Permanencia del Quijote

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Cervantes: joven colega y maestro
     Celebramos cuatro siglos del nacimiento de una obra maestra cuyo autor y héroe parecen, ambos, más jóvenes que muchos de nosotros. La explicación más sencilla de esta milagrosa longevidad juvenil puede hallarse en las palabras de Flaubert sobre don Quijote: “Je retrouve mes origines dans ce livre que je savais par coeur avant de savoir lire“. (“Encuentro mis orígenes en este libro, que me sabía de memoria antes de saber leer”). En efecto, en el centro de este gran libro hay algo esencial que conocíamos incluso antes de leerlo, pero que fue verdaderamente nuestro sólo después de vivir su fascinante empresa. Éste es siempre el sello inequívoco de los grandes escritores.
     Persiguiendo su propio fantasma —señal externa y visible de una infelicidad interna—, el inolvidable hidalgo buscaba el lugar ideal donde el sueño, la santidad y la realidad, el amor y la justicia coexistieran y se engrandecieran mutuamente. En su aproximación burlesca a nuestro no muy idílico destino humano, Don Quijote y Sancho Panza son la más adorable y perdurable pareja bufonesca en la tragicomedia de la literatura mundial.
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     En los últimos cuatrocientos años el irresistible andante Don Quijote y su Sancho Panza han sido acompañados por numerosos parientes y sucesores, y por muchas mancuernas bufonescas hechas de un jefe y su sirviente.
     Incluso la historia del circo se enfoca en dicha pareja: el envanecido y digno Payaso Blanco y Augusto el Tonto, el perdedor noble y simpático cuyo trasero es pateado por su rígido y pomposo colega.
     En la obra maestra de Cervantes, el papel de cada uno es intercambiable: el compañerismo hilarante y agudo continuamente varía su fascinante dinámica.
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     Para un europeo del Este no es fácil ignorar la conexión entre la historia del circo y la propia historia.
     El solemne Manifiesto comunista anunció al fantasma de la Gran Utopía recorriendo Europa, pero falló en advertirnos de su tiranía sangrienta. El siempre engañado Sancho Panza debía interpretar el engañoso Dogma de la Revolución como el garante de la guerra brutal contra todos. El sueño de Don Quijote de mejorar el mundo sería el encubrimiento de una farsa que no sólo perjudicó una vida particular, como en la historia de Cervantes, ni sólo al engañoso ejército de bufones que se hacían pasar por misioneros, sino que destruyó a generaciones de víctimas. Los fantasmas del totalitarismo comunista y del pesadillesco totalitarismo nazi abrumaron la historia del siglo XX.
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     En el circo del mundo, el poeta parece un Caballero de la Triste Figura, un Augusto el Tonto mal equipado para la vida diaria. Como Don Quijote y como Cervantes mismo, el artista sueña con otras reglas y recompensas que las que satisfacen al resto de los hombres para digerir su vida rutinaria.
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     En la arena sociopolítica, Augusto el Tonto enfrenta inevitablemente al Payaso del Poder.
     La parodia política de la obra maestra de Cervantes puede leerse en muchas narraciones del siglo XX escritas en Europa del Este. Su incomparable vida y lenguaje se cifra en el trabajo del escritor soviético Andréi Platonov. Comunista, un escritor proletario, honesto según él mismo y llamado svolochi (bribón) y balagánschik (bufón) por el camarada Stalin —el Rojo Payaso en Jefe del Poder—, toda su vida fue una experiencia penosa. Su odisea carnavalesca del totalitarismo despliega un mundo de miseria, aburrimiento y obediencia en su oscuro viaje rumbo a un paraíso inalcanzable. El Caballero Comunista, nuevo caballero de la triste figura, especie de idiota iluminado, cegado por su fidelidad a lo irreal y por su severa corrección política, considera a Lenin un nuevo Moisés. Monta el Rocinante de la fuerza proletaria, se enamora de la fallecida Rosa Luxemburgo en su papel de camarada Dulcinea y tiene comercio sexual con una locomotora.
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     En el carnaval del mercado libre de nuestros días, nada parece visible hasta que es escandaloso y nada es suficientemente escandaloso para ser memorable.
     Le rendimos homenaje a este gran libro en un tiempo en el que estamos alcanzando la cohabitación rutinaria con un tipo de atrocidad muy diferente: el fanatismo religioso y el terrorismo, las manipulaciones políticas, la cacofonía de la simplificación pervertida, el matrimonio beligerante entre un nuevo mesianismo y una distorsionadora ceguera quijotesca.
     No obstante celebramos un libro. Siempre y cuando sigamos consintiendo este ritual infantil, tal vez no todo esté perdido.
     Como dijo Ortega y Gasset: “Ni Sancho, ni el cura, ni el barbero, ni el Caballero del Verde Gabán […] son interesantes. No daríamos dos centavos por verlos. Pero daríamos un reino por la satisfacción de verlos capturados en los confines de ese famoso libro.” Y estamos agradecidos con nuestro joven maestro y colega español: Don Miguel de Cervantes de la Mancha. –

Traducción de Santiago Bucheli