La primera víctima del Muro

Peter Fechter y Helmut Kulbeik intentaron escapar de la RDA en 1962. Kulbeik lo logró; Fechter en cambio se convirtió en la primera víctima del Muro. 
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Berlín es la penúltima frontera. Antepenúltima. Van once que cruzamos. En avión, autobús, trenes bajo el mar y nocturnos entre nieve. Serán trece para cuando vayamos de vuelta, sobre el Atlántico; para cuando esto, que hace varias semanas dejó ya de ser un viaje, termine. Pero ahora en Berlín, la concentración del siglo XX, vamos de Prenzlauer Berg al Memorial del muro. Caminamos para limar la insistencia del invierno centroeuropeo.

Es menos llegar a él que verlo aparecer, yendo por la calle Gartenstrasse, un terreno baldío con el pasto de un verde improbable; un fracción de muro al fondo, sobre la avenida Bernauerstrasse, una abstracta maqueta sobre el lugar en acero oxidado como recibidor. Textos, fotografías, audios, ilustraciones y planimetría empotrados en placas verticales en el mismo acero oxidado. Al centro, frente al fragmento de muro, las fotografías individuales de cada una de las personas que murieron al intentar cruzarlo, en nichos de un estante en el mismo material y el mismo acabado.

Nos separamos. Ella va a las fotografías, yo a tocar el muro. Si te acercas, me alcanza minutos más tarde y me cuenta, ves que no son fotografías. Son imágenes; hechas en puntillismo. Una, pulcra e intensa, sobresale. Es la de un tipo joven, guapo y quizá denso o profundo. Camisa blanca, saco, peinado con raya a la derecha. Su esforzada descripción me incita y voy. Es lo que dijo. Es incluso, quizá, algo más. Aunque algo falta. No por descubrir, sino por sumar a su ingobernable, esquiva expresión en la que, en ese momento, quedó para siempre. Algo que está a punto de decir. O que está diciendo.

Bajamos del Memorial hasta el Checkpoint Charlie. Una hora. Entramos al McDonald’s junto a la casetita blanca con los costales, frente al Mauermuseum. Mientras comemos, ella investiga. En internet. Peter Fechter, la pérdida más trágica y mediática del muro –por el modo y por las repercusiones de su muerte. 17 de agosto de 1962, año y cuatro días después de la edificación del muro, intentó escapar de la RDA con un amigo, Helmut Kulbeik. Tenía 18 años. Semanas antes había aplicado una solicitud, negada, para cruzar a la RFA y visitar a su hermana, Liselotte. Entonces, él y Kulbeik, ese día de agosto del siglo pasado intentan saltar el muro. Literalmente. Saltan desde una ventana para caer dentro del corredor de la muerte. El espacio residual e inerte entre los muros edificados por cada una de las Repúblicas alemanas. Las tropas de frontera de la RDA, con órdenes de hacerlo en esas circunstancias, abren fuego. Kulbeik cruza, pero una bala alcanza a Fechter en la pelvis. Cae herido y, ante gente del lado occidental que lo mira gritando, pidiendo ayuda, en una hora se desangra. ¿Kulbeik, no vuelve para ayudar? No. Al parecer terminó su vida alcohólico. En el juicio de dos guardias de Alemania del Este por el asesinato de Fechter, donde se dictaminó que, de cualquier modo, debido al tipo de herida nadie habría podido hacer nada por él, no pudo declarar. ¿Qué es de él? Nada; pero lleva en su cartera una foto en blanco y negro de Fechter, pesada como el muro. ¿La misma del Memorial? No sé. Dice que lo recuerda todos los días, que él, Kulbeik, era un disidente y Fechter solo quería reunirse con su familia; que hubiera preferido que le dispararan a él.

Las respectivas fotografías y de vuelta a nuestro cuartito en Prenzlauer Berg. Otra hora, más menos. Siempre caminando, ya no alcanza para el Strassenbahn o el U-Bahn. Ella viene hablando de algo; quizá de las horas previas o las por venir. Mañana es el penúltimo día en Berlín. Yo en silencio. Porque está la historia, el contexto, y un reverso imposible tras la melancólica mirada de Fechter. Puesta, con probabilidad, en la feroz intuición de lo inevitable y lo falible. Me digo palabras de Magris, el germanista, hay ciudades de frontera, como su Trieste, y ciudades hechas de fronteras, a las que las circunstancias políticas les resta parte de la realidad. Pienso en las fronteras que cruzamos, hace cuánto que no sellan nuestros pasaportes y cómo sangramos euros en cada ciudad. Angustia regresiva: intento nivelar la diferencia entre su muerte y la confidencial y prudente expresión de su cara. Un espacio residual e incomprensible entre ellos que se hace un modo de frontera parecida a la que Jay Landsman alude apropiándose de Shakespeare: un arroyo del cual ningún viajero jamás ha vuelto.

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