Toronto 2021: más allá del sinsabor

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Este es el reporte de una cobertura agridulce. El sabor de boca amargo lo dejó la frustración. Si se recuerda, el año pasado los organizadores del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF, por sus siglas en inglés) cancelaron la mayoría de sus funciones presenciales y lanzaron una plataforma para medios acreditados. Hubo películas cuya reproducción estuvo bloqueada en determinados países, pero los inconvenientes se entendían como consecuencia de un experimento sin precedentes. Trasladar a una plataforma un festival de las dimensiones del TIFF debió haber sido una hazaña tecnológica monumental.

Este año, el TIFF conservó la opción de cubrir el festival en línea, pero restringió notablemente el número de títulos disponibles en su plataforma. Parecería un reproche injusto, ya que este año el festival restableció su formato presencial, admitiendo a todo aquel que acatara las condiciones para entrar a Canadá. Por ejemplo, someterse a una prueba covid aleatoria, inmediata al aterrizaje. Los elegidos, aun si tenían un esquema completo de vacunación, debían guardar una cuarentena de ocho días –más que la duración del propio festival–. No valía la pena el riesgo, mucho menos bajo la creencia de que la mayoría de la programación podía cubrirse online.

Este año, sin embargo, la decisión de que películas esperadas o premiadas en otros festivales no se incluyeran en la programación digital revela algo preocupante: una falta de comprensión por parte de productores y directores de cómo ha cambiado la experiencia de ver cine. La creencia generalizada es que los geobloqueos de películas se deben al temor a la piratería. En realidad, la mayoría de las restricciones tienen que ver con acuerdos de distribución (si las películas se verán en salas o en plataformas) y, en muchos casos, con el rechazo de algunos directores a que la prensa y la crítica vean sus películas en condiciones no ideales (la sala de su casa). Tengo noticias para unos y otros: cada vez más son las audiencias quienes deciden dónde ver cine. Por otro lado, quienes tenemos como tarea ver películas y formarnos una opinión que compartiremos con otros, llevamos años incluyendo en la ecuación variables como “calidad disminuida según el formato de la exhibición”. Además de anacrónico, su remilgo es condescendiente.

El lado dulce de la cobertura siempre serán las películas. O bien, la posibilidad de verlas para luego ponerlas en el radar del espectador. Ofrezco a continuación una breve lista comentada de mis favoritas de esta edición.

You are not my mother, de Kate Dolan

Una de las secciones más sólidas del TIFF es Midnight Madness, que acoge al cine de horror. En ella pude ver la ópera prima de la irlandesa Kate Dolan, mezcla perfecta de cuento folclórico y alegoría sobre el desconcierto que causan los síntomas de una enfermedad mental. La víctima de esta confusión es Char (Hazel Doupe), una adolescente tímida a cargo de su abuela y habituada a que su madre Angela (Carolyn Bracken) pase los días echada en la cama y sin ánimos de nada. En la noche de Halloween, Angela desaparece; cuando finalmente vuelve, se comporta como otra persona: vigorosa, entusiasta y hasta un poco intimidante. Así como Relic (Natalie Erika James, 2020) era en esencia una metáfora sobre el Alzheimer, You are not my mother podría haber sido su equivalente, esta vez de la bipolaridad. El riesgo, muy bien librado, de Dolan es invitar al espectador a tomar en serio una historia familiar macabra y la posibilidad de que la “nueva” Angela sea un ente sobrenatural.

The rescue, de Elizabeth Chai Vasarhelyi y Jimmy Chin

En junio de 2018, doce niños futbolistas y su joven entrenador entraron a una cueva en Tailandia. Una lluvia no prevista inundó la cueva, y los exploradores no pudieron salir. Ya que el caso fue difundido en medios de todo el mundo, se sabe que, contra toda expectativa, los niños y su entrenador fueron rescatados vivos casi tres semanas después. Temo referirme a este documental como valioso, angustiante o emotivo porque son adjetivos que se usarían para describir cualquier crónica de supervivencia. The rescue, sin embargo, es un animal distinto. Los directores reconstruyen la anécdota desde la perspectiva de los buzos, los primeros en pensar que el rescate sería “imposible”. Los videos de la búsqueda provocan un sudor frío: aguas turbias, estrechos imposibles y –la imagen más surreal de todas– los niños y su entrenador esperando pacientes en un resquicio de la cueva. Igual de fascinante es el retrato de los buzos voluntarios que lideraron la búsqueda: dos ingleses introvertidos que, cuando jóvenes, vieron en el buceo de cuevas una forma de escapar a la presión de socializar. The rescue obtuvo el premio del público al mejor documental del TIFF y casi puede predecirse su nominación al Óscar.

Aloners, de Hong Sung-EUN

Ensimismada y arisca, Jina (Gong Seung-yeon) evita interactuar con personas de carne y hueso. Su trabajo en un call center le permite permanecer varias horas dentro de su burbuja, mientras que sus ratos libres los pasa en compañía de su celular. Un día, un hecho perturbador irrumpe en su rutina y eso provoca el derrumbe de su fachada de insensibilidad. Las notas de prensa de Aloners la describen como una crítica al fenómeno conocido como holojok: la preferencia por vivir solo, practicada por un tercio de la población de Corea. Aunque la propia directora se refiere a sí misma como una holojok en recuperación, Aloners no sigue la ruta de la satanización de la tecnología o del regaño generacional. La brillante actuación de Gong, inexpresiva salvo en instantes clave, permite al espectador atisbar las emociones de un personaje que se ha esforzado por reprimirlas. El guion sugiere una razón detrás de este entumecimiento, más relativa al trauma que a una tendencia social.

