Sebastián en un mar lejano

El mensaje de un náufrago en pleno delirio
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Familia, sé que hace mucho no envío noticias de mí, pero es que ya quedan muy pocas de las botellas en que les envío las cartas y que lanzo al mar esperando que el azar haga bien las cosas y las lleve hacia ustedes… No sé cuánto tiempo estamos navegando y navegaremos en esta niebla que rodea a nuestra embarcación y que abarca todo el horizonte escondiendo a esos grandes pájaros blancos a los que oímos chillar teke li liii, teke li liii, teke li li liii, cuánto hemos de esperar a que se levante este lienzo espeso y blanco y silencioso extendido mucho más allá de donde alcanza la vista y que nos retiene prisioneros y como ciegos, de modo que para saber que aún quedamos algunos nos llamamos a gritos y así vamos desde que dejamos atrás las Ínsulas Nemorosas y vagamos por una ruta desconocida de todas las cartas marítimas, y yo, confundido con todos en la niebla, a veces me grito mi nombre para saber si aún soy Sebastián y si soy el hijo, el sobrino, el nieto, el hermano de ustedes, o sea si soy este que da vueltas y vueltas de arriba a abajo de este barco que ya no recuerdo ni cómo se llama ni qué matrícula tiene y si terminaré tropezándome con el otro Sebastián, y…

Discúlpenme la mala letra pero es que escribo casi a ciegas esta carta que una vez más lanzaré al mar en una de las pocas botellas que todavía ruedan de aquí para allá en la cubierta, las ruidosas botellas sin el vino ahora repartido entre las cabezas de mis compañeros marineros que, borrachos hasta las uñas, cantan y eructan canciones que no copiaré aquí porque papá no querría leerlas a mis hermanitos… Lo que deseaba decirles es que tal vez llegaré tarde a casa y que por favor me dejen la llave bajo la alfombrilla del último escalón superior de la escalera, yo entraré en silencio en la noche cuando todos ustedes duermen y les pido que por favor me pongan la cena en la mesa de la cocina, bajo la amarillenta luz del foco de sesenta vatios y asediado de moscas… Sólo eso pido, que al llegar yo, porque tarde o temprano llegaré, se los juro, encuentre el familiar  y querido paisaje interior del hogar: esa mesa, ese foco de luz amarillenta, esas familiares moscas, y no es necesario que estén ustedes despiertos, mejor que duerman ustedes, así será más fresca la alegría de todos al despertar a la mañana siguiente ¿no les parece?…

Dirán ustedes que soy un ingrato, que ninguna necesidad tenía de hacer tan largo viaje,  que por qué me he alejado tanto de la familia… y, sí, me declaro culpable, me pregunto para qué les había yo mentido diciendo primero que me iba a remar al lago de Chapultepec o a recorrer en chalupa los vericuetos de agua de Xochimilco, para qué luego he vuelto a  mentirles diciendo en las botellas mensajeras lanzadas al mar que me hallaba en Venecia trabajando de gondolero y paseando turistas, lo siento, hasta les mandé una foto en que se me ve en una góndola llamada Lupita como si fuera cualquier chalupa de Xochimilco, esa foto está trucada, mejor rómpanla, es un engaño pero hecho por puro amor, para que me sintieran menos lejos de ustedes…. Es que, de veras, lo que pasaba es que ya desde chico cuando iba a la escuela en días de lluvia me gustaba meter los pies en los charcos callejeros y sentía yo que el charco tiraba de mis pies y quería ser el mar, y el mar quería capturarme, llevarme lejos de la casa, de la ciudad, de la serie de todos los días, lunes y martes y miércoles y jueves y viernes y sábado y domingo, y vuelta a empezar, y es que siempre supe que yo debía ser hombre de mar, que ése era mi destino, señalado por los Dioses, si los hay, y mi destino era, no se rían ni se espanten, el de ir por estos mares del mundo cuyo oleaje rumoroso me llamaba ya desde antes de nacer, o tal vez desde antes de ser, con perdón sea dicho, un mero escalofrío lúbrico en la espina dorsal de papá y mamá… Pero yo no sabía que más allá de cierta latitud sólo hay un horizonte infinito en el que no existe una visible raya divisoria entre lo que es puro mar y lo que es puro cielo, de modo que este veterano barco panzudo, humeante y roñoso, tan curtido en mares y en tormentas y en calmas chichas y en servicios de guerra y en contrabandos y piraterías, este barco lento y torpe, dirigido por un capitán borracho, perdió el rumbo no se sabe cuándo y navega más allá de las rutas leídas en los mapas y aconsejadas por la brújula, y fue de tal manera como acaeció un día que ya no había islas al sur ni al norte ni al este ni al oeste, ya navegábamos no en el mar sino en la densa niebla blanquísima en la que estamos metidos y perdidos, sin norte ni sur ni este ni oeste, con la patria ya desteñida por sol de la desmemoria…

Ahora el taimado capitán, entre dos intensas fumadas de su pipa en forma de sirena, que lanza al aire voluptuosas volutas de humo también en forma de sirena, jura y perjura que sí, que ya muy pronto llegaremos, que ya se huele tierra, que ya le llegan a las expertas narices las ráfagas aromáticas de las lúbricas, las orenas, las dulces muchachas vírgenes que anhelosas de nuestras caricias nos esperan en las Islas Paradisíacas, pero yo creo que el capitán ya sufre ¿o goza? del delirium tremens, y que por eso vamos como vamos hacia ningún horizonte…

Pero no deja el gaviero Gabiel de tocar su ukelele loco, tilin tilín iiieeeuuuu, tilín li li ling iiieeeuuu, y ya algunos dicen que él es el culpable de lo que pasa, que su nombre es Jonás, que ha endemoniado al barco, y ya están hablando en sususrros de romperle el ukelele en la cabeza y tirarlo fuera de borda a que se lo trague algún leviatán cuyos ojos acechan atrás de la interminable blanca niebla…

 […Y esto es lo que con el dedo índice escribía Sebastián en las páginas de arena del desierto de Zhirzha, el del desvelo y la sed y los ondulantes espejismos.]