Lamb: una familia de tantas

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No recuerdo haber visto antes una película como Lamb. No es un juicio de valor, aunque pocas cosas me entusiasman tanto como aquellas películas que lo alejan a uno de sus reacciones habituales. Ganadora del premio a la mejor película en la edición reciente del Festival de Sitges, dedicado al cine fantástico, y del premio a la originalidad en la sección Un certain regard, en Cannes, Lamb ha sido descrita como una cinta de “horror sobrenatural”. El adjetivo es indiscutible: el evento central de la trama escapa a las leyes de la naturaleza. ¿Pero es un relato de horror? No estaría tan segura. No lo es para los protagonistas; ellos, por el contrario, se sienten bendecidos por la irrupción de lo sobrenatural en la cotidianidad. Su vivencia debería ser el criterio a considerar.

Ópera prima del islandés Valdimar Jóhannsson, Lamb transcurre en uno de esos paisajes que ilustran la idea de “fin del mundo”: un valle montañoso cuya majestuosidad quita el aliento, pero que no necesariamente invita a ser habitado. Los humanos que se instalen ahí habrán cortado sus vínculos con la llamada civilización. Si encima se considera que los bosques nórdicos están poblados por seres mitológicos, adentrarse en ellos implica aceptar los riesgos de ingresar a territorio fantástico. La noción de colindancia es central en Lamb. Llegado un punto en la historia, quedará claro que se cruzaron límites sin consenso previo.

Todo esto se sugiere desde la primera secuencia: en medio de una tormenta de nieve de por sí infernal, una manada de caballos huye de una amenaza invisible. El sonido del ventarrón se mezcla con algo que parece un rugido. Las siguientes escenas están filmadas desde la perspectiva de ese algo: la cámara se aproxima a un establo, y al abrirse la puerta todos los borregos fijan la mirada en aquel que llega. No es una presencia que les resulte familiar. Luego se verá a uno de ellos tambalearse y caer desplomado. Más adelante se entenderá por qué.

Tras este prólogo narrado desde puntos de vista tan inusuales, el guion presenta a sus protagonistas humanos: Maria (Noomi Rapace) y su esposo Ingvar (Hilmir Snær Guðnason), dedicados a la cría de corderos y sin mucho de que hablar. Sus momentos de mayor intimidad ocurren cuando asisten juntos a los partos de las borregas; Maria las ayuda a expulsar a sus crías, y se asegura de que las limpien y las reconozcan como propias. Ingvar observa todo y sonríe conmovido. Fuera de esos momentos, la pareja se comunica poco: solo para repartirse tareas o, por ejemplo, si el tractor tiene un ruidito nuevo que habrá que revisar. Sus silencios, sin embargo, parecen ser síntoma de algo más. La sospecha se refuerza cuando, una mañana, un Ingvar animado comenta con Maria algo que escuchó: los científicos dicen que será posible viajar al futuro. Ella simplemente responde que sería mejor retroceder en el tiempo. Pronto sabremos que hace poco la mujer parió a una niña muerta y que la pareja no supera el duelo. Su ánimo sombrío cambia el día en el que, como siempre, asisten al parto de una borrega. Este, sin embargo, no será un parto habitual. A diferencia de los varios corderos que hemos visto nacer en secuencias previas, este asoma primero la cabeza. Su madre puja con gran esfuerzo, hasta que, por fin, el cuerpo es expulsado y cae sobre la cama de paja. Esto último pasa fuera del encuadre. Por un instante, y por la expresión perturbada de Maria y de Ingvar, se tiene la impresión de que la cría no sobrevivió. Luego la pareja se arrodilla junto al cuerpo e intercambia miradas intensas –él, de algo que parece temor y ella, de total ilusión–. Maria recoge al bebé y lo arropa con la chamarra que llevaba puesta. Su aspecto no es muy de este mundo, pero eso no le impide a Maria asumir el rol de flamante mamá.

No revelaré el aspecto de la recién parida. Basta decir que es de naturaleza híbrida, y que esto sin duda influyó en que Maria e Ingvar la llevaran a vivir con ellos y le pusieran el nombre de su hija muerta: Ada. La criatura duerme dentro de la casa, en una cuna fabricada por su padre humano. La pareja la arrulla por turnos, y, cuando es un poco mayor, le dan de comer en su sillita infantil. Con la llegada de Ada, Maria e Ingvar vuelven a reír. Ven la televisión juntos, con Ada durmiendo en el medio –su cabecita de cordero blanco apoyada plácidamente sobre el hombro de mamá o papá.

