La muñeca espejo

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Stacey Handler es una mujer obesa. No una mujer sencillamente gorda, sino francamente obesa. Toda la vida ha tenido que luchar contra el sobrepeso y en sus fantasías —así lo ha escrito en su libro The Body Burden— ronda la bulimia, la anorexia y la ketosis. La historia de Stacey Handler parece usual: millones de mujeres en el mundo entero viven una batalla a muerte, literalmente a muerte, contra la grasa, el sobrepeso y la comida. Pero Stacey tuvo la extraña suerte de ser la nieta de la recientemente fallecida Ruth Handler, creadora de la muñeca Barbie. Durante toda su vida ha tenido como ejemplo de lo deseable a una estilizada muñeca cuyas proporciones son imposibles de reproducir en el cuerpo humano. Y eso, más que su gordura, su violento matrimonio y una diabetes galopante, la ha marcado de forma definitiva.
     La vida sacudida por la infelicidad de Stacey empezó con el éxito sin precedentes de la muñeca más polémica de la historia. Ruth Handler y su marido tenían una fábrica de recipientes de plástico. Con las rebabas, la señora Handler fabricaba muebles para muñecas. Pequeñas salas, lámparas y teléfonos que servían para amueblar el imaginario de cientos de niñas en Estados Unidos. En 1959, a Ruth se le ocurrió la idea de utilizar también ese plástico para crear al coco de los jugueteros: la muñeca adolescente.
     Uno de los aspectos más debatidos de la modelo platinada es su delgadez. En un mundo en el que las casas de alta costura lanzan colecciones y campañas heroin chic, donde las princesas vomitan la entraña después de una cena de gala para estar delgadas y donde es preferible no comer a tener una acumulación indeseada de lípidos en el trasero, la Barbie parece un vehículo de provocación. Traducida a carne y huesos, Barbie Millicent Roberts, porristamodelo, originaria de Wisconsin, tendría un busto de 96.5 cm y una cintura de 48.5 cm. No podría caminar o hacer la digestión, se doblaría bajo el peso de su parte superior y sería, por decir lo menos, monstruosa. La culpa, naturalmente, no es de ella. Es de su antepasada. Barbie fue inspirada por Lilly, una muñequita que hacía las veces de juguete sexual para marineros y soldados en algunos bares durante la Segunda Guerra Mundial. Los usos y abusos a los que era sometida Lilly parecían naturales: la intención no era otra que alimentar la fantasía de los hombres que arriesgaban el pellejo en el campo de batalla. La señora Handler siguió el modelo de Lilly, pero hizo algunas modificaciones sustanciales que convirtieron a la muñeca más vendida de la historia en un ser negado al placer sexual. Se le borraron los pezones (evidentes en la versión alemana, por supuesto) y cualquier orificio que la hiciera al menos remotamente humana; se disminuyó el grosor de sus labios y se sustituyó la boca abierta a medias de la muñeca original por una sonrisa vacua y extasiada, propia de un viaje en ácidos. ¿El resultado? Un juguete para niñas con una innegable carga sexual.
     La rubia platinada ha sido considerada piedra de toque en las guerras de lo que en Estados Unidos se denomina body politics. El país que vio nacer a la muñeca adolescente abriga también un mundo contradictorio y férreo de políticas corporales y de actitud: ¿qué es sano para las niñas: la Barbie o no la Barbie?, ¿es la muñeca una amenaza para todas las mujeres sanas?, ¿es una amenaza para las mujeres proactivas y liberadas; para las lesbianas; para las madres solteras; para las feas?, ¿es un mal ejemplo?, ¿es un problema para la salud pública?, ¿fomenta la anorexia, la bulimia y otras enfermedades similares?, ¿incita al sexo en edad temprana? Las preguntas siguen ad nauseam sin que encuentren una respuesta única: un aluvión de pros y contras aparece a la menor provocación.
     La señora Handler creó algo que escapó de sus manos. Diseñó una especie de Frankenstein de juguete —parte putita de fantasía, parte porrista, parte muñeca inocente, parte lo-que-usted-quiere-que-ella-sea— que adquirió vida propia y se lanzó a desconcertar al mundo entero en puntillas. Como si hubiera arrojado un bumerán, Ruth Handler se encontró que en casa vivía una nieta obesa que veía en la imposible cintura de la Barbie una afrenta personal.
     "Hola,/ mi nombre es Stacey/ soy una comedora compulsiva./ La comida ha estado siempre a mi lado/ nunca me juzga/ me llena cuando necesito ser llenada", dice una de las poesías que Stacey incluyó en su libro. Según ella, los medios y la gente le dan mucho mayor peso a Barbie del que tiene en su vida; a la vez, dice que el mundo está hecho para las mujeres que acaso puedan recordarle a los hombres ese arrebato inspirado que tuvo su abuela hace más de cuarenta años y que ha vendido más de mil millones de copias en el mundo. Una de las mejores amigas de Barbie se llama Stacey por ella. Tiene el mismo cuerpo inverosímil y no podría ser más distinta de la mujer de la que tomó el nombre.
     Ruth Handler siempre defendió su creación, siempre habló de las bondades de la primera muñeca "adulta", lejana de los bebés fofos y pasivos que conformaban el universo juguetero del siglo pasado. Barbie, decía Handler, podía ser lo que se propusiera: desde astronauta hasta presidente, de patinadora profesional a ama de casa, de chica de negocios a mujer de la calle. Barbie había nacido para realizar por anticipado los sueños profesionales, emocionales y de desarrollo personal de las niñas del mundo. A pesar de esta casi ilimitada gama de posibilidades, hay algunas cosas que la muñeca de cintura imposible jamás será. Nunca será gorda, le llevará la contra a su propio pasado, no será mujer, no será natural.
     Sin embargo, su cuerpo y las posibilidades que ofrece funcionan como un espejo social. No es un icono infantil: es un reflejo de nuestras obsesiones. El debate sobre Barbie está lejos de terminar. La muerte de su creadora abre apenas otra puerta para contemplarnos en la muñeca: una más. ~