“Les dejo de herencia mi libertad”: Entrevista con Chavela Vargas

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Este año tuvo lugar el i Curso Internacional de Editores, organizado por el Centro Francisco Tomás y Valiente de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y el Taller de Mario Muchnik, gracias a una subvención de la Conselleria de Cultura i Educació de la Generalitat Valenciana. Bajo la dirección del propio Muchnik, se han dado cita en Alzira los protagonistas de la edición española con el fin de formar a un grupo reducido de alumnos en las labores editoriales.

Quisiera saber algunos detalles técnicos sobre este curso…
Entre los requisitos para matricularse se exige un título universitario o dos años por lo menos de experiencia en una editorial o un grupo de comunicación. Es, por consiguiente, un curso de posgrado de trescientas horas por el que se ofrece un diploma de extensión universitaria.

¿Cómo se enfocaron las prácticas?
Todas las horas que di yo, alrededor de un cuarenta por ciento, fueron de prácticas. Y el trabajo práctico fue hacer el libro Las mocedades del Señor de Andrade, de la autora argentina Nora Andrade.

Es decir, el principio rector del curso sería el que reza en el folleto informativo: “A editar se aprende editando”.
Claro. Podemos hacer venir, por ejemplo, a Jorge Herralde y él les hablará a los alumnos de su editorial, del pasado, presente y futuro de la edición, de lo que tú quieras. Es como si viene Hitchcock para hablar de cine: será sin duda muy interesante, pero no aprenderán a hacer una película. Pues bien, la parte práctica consistió, en primer lugar, en lanzarlos a la búsqueda de manuscritos, pues si quieres ser editor debes tener algún contacto con el mundo de la cultura. Luego, durante veinte horas se leyeron los manuscritos, se intercambiaron, se evaluaron y se discutió sobre ellos, es decir, tuvimos una reunión de comité editorial. Al final, escogieron el manuscrito que aporté yo, pero lo desaconsejé porque no me pareció gran cosa. Ellos me respondieron que no lo había entendido y que debía leerlo otra vez. Lo hice y, chapó, tenían razón: era una gran novela. A partir de ahí, el libro entró en el proceso normal de producción. La lectura editorial, párrafo a párrafo, llevó otras veinte horas. También decidimos el formato, el tipo de letra y el diseño de la cubierta, que lo hizo uno de los muchachos, incluidos la foto y el montaje. Un profesional hizo las correcciones de pruebas, aunque cada uno por su lado hizo una corrección. Por último, fuimos de expedición a Barcelona a visitar la imprenta.

Y luego se puso a la venta.
Sí, el libro salió a la venta. Y aquí viene uno de los aspectos negativos del proyecto: como el libro lo financiaba la UNED, se lo tuvimos que dar a su distribuidor habitual, que trabaja con libros de texto. Cuando le hice notar a Javier Paniagua, el director administrativo, que el libro no estaba en El Corte Inglés el día de la presentación, me respondió que no habían pedido ejemplares. Pero, claro, el librero no pide lo que no se le ofrece. Se habían enviado ejemplares a 89 periodistas clave, pero si no ven el libro, ¿por qué los periódicos le van a dar espacio? Editar, decía mi padre, es distribuir, y era un viejo zorro de la edición.

¿Cómo surgió la idea de crear este curso?
La idea se gestó a instancias de Pedro Sorela. Una noche, entre humo y alcohol, sobre las tres de la mañana, me dijo: “Tú, gilipollas, deberías hacer una escuela de edición”. Y yo, que soy gilipollas, le presté atención, tomé nota y al día siguiente ya estaba trabajando sobre ello. Más tarde, antes del verano de 2002, durante una comida de trabajo con la UNED, le dije a Javier Paniagua, el director del centro Tomás y Valiente, que estaba en eso. Inmediatamente habló con Manolo Tarancón, el conseller de Cultura de la Generalitat Valenciana, y nos dimos cita en su despacho. Javier y yo preparamos un presupuesto y fue aceptado.

¿Qué ventajas crees que ofrece este curso con respecto a los demás?
La parte práctica en primer término. La falta total de mentira, en segundo. He visto algún libro hecho en un máster de por ahí y es deplorable. Está dirigido por gente que no sabe lo que es editar. Y no sólo eso, sino que el contacto con la clase editorial de este país es nulo. Los mandan a hacer prácticas, pero en una editorial se trabaja y no se está para dar clases. Lo que se necesita es personal bien formado, que sepa hacer libros, al que se pueda decir que haga un libro en rústica con solapas sin darle más explicaciones. Eso, los chicos de mi curso ya lo saben. ~


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