Los lopezobradoristas contra López Obrador

La oleada de críticas a las convocatorias de AMLO reflejan una creciente frustración por parte de los militantes de Morena y simpatizantes sin afiliación.
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Finalmente, el futuro parece haber alcanzado a Andrés Manuel López Obrador. Hasta ahora había logrado sortear más o menos airoso la ambivalencia sobre las instituciones que es el corazón de su visión política. Pero esta última ronda de actos contra la reforma energética ha exhibido el cansancio de muchos de sus seguidores para procesar y seguir sus malabares discursivos y tácticos. La oleada de críticas a sus convocatorias, discursos y propuestas tras las marchas del 8 y el 22 de septiembre reflejan una creciente frustración de militantes de Morena y simpatizantes sin afiliación con ese movimiento pendular que por un lado niega toda legitimidad a las instituciones políticas del país para luego reencauzar el descontento así generado de vuelta a las instituciones rechazadas.

El lunes 23 de septiembre la columna “Astillero”, del periodista Julio Hernández López en La Jornada, reseñó e hizo eco de las críticas a la indefinición del plan de acción presentado un día antes por López Obrador en el mitin en el Monumento a Colón. A la propuesta de recolectar firmas para impulsar una consulta nacional sobre las reformas propuestas en materia petrolera, de varios sectores de la concentración surgieron gritos espontáneos en demanda de un “paro nacional” como medida efectiva de protesta. La brecha entre el dirigente y parte de sus bases pareció ahondarse con la explícita aceptación de la posibilidad de un diálogo con el presidente de la República, cuya investidura, según el consenso general al interior del movimiento, no era reconocida. Aunque la gravedad de la división y sus implicaciones futuras son todavía materia de debate, quedó claro que las demandas de mayor claridad y contundencia en el plan de acción ocasionaron escozor entre los simpatizantes más fieles de López Obrador, como puede verse en los comentarios al artículo y en la cuenta de Twitter de Hernández López.

Si bien en la superficie se ha presentado el problema como la enésima reiteración del viejo dilema izquierdista de moderación vs. radicalización, en el que cierta ala “ultra” dentro del lopezobradorismo se resiste a apoyar las “moderadas” acciones propuestas (en particular la convocatoria a marchas irrelevantes y la indefinición sobre otras acciones de mayor alcance) contra la reforma energética; me parece que el asunto refleja una problemática esencial: el modelo de acción política de López Obrador está agotado y ya no es posible conciliar su caracterización del sistema político con su estrategia a mediano y largo plazo. En otras palabras, López Obrador ha insistido tanto, y con tanto ahínco, en su desconocimiento de toda acción de gobierno, legislación y política pública surgida de los órganos de gobierno cuestionados por su movimiento, que su repentina –pero necesaria- propuesta de interlocución con el Ejecutivo Federal representa, para algunos, casi una traición. A Morena lo integra una generación entera de activistas formados en la idea de que el sistema político mexicano está a tal punto copado de poderes fácticos que la genuina representación ciudadana es virtualmente imposible. Al mismo tiempo, Morena está inevitablemente sujeta a los tiempos y procedimientos institucionales para obtener su registro electoral y competir efectivamente en los comicios en todo el país. Más aún, las reacciones a la propuesta de reformas en materia energética desde las diferentes franjas de la izquierda política han presentado matices, que si bien coinciden en ciertas denuncias generales a la intención “privatizadora” del gobierno, contienen diferentes niveles de oposición y modalidades de respuesta. En este sentido, parece claro que López Obrador no quiere ubicar a su movimiento en las márgenes de la oposición a las reformas en vista de su próxima reincorporación al sistema partidista.

Esta contradicción ha sido ya señalada con cierta insistencia por personas que comparten la caracterización del sistema político mexicano, pero prosiguen hacia la lógica consecuencia del desconocimiento de las instituciones: la acción al margen de las mismas. El caso paradigmático es el del ex-diputado federal Gerardo Fernández Noroña, quien desde la pasada elección presidencial ha venido sosteniendo la tesis de que a nivel federal el acceso al poder ejecutivo está vedado para la izquierda y, por lo tanto, es hora de luchar por la transformación del sistema político mexicano vía acciones de desobediencia civil. La diferencia con el momento actual es que, mientras que Fernández Noroña opinaba desde la periferia del movimiento, el pasado domingo fueron las mismas bases del lopezobradorismo en un acto presidido por el dirigente, quienes decidieron tomar la palabra por su cuenta.

Es importante evitar la confusión en la que el propio López Obrador ha caído. Las críticas a su “pasividad” o “moderación” y la contrapropuesta de un “paro nacional” no constituyen, de ninguna manera, una negación del carácter pacífico de la llamada “resistencia contra las privatizaciones” y no son un llamado a la violencia contra las instituciones del Estado. El dilema es más bien una cuestión de congruencia que puede tener dos lecturas: 1) Si el sistema está cerrado a la participación popular ¿para qué insistir con la consulta ciudadana y el registro electoral de Morena en vez de proponer alternativas como la desobediencia civil (como en la vertiente de Fernández Noroña) o la organización autónoma de base (como el modelo zapatista de Los Caracoles que de tiempo en tiempo resurge)?;  2) Si la interlocución con el gobierno federal no es en sí misma un pecado capital, ¿por qué la virulencia hacia los viejos compañeros de viaje que optaron por la ruta del diálogo desde el principio del sexenio?

En ambos casos, las perspectivas no son halagüeñas para López Obrador. Si la propuesta de la consulta prospera y el movimiento se acerca demasiado a otros convocantes, como Cuauhtémoc Cárdenas, el liderazgo de Andrés Manuel puede irse diluyendo en las posiciones más consistentes del ingeniero. Si la crítica interna se expande y parte de la militancia sigue cayendo en el campo gravitacional de la CNTE, por ejemplo, cuya fuerza es innegable, ¿qué tan viable seguirá siendo el proyecto de Morena como expresión partidista de la radicalidad de la izquierda? Esta parece ser una situación en la que veremos nuevamente el genio maquiavélico (dicho en sentido puramente descriptivo) de López Obrador en acción, retomando el control del barco, o quizá lo veamos convertirse por fin en un estadista consciente del final de su ciclo político.

 

 

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