Lobos en los Pirineos

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Los veranos en la España rural tienen dos grandes focos (nunca mejor dicho) de atención: los festivales de música y los incendios. Si uno consigue escapar de las llamas y de la subsiguiente brasa de los políticos (proponiendo siempre nuevas y definitivas soluciones al mismo problema original), puede llegar a cualquiera de estos espacios privilegiados en los que la música disipa, siquiera momentáneamente, el espectáculo de destrucción propiciado por especuladores y pirómanos piraos y la estulticia congénita de los irresponsables responsables de la cosa.
     Además, el Festival de Pirineos Sur a orillas del lago Lanuza, en pleno Pirineo Aragonés— tiene para los paranoicos obsesivos como yo una ventaja con respecto a los demás, no tanto por el cartel de músicos, que es excelente en todos los festivales de la península, sino por la presencia abundantísima del líquido elemento que, según nos explicaban en la escuálida escuela, es lo único que no arde.
     De cualquier forma, el pasado mes de julio, al avanzar por la carretera hacia Huesca, uno tenía la sensación de deslizarse sobre una inmensa barbacoa incandescente, no se sabe si por los incendios o por algo todavía más grave, el cambio climático, que está convirtiendo el planeta en un horno microondas.
     Hasta el precioso logo del festival, el camello de tres jorobas diseñado por Isidro Ferrer, cobraba, inopinadamente, un significado premonitorio y amenazador.
     Según subíamos, constatamos que en los picos del Valle de Sallent no quedaba ni rastro de nieve y que los embalses del Gállego que íbamos sorteando parecían haberse evaporado.
     A más de mil metros de altitud, sin embargo, el aire refrescaba lo suficiente como para abrir el apetito sonoro y la primera visión del escenario principal, descansando sobre la superficie del lago, dulcificó definitivamente nuestro estado de ánimo.
     El Festival duraba del 8 al 30 de Julio, pero nadie en su sano juicio puede pretender disfrutarlo entero y regresar a su realidad cotidiana impunemente. Ya lo dice el Plan Nacional contra las Drogas: cuidado con las sobredosis.
     En el término medio está la virtud (hasta de los vicios) y allá por el 15 de julio desembarcamos en la ladera del auditorio bajo el fuego cruzado de Antibalas, grupo multiétnico nacido en Nueva York en 1998 y que disparaba las proteínas sónicas de su afro-beat en todas direcciones. Esta actuación iniciaba el ciclo de conciertos agrupados bajo el epígrafe de “En las fronteras de América del Norte”, que incluía a artistas de los tres países que la forman: Canadá, Estados Unidos y México. En la edición del Festival de hace dos años, del que dimos cuenta en estas páginas, hubo también una profusa representación de artistas mexicanos, pero en aquella ocasión el nexo era otro y más obvio: Latinoamérica. Y quizá por ello, esta nueva propuesta resulte más provocativa: hablar de la incardinación de México en América Latina es un lugar demasiado común, pues hay toda una historia, lengua y cultura compartidas, pero ¿cuál es la relación de México, más allá de la geografía, con los bárbaros del Norte? Desvelar las interioridades de ese choque cultural: sus conexiones y contrastes, puntos de encuentro y desencuentro, identidades y oposiciones, resulta un estimulante ejercicio de observación y reflexión.
     Por allí desfiló, en deslumbrantes noches estrelladas, la voz azul de Lhasa, cantante canadiense, de padre mexicano y madre norteamericana que, con tan sólo dos discos —La llorona (1997) y The Living Road (2001)— ha conseguido atraer al público europeo hacia su mundo interior magnético y denso en emociones que te transmite en francés, inglés o español y envueltos en múltiples aromas sonoros: aires gitanos, canciones mexicanas, cadencias electrónicas, variaciones de jazz. Otro día presenciamos, boquiabiertos, al rapero neoyorquino Rahzel haciendo beatboxing con su voz, una garganta profunda de la que surgían en una secuencia imposible todo tipo de instrumentos y percusiones.
