Opiniones contundentes

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Las Opiniones contundentes de su mitificado maestro Nabokov se prolongan con alevosía y temeridad en estas opiniones contundentes del enfant terrible de la literatura británica, Martin Amis, que ya se había despachado a gusto, en materia de literatura (y aledaños), en Visitando a Mrs. Nabokov y otras excursiones (Anagrama, 1995), recopilación en la que abordaba, con su celebrado y sarcástico ingenio, cuestiones como esa hoguera de las vanidades que se enciende cada año en la Feria del Libro de Frankfurt, el talento de Updike o Burgess o el magisterio del señor Greene. Ese ingenio, y su entusiasmo de lector, su incansable ironía, las dosis de resabiada frivolidad y tantos otros rasgos de su fuerte carácter, no han perdido ni un ápice de su efecto en esta nueva colección de artículos y reseñas sobre literatura, que vio la luz en 2001, fecha de la edición original de Jonathan Cape, y que reúne piezas publicadas en The New Yorker, Atlantic Monthly, The New York Review of Books, The London Review of Books, Times Literary Supplement u Observer, cabeceras que por sí solas dan fe de la experiencia y la solvencia de Amis ejerciendo la crítica literaria.
     Viene ahora muy a cuento traer a colación el nuevo libro de ensayo de David Lodge, La conciencia y la novela. Crítica literaria y creación literaria (Península, 2004). Allí se asegura que entre las distintas formas de aquilatar la crítica sin duda se encuentra la que la tiene por un tipo de escritura creativa, perspectiva muy à la page desde que cuenta con el aval del deconstruccionismo. Pues rindámonos a la evidencia de que este nuevo libro de Amis que ahora reseñamos —junto a una lista que, confeccionada de forma improvisada, contaría por lo menos con los libros de James Joyce, Escritos críticos, Nabokov, Curso de literatura europea, Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas (volumen que, por cierto, incluye el artículo “El creador frente a la crítica”), Félix de Azúa, Lecturas compulsivas, Philip Roth, El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras o Manuel Vázquez Montalbán, El escriba sentado— redunda en la idea de que los límites entre creación literaria y ejercicio de la crítica están muy lejos de ser precisos, y de que subjetividad y objetividad acostumbran a identificarse. Y en aras de evitar que la crítica no pase de ser un “monólogo puramente personal”, que apenas si se sirve del texto ajeno como mero pretexto, Amis aboga de forma inequívoca, en su jugoso prólogo, por el uso y el abuso de la cita, “la única prueba fiable con que cuenta el crítico para demostrar que ha realizado su tarea”, aseveración sin duda irreprochable si no fuera porque, como al propio Amis debe de constarle, lo primero que hace el redactor de un suplemento ante las líneas que le sobran a la reseña es, hélas, suprimir las citas. El autor de Experiencia no duda tampoco en bendecir la cita y convertirla en el más seguro talismán contra el cliché, veneno de la crítica y de la creatividad literaria, sabedor de que, en realidad, “toda escritura es una campaña contra el cliché”.
     Algunos de sus autores favoritos —Nabokov, Ballard, Burgess, Updike o Naipaul— mantienen el protagonismo de que hicieron gala en el anterior volumen de crítica. Las páginas en las que se dedica de forma monográfica a los grandes narradores de la literatura contemporánea norteamericana, Mailer, Vidal, Roth, Vonnegut, Capote, DeLillo —su reseña de Mao ii esconde una de las más preclaras y brillantes definiciones de ficción posmoderna que este lector haya leído jamás— y Bellow, en verdad valen por un manual alternativo de bolsillo, y resultan tan esclarecedoras como algunos capítulos de los sesudos ensayos sobre el particular de Malcolm Bradbury, Marc Chenetier o Alan Bilton. Impagables resultan los artículos sobre John Donne, el Ulises de Joyce, siguiendo los pasos de Nabokov —a cuya Lolita dedica un apasionado artículo con el que concluye el volumen—, Las aventuras de Augie March de Bellow y una biografía sobre Malcolm Lowry cuya reseña convierte Amis en un inspirado comentario acerca de si el conocimiento de la vida del artista por parte del lector favorece o entorpece la aprehensión del texto o, dicho de otro modo, ¿hasta qué punto la dipsomanía del autor de Bajo el volcán se refleja en su obra? En modo alguno, concluye Amis, pues nada hay menos caótico y desestructurado que la historia del alcohólico Firmin escrita por el alcohólico Lowry. El novelista británico tiene merecida fama de no dejar títere con cabeza a poco que le dejen noventa líneas y un libro en las manos, pero lo que de verdad interesa es observar cómo nos enseña a leer entre líneas, y cómo casi nada de lo que anota en sus reseñas es gratuito. Veamos: le sobra razón cuando acuña el marbete “buenos libros malos”, pues una cosa es el oficio y otra, y muy distinta, el talento; arremete contra la prosa de Michael Crichton en El mundo perdido porque encuentra que esa “novela” no es sino “el memorándum del departamento de producción dirigido a Spielberg”, enseñándole al lector bisoño que no porque un texto se lea con facilidad pertenece por derecho propio a la literatura; a propósito de una novela negra de Robert B. Parker, pone el grito en el cielo y exige que se distinga el talento original de un Chandler con el talento impostado de quien, como Parker, sólo es capaz de reproducir esquemas y fórmulas de su modelo, pero no olvida hacerle sitio a la literatura de género en el sacrosanto canon literario; una frase tópica, el empleo a destiempo de un adjetivo, un diálogo empalagoso le bastan para arruinar las expectativas del autor —Amis, como su idolatrado Nabokov, y como debiera hacer todo buen lector, acaricia los detalles y proscribe los prejuicios—.
     Este es, vive dios, un libro estimulante, proclive a desatar tempestades en barreños si de ese modo se fortalece la competencia del lector de a pie, producto del talento inmenso de quien repetidas veces ha puesto por escrito que la literatura no es sino un concurso de talento, al que Amis quisiera apuntarse una y otra vez para ganarlo siempre, porque para eso es el primero de la clase. De ahí que se gane la maledicencia de quienes ni siquiera sueñan con llegarle a la suela de los zapatos. –

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