¿Para las letras mexicanas?

Sobre la inauguración de la Fundación para las Letras Mexicanas
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Tres grandes figuras de la poesía mexicana, Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño y Eduardo Lizalde, asistieron a la presentación de la nueva Fundación para las Letras Mexicanas. También estuvo José Luis Martínez, gran curador de nuestras letras. Sin embargo, el presidente de la fundación, en la parte protocolaria de su discurso, no se dirigió en primer lugar a estos distinguidos mexicanos, sino al escritor más conocido de las letras colombianas. Las fotos, las crónicas, los titulares de la prensa (“Respalda García Márquez nueva fundación cultural”, Reforma 9 V 03), interpretaron correctamente su presencia y el lugar principal que recibió en el discurso y en la mesa de honor, donde no estuvieron los decanos del gremio literario en México, José Luis Martínez y Alí Chumacero.

Los intereses literarios de Miguel Limón Rojas, presidente de la Fundación para las Letras Mexicanas, son desconocidos. No, en cambio, sus intereses políticos. En la UNAM, “se titula con la tesis El derecho a la revolución, 1968” y se va a hacer “estudios de postgrado en la Universidad de Aix-Marsella, Francia, 1968-1969” (Quién es quién en la administración pública de México, 1982). Estudios que seguramente continúa por correspondencia, pues ya en el Diccionario biográfico del gobierno mexicano (1984) aparece como “Doctorado, Univ. de Aix, Francia, 1968-1969”. Pero él ha dicho que su formación política se la debe a Fernando Gutiérrez Barrios. Según el mismo Diccionario, cuando éste asciende a subsecretario de Gobernación (1970-82), Miguel Limón entra como subjefe y luego jefe de departamento en la secretaría (1971-1972). También entra al PRI, donde llega a subdirector del IEPES y “Responsable de la organización de las reuniones con profesionistas e intelectuales del país en la campaña del Lic. Miguel de la Madrid”, que lo nombra subsecretario de Educación (1982-1983). En 1988, Carlos Salinas de Gortari nombra a Gutiérrez Barrios secretario y a Limón Rojas subsecretario de Gobernación. El secretario acumula tanto poder que Salinas lo defenestra (llevándose de paso al subsecretario) en los primeros días de 1993; pero Limón se salva construyendo una base política sumable a la llamada refundación del PRI: el Foro Nacional de Profesionales y Técnicos, y así consigue una de las vacantes que deja el destape de Luis Donaldo Colosio en la Sedesol. De subsecretario de la Sedesol (1993-1994), pasa a ser secretario de la Reforma Agraria (1994-1995) con el presidente Zedillo. Pero las bellas artes de la Realpolitik tienen efectos de realismo mágico. El secretario de Educación, acusado de ostentar un doctorado para el cual sólo tenía estudios, renuncia. Y ¿quién lo sustituye? Miguel Limón Rojas, “Licenciado en derecho por la UNAM (1963-67) y doctor por la Université de Aix-Marseille (1968-69)” (Humberto Musacchio, Quién es quién en la política mexicana, Plaza Janés, noviembre 2002).

Que una trayectoria tan política reciba un premio literario es la continuación de ese realismo mágico. El doctor Limón resulta el máximo ganador del Premio Octavio Paz. Cobró a la Fundación Octavio Paz una buena cantidad mensual, que prolongó durante muchos meses, para estudiar a fondo la situación de un organismo cuya plantilla laboral constaba de media docena de personas. Después de tan profundos estudios, no podía sino llegar a una solución bien pensada y eminentemente objetiva, que recomendó con toda imparcialidad: crear una nueva fundación, manejada por él. A grandes males, grandes remedios. Autopremiado con una base de poder, ya tiene donde seguir cobrando y continuar su carrera política, haciendo honores, favores y convenios, todo con cargo a las letras mexicanas.

La fama siniestra del capitán Gutiérrez Barrios nació en la Dirección Federal de Seguridad, donde fue jefe de control político, subdirector y director (1952-1970), después de estar en el ejército, como su padre. Pero se llevó a la tumba los secretos de su eficacia como policía y político. Cultivaba su propia leyenda. Seguramente le complacía que le atribuyeran tantos crímenes, porque el temor que eso inspiraba le facilitaba las cosas. También le complacía su imagen de caballero, casi dama, impecable en su peinado y sus maneras a la antigua usanza. Su leyenda incluye un episodio célebre, contado por él mismo, según el cual salvó la vida a Fidel Castro, que pudo huir a tiempo de México, y siempre le agradeció el favor. Es un episodio simbólico de la complicidad entre los capos mexicanos y cubanos. El pacto de caballeros entre los dos supuestos regímenes revolucionarios nunca se declaró, pero estaba claro: Yo te legitimo y tú me legitimas.

Este precedente puede explicar la “Sorpresa. Nadie esperaba la aparición del Nobel colombiano García Márquez.” (El Universal 10 V 03). Pero la aparición del realismo mágico aprovechado como Realpolitik no debe sorprender. Es la renovación del pacto de caballeros entre el PRI y el régimen cubano, en otra modalidad. El alumno de Gutiérrez Barrios invita como figura central al amigo de Castro, para legitimarse literariamente. Así el afable reclutador de intelectuales para las campañas del PRI puede ostentar poder de convocatoria: no disponemos del Nobel mexicano, pero aquí está el colombiano. A su vez, el colombiano, que ahora carga con el costo político de lo que fue su legitimidad política, está muy necesitado de que lo convoquen, aunque no venga al caso. Agradece cualquier oportunidad de ostentar que, aun siendo incondicional (hasta la ignominia) del dictador que ha puesto en él todo su cariño, todavía recibe invitaciones de honor. Yo te legitimo y tú me legitimas. Para algo sirven las letras mexicanas.

Aunque las circunstancias en que nace esta fundación son lamentables, una institución cuyo propósito es apoyar nuestra literatura puede ser útil. Pero es un despropósito que, en su primer acto público, relegue a los escritores mexicanos, y que su presidencia quede a cargo, no de un promotor de las letras mexicanas, sino de un político. Un político necesitado de base para promoverse, que sabe construírsela, con las bellas artes de amarrar navajas entre personas que no están peleadas, para crear situaciones de las cuales beneficiarse. Y que hace el ridículo exhibiendo a su gallo colombiano contra la sombra de Octavio Paz.

(Publicado previamente en el periódico Reforma, el 23 de mayo de 2003)

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