     También vino desde Tucson (Arizona) Calexico, feliz metáfora de unión entre México y California que toma su nombre de una ciudad fronteriza norteamericana. Sólo las aguas del Río Bravo la separan de su ciudad-reflejo en México: Mexicali, otro hallazgo poético que sabe dios quién inventó. La música del grupo, decididamente entroncada con el country rock, se entrevera de forma enérgica e imaginativa con géneros latinos, jazz y electrónica consiguiendo un sonido oscuro, inquietante, originalísimo. Del inmenso mosaico norteamericano también viajaron The Klezmatics, cuyo estilo musical se resume perfectamente en el título de uno de sus discos, Rhythm and Jews, una electrizante mezcla de klezmer hebreo y acid jazz. El espectáculo musical creció hasta las estrellas con el portentoso Joe Zawinul, austriaco de nacimiento y nómada por adopción que construyó en el Nueva York de 1970, con el trompetista Wayne Shorter y el inconmensurable contrabajista Jaco Pastorius, la bomba musical más potente y sofisticada del jazz-rock: Weather Report. Su nueva formación, con la participación del multiinstrumentista y percusionista armenio Arto Tunçboyaciyan y otros músicos árabes y africanos, multiplicaba las texturas orientales y negras hasta una sofisticación y riqueza expresivas cuya descripción merecería un artículo aparte o quizá una enciclopedia en varios tomos.
     Del México más racial y contemporáneo tuvimos la oportunidad de presenciar el espectáculo visual de Astrid Hadad, con su ropero imposible y delirante, ofreciéndonos su interpretación, en clave de cabaret ácido, del repertorio tropical y ranchero. También nos sorprendió una propuesta con un nombre a medio camino entre el acertijo y el trabalenguas: “Marcovich y Carreón mano a mano con La Bruja tocando”, que escondía una mezcla muy original: el rock latino del ex guitarrista de Caifanes, la voz personal de Juan Carréon desgranando las intensas letras de las canciones y las texturas sonoras —desde Cuba hasta la India— de los componentes de La Bruja (Eros Ortega, Jorge el Dragón y Roy Jarú).
     Y precisamente la noche de luna llena aparecieron Los Lobos, el espléndido grupo chicano que fusiona el rhythm and blues y la música latina con la misma naturalidad que comparte la ciudadanía estadounidense y sus raíces mexicanas.

El concierto formaba parte de una exitosa gira española que les llevó por Gijón, Barcelona y Madrid, fruto del empeño y buen hacer de una organización platónica (La Fábrica de Ideas) cuyas producciones suelen tener una magnífica filosofía musical. La banda de rock latino más importante de la historia acaba de celebrar su 30 aniversario aunque, probablemente por la escasez de de verdaderos pensadores en nuestro país, apenas nos habían visitado anteriormente en dos ocasiones (1987 y 1999). Y eso que siguen en plena efervescencia creativa.
     Con motivo de tan señalado cumpleaños han editado recientemente Live at the Fillmore, su primer dvd en directo, grabado en el 2004 durante sus actuaciones en el mítico auditorio de San Francisco. Para despistados y curiosos anotaremos que en ese espacio —fundado en 1965 por Bill Graham— tocaron Jimmy Hendrix, Cream, The Doors, Grateful Dead, Jefferson Airplane, Janis Joplin, Pink Floyd y todos aquellos que caminaban por el lado salvaje de la vida en esos años, incluido el que inventó la canción. También en 2004, Los Lobos editaron su último CD en estudio, The Ride, extraordinario experimento musical con la participación de Elvis Costello, Tom Waits, Rubén Blades, Café Tacuba y Bobby Womack. Y justo antes de iniciar la gira, ya en 2005, han puesto a la venta — sólo a través de su web — Acoustic En Vivo, un trabajo artesanal, con una portada bellísima de Louie Pérez en la tradición de la gráfica popular mexicana y una cuidada revisión de su cancionero más latino.
     Al contemplar el calentamiento global del público en su potente directo o escuchar la atrevida exploración musical de sus ya casi 20 discos (en la que mantienen un sorprendente equilibrio promiscuo entre la tradición y lo contemporáneo) asistimos a la demostración científica de lo saludable que es vivir en territorios fronterizos, desmitificando identidades colectivas, concibiendo las distintas culturas como puntos de encuentro y de contagio, como algo que te invita a pasar al otro lado y mirar las cosas de forma diferente. Lo que ciertamente une y enriquece; nunca divide, enfrenta o empobrece.
