¿Original o doblaje?

El doblaje de películas, que para muchos parece chocante, es un oficio que persiste. 
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A favor y en contra hallaríamos multitud de opiniones, pero la gran mayoría de cinéfilos y espectadores exigentes llegan a una conclusión irrebatible: si puedes, ve la película en versión original.

Parece indiscutible, el matiz que un actor le da al personaje con su propia voz nunca debería ser sustituido por la interpretación de doblador. Pero el hecho es que una parte considerable de los espectadores, sobre todo los ancianos, los invidentes y el público no acostumbrado a leer, no soporta ver subtítulos en la pantalla. Y ello explica que la práctica del doblaje, que muchos ven como un lastre en extinción, se resista a desaparecer. En la preferencia de cada país por el doblaje o el subtitulado entran cuestiones históricas e ideológicas que se remontan a los años 20 del siglo pasado.  El doblaje fue una ocurrencia del dictador fascista Benito Mussolini, que a través de la Ley de Defensa del Idioma promovía el nacionalismo y controlaba los contenidos, censurando malas palabras y “malas ideas foráneas”.

Franco adoptó este modelo como impulso al nacionalismo español centralista. A partir de 1939, la dictadura franquista impuso “por ley” un doblaje muy marcado, con las ‘zetas’ secas y las ‘eses’ pastosas. El cine fue un instrumento de castellanización homogénea no solo contra la influencia extranjera, sino contra las propias costumbres regionales de España. “Buscamos un idioma purificado e incomparable”, clamaba el régimen. Tras la muerte del dictador en 1975, la población española estaba muy acostumbrada al doblaje y había absorbido muchos de sus errores, como el de pronunciar el inglés con fonética castellana literal. Tal fue la costumbre, que en nuestros tiempos, según el Ministerio de Cultura, solo alrededor de una cuarta parte de las películas se exhiben en Versión Original Subtitulada; es decir, el 75% de los cines siguen exhibiendo películas dobladas. 

En Latinoamérica, durante el reinado del Cine de Oro mexicano de 1936 a 1959, el Distrito Federal tomó las riendas del doblaje con un talante completamente distinto al franquista: incorporó a dobladores argentinos, cubanos, colombianos y hasta chilenos, con el fin de agregar palabras de unos lugares y otros y universalizar la lengua latinoamericana. Uno de los ejemplos más elogiados es el trabajo realizado en El libro de la selva (1967), donde el gran cómico Germán Valdés ‘Tin Tan’ daba voz al oso Baloo y los buitres hablaban en andaluz, cubano, argentino y colombiano; o La sirenita (1989), donde uno de los personajes más paradigmáticos, el cangrejo Sebastián, habla y canta como un negro habanero. Un ejemplo de apertura y respeto cultural impensable en la España franquista.

A partir de los ochenta esa rica variedad de acentos y jergas se sustituyó por el llamado latino neutro, un acento unificado para todo el mercado hispanoamericano que impuso un sinfín de eufemismos y un tono grave y engolado que evitase los giros y la musicalidad propia de cada región. Ese habla enfática quiso parecerse un poco a todos los acentos, pero acabó por no parecerse a ninguno, y hoy se muestra en las escuelas de actuación de todo el mundo como el ejemplo “de lo que un actor nunca debe hacer”. Para los espectadores, el aspecto más criticable del doblaje latino es la censura. En España, las películas siguen doblándose con ‘eses’ pastosas y tono afectado pero se respeta la intencionalidad original y se traducen las malas palabras y los exabruptos, lo que allá llaman “palabrotas”. En México sin embargo parecemos condenados a acostumbrarnos a que un delincuente callejero de Scorsese hable igual que un fresa pretencioso de Woody Allen: con tono neutro y lánguido. Un buen ejemplo es Pulp Fiction, una de las películas más elogiadas de los noventa, en la que Quentin Tarantino hizo uso de la jerga más extrema e intraducible de Los Ángeles. En una de las escenas más fuertes del film, el mafioso Marcellus Wallace acaba de ser violado por un policía corrupto. Cuando el personaje de Butch (Bruce Willis) le pregunta si se siente bien, este responde una serie de insultos intraducibles. En doblaje latino, un Marcellus aflautado responde sin alzar la voz ni emplear malas palabras: “Estoy muy lejos de estar bien (…) ¿Me escuchas, muchachito enfermo?”.  En España, más cercano al original, el gánster dice: “Estoy a mil jodidas millas de estar bien (…) ¿Has oído lo que he dicho, maldito capullo?”

 

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En Latinoamérica, el uso del doblaje está decayendo paralelamente al aumento del nivel cultural e idiomático de los espectadores. Hoy, en la mayoría de las salas mexicanas, las películas se exhiben en versión original. El futuro del latino parece destinado a la televisión. En España, sucede lo contrario, la inmensa mayoría de los cines (cerca de un 86%) exhiben películas dobladas. En 2010, el ex ministro de Educación de España, Ángel Gabilondo, clamó contra el doblaje, tachándolo de lastre cultural. Sus declaraciones abrieron el debate en las salas de cine. La Federación de Exhibidores de Cine aseguró que la prohibición del doblaje sería catastrófica para las salas: “Perderíamos un 35% de los espectadores”.

Mientras esto sucede, los dobladores de uno y otro lado del charco siguen reivindicando la magia y la calidad de su trabajo. “Si ves una película con doblaje mexicano realmente la sientes, la vives, puedes comprometerte con el personaje de una manera sensacional”. Lo asegura María Roiz, dobladora mexicana profesional encargada de dar voz al personaje de Kate Auten en la serie Lost, entre otros trabajos. El periodista y cinéfilo Juan Sardá calcula en su reportaje ‘Doblar o no doblar; ser o no ser del cine’ (publicado en El Cultural), las consecuencias económicas de la desaparición del doblaje. Según Sardá unas 30 mil personas viven de este oficio en España (entre dobladores, técnicos y traductores) y el negocio mueve más de 5 mil millones de pesos al año.

En México el negocio cada vez renta menos, y dobladores como Idzi Dutkiewicz (la voz de Robert Downey Jr. y Vin Diesel entre otros), Mario Castañeda (Bruce Willis, Jim Carrey…) o Cristina Hernández (Anne Hathaway, Natalie Portman…), suelen compaginar sus labores en el doblaje con sus empleos como locutores de radio. En España, muchos de los dobladores son actores conocidos, como Ramon Langa (Bruce Willis) y Jordi Boixaderas (Russell Crowe). Unos y otros poseen voces graves, profundas y atractivas, pero en ningún caso preferibles a las de los actores originales.

El futuro y la propia evolución de nuestras sociedades dirá si el doblaje sigue siendo una práctica factible y útil, o queda relegado a una opción para ancianos e invidentes. Si nuestros ojos consiguen adaptarse a los subtítulos o preferimos oír voces simuladas y eufemismos. La reivindicación de la versión original seguirá siendo la queja histórica para cinéfilos y espectadores exigentes, pero mientras el mercado siga dictando las tendencias muchos cines exhibirán a los mejores actores del mundo con una voz que no es la suya.

No hay nada que hacer. Qué todo sea por el bien del cine. 

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