La no-lectura en México

Si se quiere mejorar el nivel de lectura en México es necesario comprender los distintos estilos de evadir la lectura. En este artículo se esbozan algunas maneras de no-leer.
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Expresar lástima sobre el nivel de lectura del mexicano promedio -que viene siendo el mexicano total- se vuelve un aburrido lugar común. Dicha queja resulta pesada cuando proviene de alguien que apenas libró la media porque en su paso se cruzó una versión acotada de Aura o una edición de los Poemínimos en solitario. Cuando se afirma, luego después, que la causa del problema estriba en la baja calidad de la educación, cosa que normalmente se dice como si se hubiera descubierto la pólvora, ya es una invitación a la violencia. Además, las clases “educadas” de nuestro país, como ha sido demostrado, son de las que menos leen.
    Queda claro que el ínfimo índice de lectura no mejorará -si es que es preciso que mejore- hasta que no se entienda cabalmente al público no-lector. Es decir, se tienen que identificar objetivamente las razones subjetivas por las cuales no se lee. Sin embargo, aquí nos encontramos con otro problema. En México hay tantas personas que no leen que se torna verdaderamente imposible hacer una tipología que comprenda todas las maneras y estilos de evadir la lectura. El mexicano no-lector abarca todas las clases y edades, grado de escolaridad, nivel de profesionismo y salud ocular. No obstante, en el abismo de la no lectura se alcanzan a vislumbrar algunas preocupantes tendencias generales.  
    Entre los no-lectores más típicos y pintorescos se encuentran aquellos que guardan cierto respeto por la lectura. Se puede llamar el "no-lector casual". Por lo general tienen conocimiento superficial del canon. Este no-lector conoce los títulos y nombres de los autores de los libros que debía de haber leído pero no leyó. Los más duchos conocen incluso los pormenores de la trama de algunos de los libros o bien pueden recitar un par de versos sueltos de algún poema. No es inusual escucharlo hacer comparaciones con Don Quijote peleando contra molinos de viento, o inspirándose con un "verde que te quiero verde", por ejemplo. Su falsa lectura forma tal parte de su vida que cuando menciona un libro asegura siempre haberlo releído y se congratula con el asombro de sus cuates lectores cuando les platica que “esta releyendo” En busca del tiempo perdido como si la vida no fuera demasiado corta. Pertenece a la misma familia de no-lector aquel que no puede reconocer que no ha leído un libro. Pareciera que salvaguardan el conocimiento universal con su existencia ya que asegura haber leído cualquier libro que se le pregunte. Su poeta favorito, en el mejor de los casos, es Pablo Neruda pero normalmente prefieren a Benedetti. En su más graciosa expresión creen que Antonio Machado es un cantautor.
    Otro grupo de no-lectores se puede catalogar como “no-lector militante”. El no-lector militante general no tiene remedio. Si no tiene gusto por la literatura, de cualquier tipo, no se puede hacer nada para que lea. No juzga que la literatura sea útil o necesaria, ni socialmente ni para su enriquecimiento personal. Con un poco de suerte leerá el periódico por internet, las revistas del corazón o alguna publicación de estilo que le permita contribuir a una charla. Este tipo de no-lector es relativamente inofensivo. No es el caso del no-lector militante especializado, que se revela como uno de los tipos más alarmantes. Entre ellos se encuentran los escritores jóvenes cuyo oficio proviene del estilo de vida más o menos cool de los literatos y no de su amor por la literatura.  No leen nada que no confirme que lo que escriben es novedoso y revolucionario. Por lo mismo suelen leerse entre ellos y afirman estar cambiando el rumbo de nuestras letras. No persiguen su gusto a través del tiempo e ignoran lo que critican. Se ofenden si se les sugiere la lectura de un autor que logró lo que se proponen desde 1948 o si se les señala que su supuesto verso sin prosodia es un octosílabo coplero. No es raro que un no-lector especializado haya escrito más libros de los que ha leído. Lo más nocivo de este no-lector es que contribuye significativamente a confirmar la inutilidad de la literatura que abanderan los no-lectores militantes generales.
    Finalmente llegamos al “no-lector político” que tanto ha ocupado a los internautas en fechas recientes debido a la pifia del pre-copete presidencial en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Pero no sólo fue Peña Nieto. Cordero también se echó una después y López Obrador no conoce muy bien lo que promueve en la Cartilla Moral, de Alfonso Reyes (como evidenció Guillermo Sheridan en su blog). Este tipo de no-lector, digamos, “presidenciable”, no resulta tan preocupante. En una sociedad moderna, según pretendemos ser, no se puede esperar, ni es deseable que el presidente sea un sabio enciclopédico que cuestione cada decisión desde un punto de vista filosófico y literario. Las excepciones son pocas. Vamos, desde Weber se considera al gobernante como un diletante respaldado por un aparato burocrático especializado. En este sentido es verdaderamente preocupante que los precandidatos presidenciales se rodeen de “no-lectores burocráticos” que no sepan asesorarlos de manera correcta para responder preguntas tan sencillas, en el caso de Peña Nieto y Cordero, o señalarles el fascismo velado de la Cartilla Moral en el caso del Peje. En una conversación reciente con una de las personas encargadas de diseñar la imagen de campaña de Cordero (conocencia que me hace tremer al confesarla) me decía orgullosamente que en el año en curso sólo había leído dos libros y que uno de ellos era un manual para entrenar a su recién rescatado perro. Ni leer, pero, ¿cómo asesorarán estos no-lectores burocráticos a los no-lectores presidenciables sobre cosas que verdaderamente importan?  
    Consterna, además, que los precandidatos no tengan la inteligencia o por lo menos el oficio político para darle la vuelta a sencillas preguntas sobre la lectura. En la clase de “Comentario de Textos” de la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, hace más años de los que quisiera recordar, había un compañero que nunca leía. Tanto, que lo apodábamos el no-lector. Nunca leía la crónica de Altamirano o la carta de relación de Cortés que había quedado de tarea. Sin embargo, en clase, levantaba la mano, confesaba que no había leído el texto, y procedía a refutar la refutación que un compañero había hecho al comentario de otro compañero. Yo por él si votaba.