Los buenos relatos de fútbol que ya van a venir

El fútbol necesitó largas décadas para dejar de ser despreciado por el mundo de la cultura y convertirse en tema literario. Por eso, su tradición es mucho más breve que la de otros deportes, como el boxeo. 
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En junio de 1980, a Miguel Delibes le faltaban cuatro meses para cumplir sesenta años. Había publicado catorce novelas, cuatro colecciones de cuentos y una veintena de otros libros, entre crónicas de viajes, de caza y recopilaciones de artículos. Había recibido algunos de los galardones literarios más importantes de España y llegado a ser director de El Norte de Castilla, el diario más importante de Valladolid, su ciudad natal. Sin embargo, en esa fecha publicó un par de artículos sobre un tema acerca del cual no había escrito nada hasta entonces: fútbol. El segundo comienza así:

Hace unas semanas publiqué un intrascendente artículo sobre fútbol y puedo asegurar que en treinta años corridos que llevo en este oficio de emborronar cuartillas nunca un trabajo mío ha desencadenado un tan abundante número de réplicas y correspondencia como en este caso, lo que quiere decir que, al margen de la liberación que pudo representar para algunos este deporte durante la represión de la dictadura, el fútbol, en cualquier circunstancia política, constituye la pasión dominante para no pocos españoles.

La sorpresa de Delibes ante esas reacciones fue seguramente menor que la sorpresa de los lectores ante lo inédito de aquel hecho: que un intelectual del renombre de Delibes se rebajara a escribir sobre fútbol. El más popular de los deportes siempre había sido desdeñado por el mundillo de la cultura. Todavía más asombroso habrá sido que, a finales de 1982, una nueva compilación de textos periodísticos del autor vallisoletano llevara como título el de uno de esos artículos: El otro fútbol.

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Al fútbol le costó mucho —no solo en España, está claro— derribar el muro de desprecio que la intelectualidad erigió durante años entre un mundo y el otro. La derecha lo señalaba como una actividad popular, digna de gente inculta e ignorante, mientras que la izquierda lo menospreciaba por considerarlo un nuevo “opio de los pueblos”. La pasión quedaba en el medio.

Muchas veces me pregunté por qué, a lo largo de los años, el boxeo produjo tantos muy buenos relatos literarios y, en cambio, con el fútbol no ocurrió lo mismo. A menudo me respondí que debía ser por sus distintas características. El boxeo es individual y el fútbol un juego de equipo, y en la ficción los héroes singulares dan mejor resultado que los colectivos. El púgil, además, expone su propio cuerpo, su integridad, en cada enfrentamiento, cosa que —salvo excepciones— en el fútbol no sucede. Por otro lado, el objetivo en el fútbol es, digamos, más bien simbólico (meter la pelota en el arco más veces que el equipo contrario), mientras que en el boxeo se puede calificar de real: dejar al adversario fuera de combate. La parábola clásica de los boxeadores: pobreza-éxito-fortuna-despilfarro-pobreza otra vez, es, desde luego, dramática en sí misma.

Después me di cuenta de que hay otro elemento en la ecuación, quizá más decisivo: la literatura boxística tiene mucha más historia que la futbolera. “Un buen bistec”, de Jack London, posiblemente el primer gran cuento de boxeo, fue publicado en 1909. Desde entonces, muchos otros autores de prestigio (Hemingway, Cortázar, Piglia, etc.) siguieron su huella. El fútbol está muy lejos de contar con tal tradición.

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Hace algunos años, como prueba de que la relación entre fútbol y cultura ha cambiado, surgieron en España dos revistas de fútbol dirigidas a un público distinto de los clásicos lectores de revistas de fútbol. Panenka y Líbero apuntan a personas que, además del fútbol, están interesadas en la cultura, la literatura, la sociedad. Son publicaciones que se proponen, más que hablar de fútbol, contar historias cuyo trasfondo es el fútbol.

Líbero, sin embargo, lanzó hace un par de años una campaña publicitaria titulada “Si te lo explican con fútbol, lo entiendes”. En cada uno de los spots que la componían, una mujer se valía de puras comparaciones y metáforas futbolísticas para enseñarle a un hombre cómo afrontar distintos problemas de la vida cotidiana. El hombre, que de otro modo no hubiese sido capaz de comprender, así sí que lo logra.

Es cierto, la campaña es simpática. Ganó varios premios. Pero no hace más que reproducir la idea de que las personas a quienes nos gusta el fútbol somos unos cuadrados, bastante tontos, incapaces de entender cualquier asunto que no tenga que ver con ese deporte. O sea, que todos somos como los lectores de las demás revistas de fútbol, las que no son Líbero o Panenka.

Pues no, no es así. A muchos el fútbol nos encanta y, además, podemos entender una explicación sin metáforas futboleras. Las metáforas mejor dejárselas a la literatura, que a muchos —además del fútbol— también nos gusta leer libros.

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Si bien las antologías de literatura futbolera suelen incluir textos relativamente antiguos (de mediados del siglo XX, digamos), los primeros grandes cuentos de fútbol son de los años ochenta, cuando el muro que separaba el fútbol y los ambientes culturales se desmoronaba: “19 de diciembre de 1971”, de Roberto Fontanarrosa, y “El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano. Quizá la mía —lo sé— sea una visión sesgada, enamorada del fútbol argentino. Pero la verdad es que leí unos cuantos relatos sobre fútbol y ninguno mejor que esos dos. Sospecho que son el equivalente futbolero de “Un buen bistec”.

Es cierto que también hay hermosos libros de ensayos y crónicas sobre fútbol, como El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, y Balón dividido, de Juan Villoro. Y grandes textos sobre la relación entre fútbol, política y sociedad, desde Fútbol contra el enemigo, de Simon Kuper, hasta Niños futbolistas, de Juan Pablo Meneses. E incontables colecciones de historias, anécdotas, biografías y otros géneros que aprovechan lo que en los últimos años se convirtió en una especie de boom editorial. Pero la ficción futbolera todavía está dando, creo, sus primeros pasos. Así que, como buenos hinchas que somos, podemos ilusionarnos y cantar:

¡Aplaudan, aplaudan,
no dejen de aplaudir
los buenos relatos de fútbol
que ya van a venir!

 

 

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