     Para entender la música americana sin fronteras o los efectos vivificantes de la fusión entre los sustratos sanos de la cultura mexicana y la gringa sólo hay que escuchar a este grupo interpretar La bamba, originalmente un son veracruzano, transmutado en el trepidante y sabroso rock and roll que creó el malogrado Ritchie Valens allá por 1959.
     Parecería que los que hablan del inevitable conflicto de civilizaciones e inflaman el aire con sus arengas guerreras y vallas electrificadas son los mismos descerebrados que continúan promoviendo las energías fósiles (o sea prehistóricas, ¿no?) a cualquier precio —porque aparentemente no hay alternativas ecológicas fiables— y desprotegiendo los bosques. Ya que si se talan, como dice Bush, no se queman.
     Estos ecologistas del ritmo (nacidos ya del otro lado, a excepción del cantante César Rosas, originario de Sonora) adoptaron su kilométrico nombre original a toda prisa en una de sus primeras actuaciones, inspirándose en un grupo de música norteña, Los Lobos del Norte, al que cambiaron su lugar de origen: Los Lobos del Este de Los Ángeles. Los habitantes hispanos de esta ciudad californiana, fundada en 1781 con el pintoresco e interminable nombre de Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles de Porciúncula, parecen haber heredado el barroquismo español de sus fundadores. La parte anglosajona de su cerebro, sin embargo, les convenció, en ambos casos, de las elementales ventajas prácticas de la síntesis.
     Junto a su perseverancia y laboriosidad, sorprende que esta banda haya mantenido siempre su composición original. A los adolescentes chicanos César Rosas, David Hidalgo, Louie Pérez y Conrad Lozano, que crearon el grupo, se les unió en los 80 el saxofonista norteamericano Steve Berlin, procedente de The Blasters. Desde entonces se han mantenido juntos, aunque desarrollando al tiempo proyectos personales como Los Super Seven o The Latin Playboys, haciendo bandas sonoras (La bamba, El Mariachi, Los Reyes del Mambo) o produciendo nuevos grupos como Ozomatli.
     Recientemente han incorporado al aplastante Cougard Estrada en la batería, con lo que Louie Pérez ha pasado a mejor vida con la jarana y las guitarras y el grupo ha ganado contundencia y color musical en escena.
     Dicen que las cosas se ven mejor desde la distancia, y no cabe duda de que la mejor y más interesante recuperación/modernización de la música mexicana ha sido obra de este grupo chicano. No sólo están sus versiones de temas tradicionales como Anselma (premio Grammy), Sabor a mí, Volver, volver, sones jarochos, jarabes, huapangos, sino —lo que es más importante— las composiciones propias: como La pistola y el corazón (otro premio Grammy), la desconcertante Mariachi Suite (premio Grammy otra vez), Maricela, María Chistina, Cumbia raza y tantas otras que se me escapan por entre las teclas mientras escribo.
     Las exploraciones por la parte gringa de su alma también han dado resultados deslumbrantes, como el arriesgado disco Kiko and the Lavender Moon (1992) que a mí me gusta, además, por una razón que no viene al caso. No es por azar que aparezcan en el excelente documental sobre las raíces del blues, titulado The Soul of a Man [El alma de un hombre], recientemente estrenado en España, producido por Martin Scorsese y dirigido por Win Wenders. Y perversamente, por efecto del calentamiento moral que sufro estos días, me vienen a la mente las estrofas de una de las mejores canciones de su tradición inglesa, Wicked Rain [Lluvia perversa]: “Rain, rain, rain, a wicked rain falling from the sky […] like travellers in the night, can’t see our way trying hard to make it through another day” [Lluvia, lluvia, lluvia, una lluvia perversa cae del cielo […] como los viajeros en la noche, no podemos encontrar nuestro camino, esforzándonos duramente por sobrevivir un día más].
     Y uno piensa, a la vuelta de Pirineos, que en estos momentos harían falta más aullidos de lobos y menos silencio de corderos, pues como la sociedad no se movilice y los cruciales desafíos colectivos sigan en manos de políticos enanos y corporaciones gigantes, la única forma de que se sofoquen los incendios será cuando se generalicen las inundaciones. Como la de Nueva Orleáns, que ha devastado la ciudad donde nació la música moderna. –