Lizalde, rosas y tigres / 4

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En 1956, un año después de su formal entrada en el Partido Comunista Mexicano, Eduardo Lizalde publica La mala hora en la colección Los Presentes, dirigida por Juan José Arreola, de quien ya era amigo y rival en el ajedrez y en la degustación de poemas, prosas, quesos, vinos, etc. Ese librito, el primero de sus libros impresos, es el intento de una poesía “comprometida” aunque no panfletaria, y él mismo dirá en la autofustigafora Autobiografia de un fracaso./ El poeticismo (ed. Martín Casillas, 1985) que era “un degradado híbrido de poeticismo vergonzante y escolar marxismo”. En “Pan de ayer”— uno de los pocos poemas que “rescató” en su recopilación Nueva memoria del tigre— ya muestra un buen manejo verbal pero incurre en el cándido (por visiblemente astuto) error intelectual de estetizar el discurso político: lo pone en modo poeticista. Y así el drama social, tratado con intención de lirismo irónico y como un encadenamiento de imágenes demostrativas, fracasaba en una involuntaria solemnidad retórica:

Para los pobres ya el pan era tortuga

que mucho tiempo tardaba en caminar

del mostrador a la boca.

Pero el pan subió de precio

y con ello fue mayor su lentitud.

Era el pan de los hambrientos:

para llegar tortuga

y liebre para irse.

(…)

En su difícil costra el pan vivía

como la nuez, que calza su escondite,

escapando del pobre en cuya boca

vive el hambre, que es la roña del pan.

¿Lizalde “poeta comunista” en esos años? No parece que hubiera llegado al comunismo por resentimiento social. Pienso que su afiliación temporal en lo que yo llamo la Izclesia se habrá debido tanto a un espíritu de justicia como al afán de vivir una pasión ideológica en el modo de un juego serio. Pero, como lo ha dejado clara y duramente ver el trayecto histórico de mucha poesía del siglo XX, el matrimonio de la poesía y la ideología, aun si éstas son practicadas a fondo, rara vez deja de ser un latente divorcio, es decir un persistente fracaso y, a la larga, una aberración intelectual y un continuo adormecimiento de la conciencia en unas retóricas acomodadas a una suerte de “pensamiento correcto”. Unos años después, hacia 1960, Lizalde, que ya, como José Revueltas, era un tenaz crítico de la religión marxista leninista y del “socialismo realmente existente”, es decir un descreído del sobreviviente discurso estalinista, será catapultado fuera del partido.

Ahora, Lizalde, sin dejar de ser un hombre de izquierda, pero liberado de las ataduras ideológicas de la Izclesia, se encontrará en la saludable intemperie que es la libertad intelectual. Y tras su lúcida revuelta ante los dogmatismos, ante las ideologías, en fin: ante las ortodoxias reductoras y esquematizadoras, comenzará a atender a la raíz de las mismas: el lenguaje, que, ¿paradójicamente?, es también la raíz de la poesía. Y, tras un no breve proceso de reconsideración de su trayectoria poética y de su visión del mundo (como por entonces aún solían decir los críticos, y algunos de ellos lo decían como mero sinónimo de ideología), publica Cada cosa es Babel (UNAM, 1966), un libro que es un solo poema articulado en una unidad temática y que se mete en una autodesafiante bronca: el asunto de la relación, ¿real o fantasmal?, entre la Palabra y la Cosa. La entrada en materia, el comienzo del asunto, del poema, es —a partir de una frase de Carlos Pellicer: “la roca apasionada”— el intento de penetrar, conocer y en fin de cuentas poseer la “cosa” mental: la palabra misma:

Y le digo a la roca:

muy bien, roca, ablándate,

despierta, desperézate,

pasa el puente del reino,

se tú misma, sé mía,

dime tu pétreo nombre

de roca apasionada.

Y no sabe decirlo,

no cabe un alfiler de labios

en su cuerpo sin rostro.

Pero yo sé su nombre: roca, le digo,

y comienza a ablandarse.

Aun la palabra roca no viene de las rocas.

La palabra es más densa que la roca,

desquebraja la roca,

es el cardillo armado, que sabe de su imagen,

el agua enternecida con lo que refleja.

Cada cosa es Babel es un poema filosófico, una arriesgada interrogación que el poeta, ya desencantado de la experiencia poeticista, formula acerca de la palabra considerada como la “cosa”, la materia en que basa su oficio, su condición misma de poeta, la razón o la sinrazón semánticas de la palabra:

Nombra el poeta

con un silencio ante la cosa oscura,

con un grito ante el objeto luminoso.

Y, hermanándose con la shakespeariana Julieta cuando, en el balcón y en la noche, se interroga acerca del nombre Romeo (en la traducción de Luis Astrana Marín: “¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo) (…) ¿Qué hay en tu nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación!”), Eduardo se interroga acerca del nombre Eduardo, inquiere sobre si ese nombre contiene alguna porción de identidad:

¿Pero qué cosa dicen los nombres?

¿Se conoce al gallo por la cresta

guerrera de su nombre, gallo?

¿Dice mi nombre, Eduardo, algo de mí?

Lizalde, el capitán expoeticista, medita, no sin cierto estupor, no sin cierto temblor, sobre el apoderamiento de la palabra, particularmente el nombre propio, sobre el hombre. Y, ¿decepcionado?, ¿fascinado?, encuentra, en lugar de la razón semántica, un puñado de imágenes nada espectrales, sino, al contrario, muy físicas:

Cuando nací ya estaba creado el nombre,

mi nombre,

pero creció conmigo

como un zarzal de letras,

penetró en la sangre

que llenaba apenas el fondo de la copa,

tiburón en playas bajas.

Fue prendiendo sus garfios en mi cuerpo,

se enredó en mis vísceras,

infló un segundo, verde corazón

junto al mío.

(Continuará)

Publicado anteriormente en Milenio Diario

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