Nobelito

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¿El Nobel a JMG Le Clézio? Bueno… las güeritas Kate Leslie y Harriet Winslow tienen un nuevo amiguito, gracias a una academia bobalicona, tan ufana de su buena conciencia y tan decidida a no leer demasiado (si de novelistas franceses se trataba… ¿habrán oído hablar siquiera de Michel Tournier?).

Me parece bien, sobre la emoción que embarga a los nacionalistas colgados de Extranjía, el comentario sobre Le Clézio de Christopher Domínguez en su columna del suplemento del Reforma este domingo. Luego de leer La conquista divina de Michoacán y El sueño mexicano, concluye que “la lectura de este par de libros le dará al curioso, sea mexicano o extranjero, una impresión más bien pobre del talento ensayístico del nuevo Nobel y quizá no le deje mucho entusiasmo por su veta de pensador”. El sueño mexicano le parece “un verdadero libro de aficionado o de diletante”, “más una monografía universitaria que un ensayo literario”, cuando mucho recomendable como una “buena introducción al México antiguo y a sus mitos” para un “turista ilustrado en su primer viaje a México”. Si bien considera que su prólogo a El libro del Chilam Balam de Chumayel es mejor, en tanto expresión del interés de Le Clézio por el “encuentro de literatura y mito”, concluye que “como intérprete de los mitos mesoamericanos y de su sobrevivencia entre los indios contemporáneos… es poca cosa Le Clézio.”

En cambio, me parece que como intérprete de los mitos mexicanos modernos su labor es bastante más apreciable. Asómese el lector osado al elocuente resumen que aporta en Diego et Frida (Stock, 1993), un vademecum del sentimentalismo y un refrito de los lugares comunes más bobos y predecibles sobre México, su revolución, su arte y su cultura, encarnados en los protagonistas arquetípicos. El mito reforzado parte de la consabida premisa de que el pintor y la pintora se hallaban “encendidos por la fe revolucionaria por la glorificación del pasado amerindio de México”, y que por ello

dedicaron toda su vida a buscar el ideal del mundo amerindio. Fue ese ideal el que les dio su fe revolucionaria y el que hizo brillar, en medio de un país devastado por la guerra civil, el relámpago único del pasado como una luz que atrae las miradas de la América entera y simboliza la promesa de una nueva grandeza. (p. 20)

Ese ideal, desde luego, no está muy perfilado: para eso es ideal (aunque parece estar entre los muslitos de la diosa Tlazolteotl que, según M. Le Clézio, en cualquier momento, agarra y revive y lo da a luz). Sí, misma, gastada, europeizante resurrección de los ídolos aztecas que en Tablada era autoparodia y en Lawrence fantasía ideológica…

Frente a las potencias amerindias, el resto es horrible: el porfiriato es apenas escenario de algunos micos vergonzosos que imitan a “occidente” mientras desprecian a las culturas indígenas; su gusto es un “pompierismo a la vez siniestro y ridículo”; los escritores huyen a Europa buscando “el aire de la libertad”; la revolución de Madero es una ola que “nace del abuso de los conquistadores y su violación de conciencia indígena”; Villa y Zapata, “violentos, incultos, intransigentes, son los verdaderos símbolos del pueblo mexicano”; la ciudad de México es “sinónimo de un faro para los pueblos oprimidos de América” mientras que su cultura “reinventa los valores mexicanos, el arte y el pensamiento de las civilizaciones prehispánicas” y, desde luego,

En la historia de México, Diego y Frida continúan brillando como brasas vivas, y sus rojos fulgores son las joyas puras de los niños pobres…

Y así sucesivamente.

No, nunca se han interpretado mejor los mitos mexicanos modernos. ¿Para qué buscar la verdad si los mitos son tan hospitalarios? Gracias a Le Clézio y a su clientela de turistas de los próximos meses (incluyendo los locales), esos mitos adquirirán una nueva, rejuvenecida, estólida solidez…

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