La hija, de Manuel Martín Cuenca

Con su película más reciente, Cuenca confirma ser de los directores españoles vivos más consistentes e interesantes. Como hiciera en sus anteriores Caníbal (2013) y El autor (2017), juega con los prejuicios morales del espectador al poner de cabeza sus definiciones de “criminal” y “bienhechor”. Esta vez narra la historia de una pareja infértil e infeliz por ello. Ansiosos por criar a un hijo, le hacen una propuesta a una joven embarazada, recién escapada de un reformatorio: la esconderán de la policía y aceptarán que viva en su casa, siempre y cuando, llegado el momento, ella acepte renunciar a la maternidad de su futuro bebé. La aparente civilidad del trato se esfuma cuando, al poco tiempo, la joven cambia de opinión. La ambivalencia moral del relato se potencia al infinito con la actuación de Javier Gutiérrez en el rol de huésped protector. Pocos actores con su talento para interpretar personajes que aparentan benevolencia, pero son capaces de lo peor.

Lo invisible, de Javier Andrade

En un primer momento, Lo invisible parece ser una película más sobre ese denominador común de las sociedades latinoamericanas: una brutal inequidad económica y la existencia de élites que parecen vivir en universos alternos. Es cierto que su protagonista, Luisa (Anahí Hoeneisen), encaja en el estereotipo de mujer rica que lo tiene todo, excepto la felicidad. Sin embargo, pronto el ecuatoriano Andrade revela que la tristeza de Luisa tiene un origen mucho más oscuro que el mero ennui existencial. Víctima de depresión posparto, Luisa quiso dañar a su hijo y fue enviada a una institución mental. Lo “invisible” a lo que alude el título es también lo innombrable: la prohibición tácita de estar a solas con su bebé, el trauma que no se borra, y un estigma que la aísla y le impide recuperar la salud mental. La puesta en cámara de Andrade pone distancia entre el espectador y Luisa, evitando un tono sentimental. Las tomas por la espalda de ella, con un chongo a la Kim Novak de Vértigo, recuerdan al espectador que este es un relato de soledad y locura, no tanto de flagelación social.

Medusa, de Anita Rocha da Silveira

En una ciudad de Brasil, un grupo de jóvenes obsesionadas con la “virtud femenina” llega a extremos para castigar a aquellas mujeres que consideran impuras. En redadas nocturnas y escondidas tras caretas blancas, las tunden a patadas y golpes (a una le desfiguran el rostro y lo cuentan con orgullo: es su anécdota fundacional). Con guiños al giallo italiano y a la estética retro kitsch de algunas películas de David Lynch, Medusa hace una parodia de la derecha cristiana que respalda a Jair Bolsonaro (y, por extensión, de las iglesias evangélicas cada vez más infiltradas en los gobiernos de Latinoamérica). Aunque el aspecto visual resulta más poderoso que el narrativo, Medusa es audaz en su decisión de mostrar a las propias mujeres como perpetuadoras de estereotipos y capaces de crueldad. Queda claro que su comportamiento obedece a un machismo arraigado; pero hay mucho de reivindicativo en hacer que la historia se cuente a través de personajes femeninos vigorosos –para bien y para mal, como sucede en la realidad.

Întregalde, de Radu Muntean

Si no hay reflectores o cámaras que registren una buena acción, ¿vale la pena realizarla? ¿O invertir tiempo y recursos que no se tenían contemplados? Se antoja preguntar esto a quienes gustan de cacarear su empatía hacia los necesitados, aun si probablemente no responderían con la verdad. Por lo pronto, son los dilemas a los que se enfrentan Ilinca (Ilona Brezoianu), Dan (Alex Bogdan) y Maria (Maria Popistaşu), miembros de una asociación humanitaria rumana. Tras entregar paquetes de víveres a los habitantes de la aldea que da nombre a la cinta, el trío de benefactores se dirige a una recepción ofrecida por el alcalde. De camino, un anciano les pide “aventón”. Acceden de mala gana y así empieza una pesadilla que evidencia los límites de su altruismo y lo que piensan en realidad de los pobres a los que asisten. Como buen cineasta rumano, Muntean vuelve al espectador testigo de las etapas de desesperación que recorren sus personajes. Esto último refuerza el subtexto: no es lo mismo una película sobre altruismo “sin contratiempos”, que una que, como Întregalde, muestre las exigencias de un involucramiento real.

Drive my car, de Ryusuke Hamaguchi

Aunque su cronología es lineal, hay tantos mundos y cavilaciones contenidos en Drive my car que tiene el efecto de un relato con estructura de cajas chinas. El cuento de Haruki Murakami del que toma su nombre es apenas una de ellas: habla de un actor viudo que contrata a una chofer joven con quien comparte historias de arrepentimiento y duelo. En la adaptación de Hamaguchi y su coguionista Takamasa Oe, el drama del viudo ocurre en tiempo real e incluye la puesta en escena multilingüe de Tío Vania, de Chéjov. Imposible reducir la cinta a su sinopsis; ya no se diga el efecto hipnótico de su escenificación. Desafiando nociones comunes de dinamismo cinematográfico, la secuencia más poderosa tiene lugar en un asiento trasero, y muestra solo a dos hombres hablando de una mujer muerta. No hay piruetas ni arrancones; si acaso el murmullo sordo de un auto que se desplaza a velocidad estable. Prepárese el espectador para una nueva definición de “vuelco”. Ganadora del premio al mejor guion en el pasado festival de Cannes y mi favorita de las disponibles en la programación digital. ~