciélago deja en

la porcelana de la tarde.

 

La palabra “porcelana” es un gran acierto, lo construye todo en ese verso, de Rilke por cierto. Me pregunto ¿cómo surge esa luminosa palabra en la mente del poeta?

Bruscamente, de pronto ahí está. Vicente Rojo sabe que la acción de crear es brusca e inexplicable. Muda violencia, de repente la línea se mueve y el dibujo surge. El ojo piensa, decía Klee, y así se ha llamado a su diario, El ojo que piensa.

En el caso de Rojo, preferiría llamarlo La mano que piensa. Es un notable espectáculo ver a Rojo crear algo con las manos: son tan rápidas y aseverativas que parece que se mueven ellas solas, digo, sin auxilio alguno de deliberación mental. Quién sabe cómo, ellas saben a dónde van.

Recuerdo verlo ¿diseñar se dirá, formar tal vez? Sábado, el suplemento de Unomásuno, mientras su amigo Benítez, que lo dirigía, disparaba, con esa voz tan suya, su ballesta de irónica y apasionada precisión. Verlo era, trato de recordar, como ver tejer a una bruja, digo, ha de haber sido como laboran las brujas, porque nunca las he visto, pero dicen que avanzan en el tejido de adelante para atrás.

Vicente Rojo al pintar es serio, no se hace el payaso, por algo decía Benítez que Rojo “era un guerrero”. Digo que es serio, en general, en las cosas que hace, pero no como Matisse, digamos, que se sentaba a pintar, muy serio, de saco y corbata, sino de otra manera, más dramática, digamos, como era serio y dramático Manolete. Serio y dramático por pundonor, es decir, y eso es muy español, serio y dramático para no tener nunca que sentir culpa y tener por eso que avergonzarse. Seriedad por horror al ridículo, podríamos llamarlo.

Si proponemos una ecuación en la cual a la loca creatividad de la mano que piensa vicentina sumamos la seriedad del guerrero, obtenemos, creo, caracterizar el arte de Vicente Rojo, que es a la vez geometría y garabato, esto es, preludio arbitrario y fuga estricta, cosa libre y a un tiempo severa, estricta y a la vez juguetona.

Y esa tensión entre dos polos antagónicos es parte del encanto que no acaba y de la sólida fuerza varonil de las invenciones del artesano legendario y el artista inagotable de quien no nos cansamos de conversar.

II

Busco una cosa y encuentro otra, como suele suceder. Busco una nota sobre Pushkin, porque voy a ir a Rusia, y encuentro una nota sobre la India. Dice así: “En la India, país inmenso y legendario, todo es exageración. El lujo deslumbrante de su flora y de su fauna tiene un espejo en el politeísmo desenfrenado de su cielo donde habitan aproximadamente 30 millones de dioses infatigables.”

Forma parte de un prólogo que redacté para una pequeñísima obra de teatro de sombras (que figuraba embutida en una comedia, ésa para actores). En el trozo advierto, ahora, que, después de todo, la influencia del viejo Reyes pesó mucho más sobre mí que la de Borges, y ese pormenor estético, sin ninguna importancia, claro, me hace, no sé bien por qué, sonreír.

III

A propósito de Rusia, Valera, diplomático cultísimo, recuerda en una de sus cartas que en la España del Siglo de Oro ya se conocía el caviar: Sancho Panza come caviar en algún capítulo del Quijote. ~

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