El segundo acto de Lamb narra los obstáculos a los que se enfrenta la nueva familia. Desde el acoso de la madre biológica de Ada hasta la resistencia de Pétur, hermano de Ingvar, quien se niega a aceptar a Ada como su sobrina. Pétur pregunta “¿qué diablos es eso?”, refiriéndose a ella. La respuesta de Ingvar es compleja y hasta aceptable como moraleja. “Es la felicidad”, le dice a su hermano. No hay nada más que explicar.

Esto lleva de vuelta a si Lamb es una historia de horror. Puede ser que, para muchos, lo que produce espanto (o, de menos, repulsión) sea la naturalidad con la que Maria e Ingvar tratan con amor infinito a lo que la mayoría consideraría un engendro. No solo eso, sino que le procuren cuidados que deberían destinarse únicamente a cachorros de la especie humana. ¿Es tanta su desolación que han perdido la brújula? ¿Son perversos por no contemplar las necesidades de la extraña criatura (y las de su madre borrega, desesperada por recuperarla)? O, por el contrario, y como sugirió Ingvar, los términos de la felicidad ajena no deben someterse a criterios de normalidad. Este último argumento resuena en quienes, por ejemplo, afirmamos que nuestras mascotas son tan amadas como lo sería un hijo –y estamos dispuestos a discutir con quienes nos acusan de banalizar la idea de maternidad, incluso de familia–. Seguro no fue la intención de Jóhannsson trazar ese paralelo, pero esa sugerencia incómoda abona al atractivo de Lamb. Si la película no es propiamente un relato de horror, tampoco es una parodia de esos vínculos interespecies que a algunos les parecen inocuos (o, diría Ingvar, “la felicidad”) y a otros un signo de degradación moral.

Y es que Lamb podría ser ridícula o generar humor involuntario. Algo crucial para que esto no ocurra es la inmersión de Rapace en un personaje que parecería imposible de interpretar con convicción y honestidad. Desde que arropa a la recién nacida hasta que comete un acto violento para evitar que se la arrebaten, Rapace ayuda al espectador a conservar la credulidad. Nunca toca una nota falsa, algo admirable si se considera que nada de lo que sucede aquí tiene su correspondiente en la realidad.

El aspecto desconcertante de Ada, enfundada en ropita de campo, sin duda hará reír a varios. El efecto cómico, sin embargo, se desvanece pronto. Y es que viéndolo del otro lado –todo en esta película puede verse desde el otro lado– la pequeña y monstruosa Ada es un personaje que exuda tristeza. No que ella la experimente –o no en los primeros actos–, pero la historia todo el tiempo subraya lo inviable de su existencia. Por un lado, la paradoja: si Ada habrá de vivir como humana, tendrá que hacerlo en total aislamiento. Por otro, la eventual toma de conciencia sobre su origen, que parece causarle dolor y confusión. Se percibe en ciertas escenas, como en la que se mira al espejo (quizá por primera vez) o en la que observa con curiosidad un grabado que cuelga de un muro, en el que aparece un rebaño enorme. Entre más avanza la trama, más ensimismados nos parecen Maria e Ingvar: humanos empeñados en reemplazar sus pérdidas, sin considerar nada más.

De primera impresión, el desenlace de Lamb es trágico. No lo revelaré, pero marca el fin abrupto de esa utopía familiar que tanto escandalizó al tío Pétur, y que incluso él llegaría a aceptar. Es un cierre poderoso, que da sentido a esas primeras secuencias de animales perplejos (y uno desmayado). Una opción para el espectador es solidarizarse con el dolor de Maria, de nuevo enfrentada a una pérdida brutal. La otra es imaginar que Lamb es un relato que suelen narrarse los entes fantásticos al otro lado de la frontera, y que habla de humanos perversos que pagaron su osadía. Viéndolo desde ese lado –todo en Lamb puede verse así– esta sería la emotiva historia de una reunión familiar. ~

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